Hace cuatro siglos que los eleos tienen a su cargo el gobierno de los juegos olímpicos, y han dado a este espectáculo toda a perfección de que era susceptible. En cada olimpiada se sacan por suerte los jueces o presidentes de los juegos, en número de ocho, porque corresponde uno a cada tribu. Se reúnen en Elis antes de la celebración de los juegos, y durante el discurso de diez meses se instruyen por menor de las funciones que deben desempeñar. A fin de juntar la experiencia a los preceptos, ejercitan durante igual tiempo los atletas que han ido a inscribirse para disputar el premio de la carrera, y de la mayor parte de las contiendas a pie.
Luego que hubimos visto lo que más podía interesarnos, tanto en la ciudad de Elis como en la de Cilene, que le sirve de puerto, partimos para Olimpia, adonde se va por dos caminos; el uno por la llanura, de trescientos estadios de largo (9 leguas y 3670 pasos) y el otro por las montañas; escogimos el primero, y llegamos a Olimpia después de haber visto al paso las ciudades de Dispontio y de Letrinos. Esta ciudad, conocida también bajo el nombre de Pisa, está situada a la orilla derecha del Alfeo, al pie de una colina que se llama el monte de Cronos.
El Altis contiene en su recinto los objetos más interesantes: es un bosque sagrado, muy extenso y cercado, en el cual se encuentran el templo de Zeus y el de Hera, el senado, el teatro y otros muchos edificios hermosos, en medio de innumerables estatuas. El templo de Zeus fue construido en el siglo último con los despojos tomados por los eleos a algunos pueblos que se habían sublevado contra ellos.
Es de orden dórico, rodeado de columnas, y construido de piedra sacada de las canteras inmediatas, pero tan lustrosa y tan dura como el mármol de Paros. Tiene de altura de sesenta y ocho pies, de longitud doscientos treinta, y de anchura noventa y cinco. Un hábil arquitecto llamado Libón estuvo encargado de la construcción de este edificio, y dos escultores no menos hábiles enriquecieron los frontispicios de ambas fachadas con discretas composiciones. Este soberbio templo está dividido por unas columnas en tres naves. Apenas se entra en él cuando las miradas se dirigen rápidamente a la estatua y al trono de Zeus. Esta obra clásica de Fidias y de la escultura hace a primera vista una impresión tanto más profunda cuanto más se examina. La efigie de Zeus es de oro y marfil, y, aunque sentada, llega casi al plafón del templo. En la mano derecha tiene una victoria, también de oro y marfil, en la izquierda un cetro primorosamente trabajado, enriquecido con varios metales y coronado con un águila; el calzado es de oro como también el manto, en el cual hay esculpidos animales y flores, y sobre todo lirios. El trono descansa en cuatro pies y sobre unas columnas intermediarias de la misma altura que los pies; todo está refulgente de oro, marfil, ébano y piedras preciosas, y le decoran varias pinturas y bajos relieves.
Fidias aprovechó los menores espacios para multiplicar los adornos. Encima de la cabeza del dios, en la parte superior del trono, se ven a un lado las tres Gracias que tuvo de Eurínome, y las Estaciones que tuvo de Temis. Distínguense otros muchos bajos relieves, tanto en la peana como en la basa o estrado que sostiene aquella enorme, masa, la mayor parte de ellos de oro, y representando las divinidades del Olimpo. A los pies de Zeus se lee esta inscripción: Soy obra de Fidias, ateniense, hijo de Cármides. Además de su nombre, el artista, para eternizar la memoria y la belleza de un joven amigo suyo llamado Pantarces, grabó su nombre en uno de los dedos de Zeus.
Causa sorpresa la grandeza de la empresa y la riqueza de la materia, la excelencia del trabajo y la feliz armonía de todas las partes; pero aún sorprende más la expresión sublime que el artista ha sabido dar a la cabeza de Zeus. La divinidad misma parece allí infundida con todo el esplendor de su poder, toda la profundidad de su sabiduría y la dulzura de su bondad. Antes los artistas no representaban al soberano de los dioses sino con facciones comunes, sin nobleza y sin carácter distintivo. Fidias fue el primero que, digámoslo así, alcanzó a la majestad divina. ¿En qué fuente bebió, pues, tan altas ideas? Él mismo respondió a los que le hacían esta pregunta citando los versos de Homero en que este poeta dice que una mirada de Zeus basta para estremecer el Olimpo.
