La carrera olímpica se divide en dos partes: el estadio y el hipódromo. El estadio es una calzada de seiscientos pies de largo y de anchura proporcionada. Allí se hacen las corridas a pie, y se dan la mayor parte de los combates. El hipódromo es para las corridas de carros y de caballos; uno de sus lados se extiende por un collado, y el otro, algo más largo, es formado por una calzada: tiene seiscientos pies de ancho, doble de largo, y está separado del estadio por medio de un edificio llamado la barrera, que es un pórtico delante del cual hay un patio espacioso en figura de una proa de nave; sus paredes van acercándose la una a la otra, y dejan a su extremidad una abertura más capaz para que puedan pasar a la vez muchos carros. El estadio y el hipódromo están adornados de estatuas, de altares y de otros monumentos.
Al rayar el alba fuimos al estadio, que estaba ya lleno de atletas preludiando los combates, y rodeado de muchos espectadores; pero había mucho mayor número puestos confusamente sobre una colina que se presenta en anfiteatro más arriba de la carrera. Luego que hubieron ocupado sus asientos los ocho jueces presidentes de los juegos, vestidos magníficamente, gritó un heraldo diciendo: «Preséntense los corredores del estadio», y al punto se presentó un gran número de ellos que se formaron en línea, según el puesto que la suerte les había señalado, y entonces el heraldo publicó sus nombres y el de su patria. Si estos nombres se habían hecho ilustres con victorias precedentes, eran aplaudidos repetidas veces. Después de que el heraldo hubo añadido: «¿Hay alguien que acuse a alguno de estos atletas de haber estado preso o tenido mala vida?», guardó todo el mundo un silencio profundo, y en aquellos hombres del pueblo prontos a disputarse unas hojas de olivo, solamente vi ya hombres libres que se proponían sostener la gloria de su patria. En las miradas inquietas de los espectadores se veían pintados el temor y la esperanza, cuyos sentimientos eran más vivos a proporción que se acercaba el instante que debía desvanecerlos. La trompeta da en fin la señal, parten los corredores, llegan en un abrir y cerrar de ojos al término donde estaban los presidentes de los juegos; el heraldo proclama el nombre de Poro de Cirene, y mil bocas lo repiten. El honor que lograba es el primero y más lucido, porque la carrera del estadio sencillo es la más antigua de cuantas han sido admitidas en estas fiestas.
En los días siguientes fueron llamados otros campeones a recorrer el estadio doble; es decir, que después de haber llegado al fin y dado vuelta a la meta, debían retroceder al punto de donde partieron. Estos últimos fueron reemplazados por otros atletas que corrieron doce veces a lo largo del estadio. Algunos concurrieron a muchos de estos ejercicios y ganaron más de un premio. Los vencedores no debían ser coronados hasta el último día de las fiestas, pero al fin de su carrera recibieron o más bien tomaron una palma que les estaba destinada. Este momento fue para ellos el principio de una serie de triunfos. Cada uno se apresuraba a verlos, a felicitarlos: sus parientes, sus amigos, sus compatriotas les llevaban en hombros para que los viesen los concurrentes que esparcían sobre ellos flores a manos llenas. Al día siguiente, muy temprano, fuimos al hipódromo, donde debían ejecutarse las corridas de caballos y de carros. Únicamente las gentes ricas pueden dar estos espectáculos, que cuestan mucho. Como los que aspiran a los premios no están obligados a disputarlos por sí mismos, los soberanos y las repúblicas entran muchas veces en el número de los concurrentes, y confían su gloria a diestros escuderos. En la lista de los vencedores se hallan Terón, rey de Agrigento; Gelón e Hierón, reyes de Siracusa; Arquelao, rey de Macedonia; Pausanias, rey de Lacedemonia; y otros muchos, como también muchas ciudades de la Grecia.
Mientras esperábamos la señal, nos advirtieron que mirásemos atentamente a un delfín de bronce puesto al principio de la lid, y a un águila del mismo metal colocada en el altar en medio de la barrera. En breve vimos que el delfín se bajaba y ocultaba en tierra, y que el águila se elevaba con las alas abiertas mostrándose a los espectadores; y al mismo instante un gran número de jinetes se lanzaron en el hipódromo, y pasaron por delante de nosotros con la rapidez del relámpago dando vuelta a la meta que está en la otra parte: los unos separándose en medio de la carrera, y los otros precipitándola, hasta que uno de ellos, redoblando sus esfuerzos, dejó atrás a sus competidores afligidos.
