Después de haber pasado por Opunte y algunas otras ciudades de los locrios, llegamos al paso célebre de las Termópilas. Le anduvimos muchas veces, fuimos a ver las termas o baños de agua caliente de donde se deriva su nombre, y vimos la colina adonde se retiraron los compañeros de Leónidas después de la muerte de este héroe. Acercándonos a los monumentos que hizo levantar en aquel sitio la asamblea de los anfictiones, no pudimos resistir el impulso de nuestra admiración y enternecimiento. Son unos cipos pequeños en honor de los trescientos espartanos, y de las demás tropas griegas, que pelearon en aquel famoso día. En el primero que se ofreció a nuestra vista, leímos: «Aquí pelearon cuatro mil griegos del Peloponeso contra tres millones de Persas». Nos acercamos al segundo, y en él leímos estas palabras de Simónides: «Pasajero, ve a decir a Lacedemonia que descansamos aquí por haber obedecido a sus santas leyes». ¡Oh, con qué sentimiento de grandeza, con qué indiferencia sublime se han anunciado semejantes cosas a la posteridad! Después de estos monumentos célebres, hay un trofeo que Jerjes hizo levantar y que honra más a los vencidos que a los vencedores.
CAPÍTULO XXXIII.
Viaje a Tesalia. — Anfictiones. — Mágicas. — Reyes de Feres. — Valle de Tempe.
(Año 357 antes de J. C.) Saliendo de las Termópilas se entra en la Tesalia. Este país, que comprende la Magnesia y otras muchas provincias, tiene por límites al este la mar, al norte el monte Olimpo, al oeste el Pindo, y al sur el Eta. De estos eternos límites salen otras cordilleras de montes y colinas que hacen varias ondulaciones en lo interior del país, y abrazan por intervalos fértiles llanuras que por su figura y circuito, parecen vastos anfiteatros. Elévanse ciudades opulentas en las alturas que rodean los llanos, y todo el país está bañado por ríos, de los cuales la mayor parte entran en el Peneo, que antes de desembocar en el mar atraviesa el famoso valle conocido bajo el nombre de Tempe.
A pocos estadios de las Termópilas, vimos el lugarcillo de Antela, célebre por un templo de Deméter y por la junta de los anfictiones que se celebra allí todos los años. Unos dicen que Anfictión, que reinaba en las cercanías, fue su fundador, y otros que lo fue Acrisio, rey de Argos. Lo que parece cierto es que en los tiempos más remotos, doce naciones del norte de la Grecia, tales como los dorios, los jonios, focidios, beocios, tesalios, etc., formaron una confederación para evitar los males que la guerra trae consigo; en esta asociación determinaron enviar todos los años diputados a Delfos, que fuesen de la competencia de esta asamblea los atentados cometidos contra el templo de Apolo, quien había recibido sus juramentos, y todos aquellos que son contrarios al derecho de gentes, de que ellos debían ser los defensores; que cada una de las doce naciones tendría voto en la elección de aquellos diputados y se obligaría a que fuesen cumplidos los decretos de este tribunal augusto, el cual subsiste hoy día, casi bajo la misma forma con que fue establecido. La junta de los anfictiones se celebra en la primavera en Delfos y en otoño en el lugar de Antela. Concurren un gran número de espectadores y da principio con los sacrificios ofrecidos por la felicidad y reposo de la Grecia.
De Antela entramos en el país de los traquinios, y vimos en las cercanías las gentes del campo ocupadas en recoger el eléboro precioso que se cría en el monte Eta. El ansia de satisfacer nuestra curiosidad nos obligó a tomar el camino de Hípata, porque nos habían dicho que allí había muchas mujeres mágicas, que, según decían, tenían la gracia de poder detener el sol, atraer la luna hacia la tierra, excitar o calmar las tempestades, resucitar los muertos o precipitar los vivos a la sepultura. Nos acompañaron en secreto a casa de unas mujeres viejas cuya miseria era tan excesiva como su ignorancia; se jactaban de tener hechizos contra las mordeduras de los escorpiones y las víboras, y para amortiguar y hacer impotente la fogosidad de los esposos jóvenes, o para matar los ganados y las abejas. Observamos que hacían figuras de cera, a las cuales echaban mil maldiciones, las metían alfileres por el corazón, y luego las exponían en algunos barrios de la ciudad. Aquellos cuyas facciones se hallaban imitadas en tales figuras, aterrorizados al ver tales objetos, se creían amenazados de muerte, y este miedo solía abreviar sus días. La profesión de las mágicas se reputa por infame entre los griegos; el pueblo las detesta mirándolas como la causa de todas las desdichas, y las acusa de que abren las sepulturas para mutilar los muertos. Es cierto que la mayor parte de estas mujeres son capaces de cometer los más horrendos crímenes, y que el veneno les sirve mejor que sus conjuros, y así es que la justicia las persigue por todas partes. Durante mi residencia en Atenas vi condenar a una de ellas a muerte, y sus parientes, como cómplices, sufrieron también la misma pena.
