Eudemo de Chipre, yendo de Atenas a Macedonia, cayó enfermo en Feras, y con motivo de haberle visto varias veces en casa de Aristóteles, de quien era amigo, le asistí durante la enfermedad con todo el cuidado que me fue posible. Una tarde que los médicos me manifestaron lo mucho que desconfiaban de la curación, me senté junto a su cama y, enternecido el enfermo al ver mi aflicción, me alargó la mano y me dijo con voz moribunda: «Voy a confiar a vuestra amistad un secreto que sería peligroso el revelarlo a cualquier otra persona. En una de estas últimas noches se me ha aparecido en sueños un joven de singular belleza anunciándome que curaría, y que dentro de cinco años estaría de vuelta en su casa. En prueba de su predicción añadió que al tirano le quedaban pocos días de vida». Escuché esta confidencia de Eudemo como un síntoma de delirio, y me fui a mi casa traspasado de dolor. Al amanecer del día siguiente nos despertaron estos gritos mil veces repetidos: «¡Ya murió! ¡Ya no existe el tirano, ha muerto a manos de la reina!». Acudimos al instante al palacio, y vimos allí el cadáver de Alejandro entregado a los insultos de un populacho que le pisaba, celebrando con entusiasmo el valor de la reina. Ella fue en efecto la que se puso al frente de la conspiración, bien fuese por odio a la tiranía o ya por vengar sus injurias personales. Era hija de Jasón esta princesa. Después de haber formado su plan, se lo comunicó a sus tres hermanos, los cuales estaban amenazados de muerte por Alejandro, y al instante se decidieron a favorecer el proyecto de la reina. La víspera de la ejecución los tuvo ocultos en el palacio: aquella noche Alejandro bebió con exceso, subió a su aposento, se tendió en el lecho y durmiose. La reina baja inmediatamente, aleja al esclavo y al alano, vuelve con los conjurados y se apodera de la espada que estaba colgada en la cabecera de la cama. En aquel momento parece que desmaya el valor de sus hermanos, pero amenazándoles de que despertará al rey, si aún titubean, se arrojan sobre él y le cosen a puñaladas.
No me detuve y fui presuroso a dar la noticia a Eudemo, quien no se admiró al oírla. Recobró sus fuerzas, y cinco años después murió en Sicilia; Aristóteles, que después hizo un diálogo sobre el alma en memoria de su amigo, sostenía que el sueño se había verificado en todas sus partes, pues dejar la tierra es volver a la patria.
Los conjurados, después de haber dejado que respirasen algún tiempo los habitantes de Feras, dividieron entre ellos el poder soberano, y cometieron tantas injusticias que sus súbditos se vieron precisados a llamar en su socorro a Filipo de Macedonia, el cual fue y arrojó no solamente a los opresores de Feras sino también a los que se habían establecido en otras ciudades.
Después de haber recorrido las cercanías de Feras, vimos las partes meridionales de Magnesia, y en seguida tomamos el camino hacia el norte, dejando a la derecha la cordillera del monte Pelión.
Este país es delicioso por lo benigno de su clima, la variedad de aspectos, y los muchos valles que forman, particularmente en la parte más septentrional, las ramas del Pelión y del Osa. Sobre una de las cumbres del primero hay un templo en honor de Zeus, y cerca de él está la célebre caverna donde suponen que el centauro Quirón estableció su morada en otro tiempo. Subimos allá, siguiendo a una procesión de jóvenes que van todos los años en nombre de una ciudad inmediata a ofrecer un sacrificio al soberano de los dioses.