El vencedor había disputado el premio de la carrera en nombre de Filipo, rey de Macedonia, que aspiraba a toda suerte de gloria, y que se vio de repente tan satisfecho que pedía a la fortuna que moderase sus beneficios con una desgracia. Efectivamente, en muy pocos días ganó esta victoria en los juegos olímpicos, Parmenio, uno de sus generales, derrotó a los ilirios, y su esposa dio a luz un hijo, que es el famoso Alejandro.
Después de que los atletas que apenas habían salido de la infancia anduvieron la misma carrera, se llenó esta de una multitud de carros, unos tras de otros, y al punto que se oyó la señal, se vieron los corredores cubiertos de polvo, cruzarse, tropezar y arrastrar los carros con tal rapidez que apenas podía seguirlos la vista. Aumentábase su impetuosidad cuando oían el son estrepitoso de las trompetas situadas cerca de la meta, famosa por los naufragios que ocasiona. Puesta en lo ancho de la carrera, solo deja para el paso de los carros un desfiladero muy estrecho, donde se estrella muchas veces la habilidad de los conductores. El peligro es tanto más terrible cuanto es menester doblar la meta hasta doce veces, porque hay que correr otras tantas a lo largo del hipódromo a la ida y a la vuelta.
A cada evolución ocurría algún accidente que excitaba la compasión o la risa insultante de los espectadores. Algunos carros fueron arrojados fuera de la lid, otros se estrellaron chocándose con violencia: la carrera estaba sembrada de despojos que hacían de este modo más peligrosa la lid. No quedaban ya más de cinco competidores, que eran un tesalio, un libio, un siracusano, un corintio y un tebano. Los tres primeros iban a doblar ya la meta por última vez. El tesalio tropieza en este escollo, cae enredado con las riendas, y mientras sus caballos caen sobre los del libio que le iba al alcance, y los del siracusano se precipitan en un barranco cerca de la carrera en aquel sitio; mientras que por todas partes resuenan en fin mil agudos gritos, el corintio y el tebano llegan, se aprovechan del momento favorable, pasan la meta, aguijan sus fogosos caballos y se presentan a los jueces, quienes conceden el primer premio al corintio y el segundo al tebano.
Mientras duraron las fiestas, y en ciertos intervalos del día, dejábamos el espectáculo y recorríamos las cercanías de Olimpia, volviendo muchas veces al recinto sagrado. Allí se nos ofrecían por todas partes objetos sorprendentes de fasto y de vanidad, porque los juegos atraen a todos aquellos que han adquirido celebridad o que quieren adquirirla por sus talentos, su saber o sus riquezas; así es que iban a exponerse a las miradas de la multitud, que siempre corre presurosa tras de aquellos que tienen o afectan tener alguna superioridad.
Después de la batalla de Salamina dejose ver Temístocles en medio del estadio que inmediatamente resonó en aplausos en honor suyo. Nadie atendió ya a los juegos, y todos fijaron su atención en él durante el día. Mostraban a los extranjeros con gritos de alegría y admiración, aquel hombre que había salvado la Grecia, y Temístocles confesó que este día había sido el más hermoso de toda su vida.
Supimos que en la última olimpiada ganó Platón un triunfo casi semejante. Cuando se presentó en estos juegos todo el concurso fijó la vista en él, y le manifestó con expresiones las más lisonjeras la alegría que inspiraba su presencia. Nosotros fuimos testigos de una escena más tierna todavía. Un anciano buscaba donde colocarse, y después de haber recorrido muchas gradas, repelido siempre por las chocarrerías ofensivas, llegó donde estaban los lacedemonios. Todos los jóvenes y la mayor parte de los hombres se levantaron y le ofrecieron sus asientos. Oyose al instante un gran palmoteo y aplauso por todas partes, y el anciano enternecido no pudo menos de decir: «Los griegos conocen las reglas de la buena crianza, los lacedemonios las practican».