Desde Hípata fuimos a Lamia, y de allí a Taumacia, donde se nos presentó el punto de vista más hermoso que se halla en la Grecia, porque esta ciudad domina un valle inmenso cuyo primer aspecto causa una sensación inexplicable. En esta rica y soberbia llanura están situadas muchas ciudades, siendo una de ellas Farsalia, que es de las ciudades mayores y más opulentas de la Tesalia. Este país ha sido la mansión de los héroes y el teatro de las hazañas más ilustres. Allí es donde se dejaron ver los centauros y los lapitas, se embarcaron los argonautas, murió Heracles, nació Aquiles, vivió Pirítoo, e iban los guerreros de los países más lejanos a hacerse famosos con hechos de armas. Los aqueos, los eolios, los dorios, de que descienden los lacedemonios y otras poderosas naciones de la Grecia, son originarios de la Tesalia. Los pueblos que se distinguen hoy día, son los tesalios propiamente tales, los eteos, los ftíos, los malios, magnetes, perrebos, etc., los cuales estaban sujetos a reyes en otro tiempo, y la mayor parte se hallan hoy día sometidos al gobierno oligárquico. La Tesalia puede poner en campaña unos seis mil caballos y diez mil hombres de infantería, sin contar los arqueros, que son muy diestros, y su caballería es famosísima, todo el mundo conviene en que es irresistible su carga. Se dice que los tesalios han sido los primeros que sujetaron al freno los caballos y los llevaron a la pelea, y añaden que esto dio motivo para creer que en otro tiempo hubo en Tesalia unos hombres, medio hombres y medio caballos, llamados centauros, cuya fábula prueba a lo menos la antigüedad de la equitación entre ellos.
Desde los tiempos más remotos, los habitantes de la Tesalia cultivaron la poesía, y pretenden haber dado el ser a Orfeo, a Lino y a otros muchos que vivían en el siglo de los héroes, de cuya gloria eran partícipes, pero desde aquella época no han producido ningún escritor ni artista célebre. Hace casi siglo y medio que Simónides los encontró insensibles a los encantos de sus versos. Tienen tanto gusto y afición a la danza que aplican los términos de este arte a los usos más nobles. Hay parajes en que los generales o los magistrados se apellidan jefes de la danza. Cuando cazan, tienen obligación de respetar a las cigüeñas e imponen la misma pena que a los homicidas a cualquiera que mata a estas aves. Admirados de una ley tan extraña, preguntamos la causa de ello, y nos dijeron que las cigüeñas habían purgado la Tesalia de las enormes serpientes que antes la infestaban, de modo que, sin la ley de que se trata, se hubieran visto los tesalios obligados a abandonar su país, así como la multitud de topos había hecho emigrar a los habitantes de otra ciudad cuyo nombre he olvidado.
En nuestros días se formó en la ciudad de Feras una potencia cuyo esplendor fue tan brillante como pasajero. Licofrón puso los primeros cimientos y su sucesor Jasón le dio tal auge que se hizo temible a la Grecia y a las naciones lejanas. Algunos años después de la muerte de este grande hombre, que murió al frente de su ejército, a manos de siete jóvenes conjurados que se dice estaban cansados de su severidad, llegamos a Feras, ciudad muy grande, rodeada de jardines.
Alejandro, manchado con la sangre de Polidoro y de Polifrón, hermanos y sucesores de Jasón, ejercía allí la más vergonzosa tiranía. Una multitud de fugitivos y vagabundos, conocidos por sus crímenes, aunque menos pervertidos que Alejandro, siendo sus soldados y sus satélites, causaban la desolación en sus estados y los pueblos limítrofes. Los habitantes de Feras vivían atemorizados y con el abatimiento consecuente al exceso de los males, que es la mayor desgracia. El tirano mismo, agitado de los temores con que él agitaba a los demás, vivía en una continua desconfianza, y hasta sus mismos guardias le daban temores. Pasaba la noche en lo más alto de su palacio, en una habitación a la cual subía con una escalera de mano, y cuyas avenidas estaban guardadas por un alano que solo respetaba a su amo, a la reina y al esclavo encargado de mantenerle. Allí se retiraba todas las noches, llevando delante a este mismo esclavo con espada en mano, y el cual registraba cuidadosamente la estancia. Voy a referir un hecho singular sin detenerme en hacer reflexión alguna.