Yendo a Patras pasamos por muchas ciudades y lugares, porque la Acaya está muy poblada. Antes de llegar a dicha ciudad, nos apeamos en un bosque delicioso, donde muchos jóvenes se ejercitaban en las carreras. En una de las arboledas encontramos un muchacho de doce a trece años, muy bien vestido y coronado de espigas de trigo. Hicímosle algunas preguntas y nos dijo: «Hoy es la fiesta de Dioniso Esimnetes. Todos los muchachos de la ciudad vamos a las márgenes del Milico; allí nos formamos en procesión para ir a aquel templo de Artemisa que se ve allá, donde pondremos esta corona a los pies de la diosa y, después de habernos lavado en el arroyo, tomaremos una de yedra e iremos al templo que está al otro lado». «¿Por qué llevas esa corona de espigas?», le pregunté. «Porque así nos adornaban la cabeza cuando nos inmolaban en el altar de Artemisa». «¿Y cómo es que os inmolaban?». «¿Pues que no sabéis la historia del hermoso Melanipo y de la bella Cometo, sacerdotisa de la diosa? Voy a contárosla:
»Amábanse tanto, que siempre se iban buscando, y cuando no estaban juntos aún se veían. Pidieron al fin permiso a sus padres para casarse, y estos malvados se la negaron. Poco tiempo después ocurrieron grandes enfermedades y hambres en el país: se consultó al oráculo y respondió que Artemisa estaba enojada, porque Melanipo y Cometo se habían casado en su mismo templo la noche de su fiesta, y que para apaciguarla era preciso sacrificarle todos los años un muchacho y una jovencita de las más hermosas. Más adelante nos prometió el oráculo que cesaría esta bárbara costumbre cuando un desconocido trajese aquí cierta estatua de Dioniso. Vino en efecto, se puso la estatua en aquel templo, y desde entonces en lugar del sacrificio, se hace la procesión y las ceremonias de que os he hablado. Adiós, extranjero.»
Esta relación, que nos confirmaron personas ilustradas, no nos causó mucha admiración porque sabíamos que, durante mucho tiempo, no se conoció mejor medio para aplacar la ira del cielo que el de derramar sobre los altares la sangre humana, particularmente la de las doncellas.
Después de haber visto detenidamente los monumentos de Patras y de otra ciudad llamada Dime, pasamos el Lariso y entramos en la Élide.
CAPÍTULO XXXVI.
Viaje a la Élide. — Juegos olímpicos.
La Élide es un país reducido, cuyas costas baña el mar Jónico y se divide en tres valles. En el más septentrional está la ciudad de Elis y un río del mismo nombre, pero menos caudaloso que el de Tesalia; el valle del medio es célebre por el templo de Zeus, situado cerca del río Alfeo; el último se llama Trifilia.
Este país es de todos los del Peloponeso el más abundante y mejor poblado. Sus fértiles campiñas están cubiertas de esclavos laboriosos, y la agricultura florece en ellas porque el gobierno guarda con los labradores cuantas consideraciones merecen estos últimos ciudadanos. La ciudad de Elis es muy moderna, y está formada al estilo de otras muchas ciudades de la Grecia, particularmente del Peloponeso, por la reunión de muchas aldeas. Está adornada de templos, edificios suntuosos y muchas estatuas, algunas de ellas obra de Fidias. Entre estos últimos monumentos, vimos algunos en que el artista mostró tanto ingenio como habilidad. Tal es el grupo de las Gracias en el templo que les está consagrado. Su ropaje es suelto y elegante: la primera tiene un ramo de mirto en honor de Afrodita, la segunda una rosa simbolizando la primavera, la tercera una taba, símbolo de los juegos de la infancia; y para que nada falte a los encantos de esta composición, la figura del amor está en el mismo pedestal de las Gracias.
No hay cosa que dé más lustre a esta provincia que los juegos olímpicos, celebrados de cuatro en cuatro años en honor de Zeus. Los instituyó Heracles, y después de una larga interrupción fueron establecidos por los consejos del célebre Licurgo y por el celo de Ífito, soberano de una comarca de la Élide. Ciento y ocho años después, fue inscrito por primera vez en los registros públicos de los eleos el nombre del que ganó el premio de la carrera en el estadio, que se llamaba Corebo. Este uso continuó, y de aquí vino aquella larga serie de vencedores cuyos nombres, indicando las diferentes olimpiadas, forman otros tantos puntos fijos para la cronología.
Iban a celebrarse los juegos por la centésima sexta vez cuando llegamos a Elis. Todos los habitantes de la Élide se preparaban para esta solemnidad augusta, y se había promulgado ya el decreto que suspende toda hostilidad. Las tropas que entrasen entonces en esta tierra sagrada debían ser condenadas a una multa de dos minas (610 reales) por soldado.