Desde el templo de Zeus pasamos al de Hera, que es igualmente de orden dórico, rodeado de columnas, pero mucho más antiguo que el primero. La mayor parte de las estatuas que hay en él, ya de oro, ya de marfil, descubren la rudeza del arte, aunque no tienen aún trescientos años de antigüedad. Cerca de este templo se celebran unos juegos en los cuales presiden dieciséis mujeres respetables por su virtud, no menos que por su cuna.
Saliendo de allí recorrimos las calles del recinto sagrado. Entre los plátanos y los olivos que cubren con su sombra aquellos sitios, se ofrecían a nuestra vista por todas partes columnas, trofeos, carros triunfales, estatuas sin número de bronce y mármol, unas de los dioses y otras de los vencedores. Mientras admirábamos estas obras de escultura, nuestros intérpretes nos hacían largas relaciones y nos contaban anécdotas relativas a aquellos cuyo retrato nos enseñaban. Después de haber visto con detención dos carros de bronce, en uno de los cuales estaba Gelón, rey de Siracusa, y en el otro Hierón, su hermano y sucesor, nos hicieron observar de cerca la estatua de Cleómedes. «Este atleta», nos dijeron, «habiendo tenido la desgracia de matar a su adversario en el combate de la lucha, los jueces para castigarle le privaron de la corona, y esto le hizo tanta sensación que perdió el juicio. Algún tiempo después entró en una casa de educación de la juventud, asió una columna que sostenía el techo, la derribó, y perecieron bajo las ruinas del edificio cerca de sesenta niños.
»Esta yegua que aquí veis, la llamaban Viento a causa de su ligereza. Un día que corría en el estadio, Filotas, que la montaba, se dejó caer: ella continuó la carrera, dobló el límite y fue a pararse ante los jueces que concedieron la corona a su amo, y le permitieron que se representase aquí con el instrumento de su victoria. Este otro atleta llevó su estatua al hombro, y él mismo la puso en este sitio. Es el célebre Milón; aquel que en la guerra de los habitantes de Crotona, su patria, contra los de Síbaris estuvo a la cabeza de las tropas, y ganó una famosa victoria. Triunfó muchas veces en nuestros juegos y en los de Delfos, haciendo siempre en ellos pruebas de sus fuerzas prodigiosas. Algunas veces se ponía sobre una losa untada de aceite para hacerla más resbaladiza, y a pesar de todo no podían menearle los más fuertes vaivenes; otras veces empuñaba una granada y, sin estrujarla, la tenía tan apretada que los atletas más forzudos no podían abrir sus dedos para arrancársela. Se cuenta también que recorrió el estadio llevando un buey al hombro, y que encontrándose un día en una casa con los discípulos de Pitágoras, les salvó la vida sosteniendo la columna en que se apoyaba el plafón próximo a caer; en fin, se dice que en su vejez llegó a ser presa de las fieras porque sus manos se encontraron atrapadas en el tronco de un árbol medio abierto con sus uñas, y que él intentaba acabar de abrir».
En tanto que nos deteníamos con estas cosas, llegaban en cuadrillas las gentes a Olimpia, por mar y por tierra, de todas las partes de la Grecia y de los países más lejanos, presurosos por ver estas fiestas cuya celebridad excede infinitamente a las demás solemnidades, y que en el día carecen de un atractivo que antes las hacía más magníficas; pues ya no se permite en ellas la concurrencia de mujeres a causa de la desnudez de los atletas. El primer día de las fiestas empieza once días después de la luna nueva, pasado el solsticio de estío. Duran cinco días, y al fin del último se hace la proclamación solemne de los vencedores. Abriéronse las fiestas por la tarde dando principio con muchos sacrificios ofrecidos en altares dedicados a muchas divinidades, tanto en el templo de Zeus como en las cercanías. Las ceremonias duraron hasta muy entrada la noche, y se hicieron al son de instrumentos, a la claridad de la luna, próxima a estar llena, con tal orden y magnificencia que inspiraban a un tiempo sorpresa y respeto. A media noche cuando se acabaron, la mayor parte de los concurrentes fueron a situarse en la carrera para gozar mejor del espectáculo de los juegos que iban a dar principio.