Continuando nuestro camino llegamos a Sicurio, ciudad situada en una colina al pie del monte Osa; y de allí hasta Larisa: el país es fértil aunque poco poblado y se hace más ameno a proporción que uno se acerca a esta villa tenida con razón por la más rica y hermosa de la Tesalia. El Peneo hermosea sus cercanías y baña sus muros con sus aguas tan delgadas como cristalinas. Teníamos vivos deseos de llegar a Tempe, cuyo nombre, común a muchos valles que se encuentran en este país, le dan particularmente al que se forma entre el monte Olimpo y el Osa. Este es el único camino para ir de Tesalia a Macedonia. Tomamos un barco, al rayar el alba nos embarcamos en el Peneo y, habiendo pasado la embocadura del Titaresio, llegamos a Gonos, distante de Larisa cerca de ciento sesenta estadios (6612 pies). Esta ciudad es importantísima por su situación como llave de la Tesalia a la parte de Macedonia, lo mismo que lo son las Termópilas por la parte de la Fócida. El valle se extiende del sudoeste al noreste; su longitud es de cuarenta estadios (una legua y 1290 pasos); su anchura de dos estadios y medio, pero disminuye a veces tanto que solo parece ser de unos cien pies. Los montes están poblados de álamos, plátanos y fresnos de extraordinaria hermosura; en las faldas brotan fuentes de agua clara como el cristal, y en los intervalos que separan sus cumbres se respira un aire fresco y puro con cierto deleite interior. El río presenta casi por todas partes un canal sereno, en ciertos parajes forma isletas cuyo verdor es perenne, y las grutas que se ven abiertas en las laderas de los montes, tapizadas de céspedes, parecen el asilo del placer y del reposo. Los laureles y otros varios arbustos forman toldos y bosquecillos, haciendo un hermoso contraste con los sotos que hay al pie del Olimpo. Los peñascos están tapizados de una especie de yedra, y los árboles, adornados de plantas que serpentean rodeando sus troncos, se enredan en sus ramas, y cuelgan formando festones y guirnaldas. Todo presenta en fin en estos deliciosos parajes la decoración más risueña y pintoresca: por todas partes que uno tiende la vista parece que los ojos respiran la frescura y que el alma recibe nuevo espíritu de vida. Añádese a tan maravilloso cuadro que en la primavera este valle encantador está por todos lados esmaltado de flores, y que las bandadas de pajarillos hacen resonar en él sus armoniosos cantos, a los cuales parece que la soledad y la estación les prestan una melodía más tierna y encantadora.
Al salir del valle se ofreció a nuestra vista uno de los más bellos espectáculos, cual es el de una llanura cubierta de casas y de árboles, donde el río, cuyo cauce es más ancho y el curso más rápido, parece que se multiplica por sus revueltas. A la distancia de algunos estadios se ve el golfo Termaico; más allá se descubre la península de Palene y a lo lejos termina esta hermosa vista el monte Atos. Creíamos poder volver por la tarde a Gonos pero una tempestad furiosa nos precisó a pasar la noche en una casa situada en la orilla del mar, cuya posesión pertenecía a uno de Tesalia que se apresuró a recibirnos. Había estado algún tiempo en la corte del rey Cotis y durante la comida nos contó varias anécdotas referentes a este príncipe. «Cotis», nos dijo, «es el más rico, el más voluptuoso y más desordenado de los reyes de Tracia. En el verano anda errante con su corte por los bosques, donde se han abierto cómodos caminos. Cuando llega a las márgenes de algún arroyo, o algún sitio ameno, fresco y sombrío, hace allí parada y se entrega a todos los excesos de la gula. Actualmente lo domina un delirio capaz de causar lástima, si la locura unida al poder no hiciese crueles las pasiones. ¿Sabéis cuál es el objeto de su amor? Atenea. Al principio mandó que una de sus mancebas se adornase con los atributos de su divinidad; pero como esta ilusión le inflamaba más y más, tomó el partido de casarse con la diosa, y fueron celebradas sus bodas con la mayor magnificencia, siendo yo convidado a ellas. Esperaba él con impaciencia a su esposa, y en tanto se embriagó. Al fin del banquete uno de sus guardias fue de orden suya a la tienda donde estaba dispuesto el lecho nupcial, y a su vuelta, habiéndole dicho que Atenea no había llegado todavía, Cotis le traspasó con una flecha que le quitó la vida. Otro guardia experimentó igual suerte, pero el tercero, en vista de tales resultados, le dijo que acababa de ver a la diosa, que estaba acostada y que esperaba al rey. Al oír esto Cotis, sospechando que su esposa habría sido infiel, concediendo favores al guardia, se arrojó sobre él furioso y le despedazó con sus propias manos». Esta fue la relación del tesalio. Poco tiempo después, dos hermanos, Heráclidas y Pitón, conspiraron contra Cotis y le quitaron la vida.
Disipose la tempestad durante la noche, y cuando despertamos vimos la mar en calma y el cielo sereno: volvimos al valle y vimos en él los preparativos para una fiesta que los de Tesalia celebran todos los años en memoria de un terremoto que, abriendo paso libre a las aguas del Peneo, descubrió los hermosos llanos de Larisa. Al día siguiente por la mañana regresamos a esta ciudad, y algunos días después tuvimos ocasión de ver las corridas de toros. Ya había yo visto otras semejantes en varias ciudades de la Grecia, pero los habitantes de Larisa mostraron en estas más destreza que los demás pueblos. Estábamos ya en el otoño y, como esta temporada es regularmente la más hermosa en Tesalia, hicimos algunas correrías por las ciudades inmediatas; pero habiendo llegado el momento de continuar el viaje, determinamos pasar por el Epiro y tomamos el camino de Gonfos, ciudad situada al pie del monte Pindo.
CAPÍTULO XXXIV.
Viaje a Epiro, a Acarnania y a Etolia. — Oráculo de Dodona. — Salto de Léucade.