Seguíamos constantemente oyendo las lecturas que se hacían en Olimpia. Los presidentes de los juegos asistían allí algunas veces, y el pueblo concurría también afanoso. Un día que al parecer escuchaba con más atención que otros, se oyó resonar por todas partes el nombre de Polidamas, e inmediatamente acudieron a verle todos los circunstantes. Era Polidamas un atleta de Tesalia, de una corpulencia y vigor prodigiosos. Se contaba de él que hallándose sin armas en el monte Olimpo, venció a un león enorme que expiró por sus golpes; que habiendo sujetado a un furioso toro, el animal no pudo escaparse sino dejando una pezuña entre sus manos; y que los caballos más vigorosos no podían arrastrar un carro que él tuviese agarrado con una sola mano por la trasera. Había ganado muchas victorias en los juegos, pero habiendo venido muy tarde a Olimpia en esta ocasión, no fue posible admitirle al concurso. Más adelante supimos el trágico fin de este hombre extraordinario. Había entrado con algunos amigos suyos en una caverna para guardarse del calor; abriose la bóveda de la caverna, huyeron sus amigos, y, queriendo él sostener el monte, quedó allí sepultado.
Me falta hablar de los ejercicios que exigen más fuerza que los precedentes, tales como la lucha, el pugilato, el pancracio y el pentatlo. Interrumpiré el orden con que se dieron estos combates y empezaré por la lucha.
El objeto de este ejercicio es el derribar al adversario y obligarle a declararse vencido. Presentáronse tres parejas de luchadores para combatir, y el séptimo quedó reservado para combatir contra los vencedores de los otros. Se desnudaron enteramente y, después de haberlos frotado con aceite, se revolcaron en la arena a fin de que sus adversarios no pudiesen hacer tanta presa en ellos al asirse. Presentáronse al punto en el estadio un tebano y un argivo, se acercan, mídense con la vista y se empuñan por los brazos. Ya apoyando su frente el uno contra el otro se impelen con fuerza igual, parecen inmóviles, y se rechazan con esfuerzos inútiles; ya se mueven con violentas sacudidas, se enredan como serpientes, se estiran y encogen, se doblan hacia delante, hacia atrás y a los lados, bañan en sudor copioso sus miembros debilitados, respiran un momento, se agarran por medio del cuerpo, y después de haber empleado de nuevo la astucia y la fuerza el tebano levanta a su adversario, pero le dobla el peso; caen, revuélcanse en el polvo, y tan pronto está uno encima como debajo. Al fin el tebano, entrelazando sus piernas y sus brazos, suspende todos los movimientos del contrario, a quien tiene debajo, le aprieta la garganta, y le precisa a levantar la mano indicando estar vencido. Mas no basta para ganar la corona, porque es menester que el vencedor derribe lo menos tres veces a su rival, y comúnmente vienen a las manos por tres veces. El argivo ganó en la segunda acción, y el tebano nuevamente en la tercera.
Habiendo acabado sus combates los demás luchadores, los vencidos se retiraron llenos de vergüenza y de dolor. Quedaron vencedores un agrigentino, un efesio, y el tebano de quien he hablado. Quedaba también un rodio reservado por suerte. Tenía este la ventaja de entrar descansado en la lid, pero no podía ganar el premio si no ganaba más de un combate. Triunfó del agrigentino, le echó por tierra el efesio, que luego fue vencido por el tebano, y este último ganó la palma.
No se permite en la lucha dar golpes al adversario, y en el pugilato solo se permiten los golpes. Ocho atletas se presentaron para este último ejercicio, y fueron, así como los luchadores, pareados por suerte. Tenían la cabeza cubierta con un casco de bronce y los puños sujetos con una especie de guantes hechos de listas de cuero que se cruzaban por todos lados. Las embestidas fueron tan variadas como los accidentes que se siguieron. Algunas veces se veían dos atletas hacer diversos movimientos para que el sol no les diese en la vista, pasar horas enteras observándose, en espiar cada uno el instante en que su adversario dejase indefensa una parte del cuerpo, en tener los brazos levantados y tendidos de modo que estuviese su cabeza a cubierto, o agitándolos rápidamente para impedir que se acercase el enemigo. Algunas veces se acometían con furor y se descargaban uno a otro muchos golpes. Vimos que, precipitándose algunos con el brazo levantado sobre el enemigo, pronto a evitar el golpe, caían a plomo en tierra y se quebrantaban todo el cuerpo; otros, exánimes y llenos de heridas mortales, se incorporaban de repente y desesperados tomaban nuevas fuerzas; otros, en fin, que los retiraban del campo de batalla con el rostro desfigurado enteramente y sin otras señales de vida que la sangre que vomitaban a borbotones.
En los demás ejercicios es fácil juzgar del éxito. En el pugilato es preciso que uno de los dos combatientes confiese su derrota; pero en tanto que le queda un grado de fuerza, no desespera de la victoria, porque esta puede depender de su fortaleza y obstinación. Nos contaron que habiendo roto a un atleta los dientes de un golpe terrible, tomó el partido de tragárselos, y viendo su rival lo infructuoso de su ataque, creyéndose perdido sin recurso se confesó vencido.
Al pugilato sucedió el combate del pancracio, ejercicio compuesto del primero y del de la lucha. Los atletas no deben asirse al cuerpo, y por esta razón no llevan guantes: la acción terminó en breve. Había venido en la víspera un sicionio llamado Sóstrato, célebre por las muchas coronas que había ganado y las circunstancias que dieron motivo a ello. A su vista se apartaron la mayor parte de sus rivales, y los demás a sus primeros ensayos.
Siguió al pancracio el pentatlo, juego que comprende no solamente la carrera a pie, la lucha, el pugilato y el pancracio, sino también el salto, el tiro del disco y el del venablo. Los atletas que disputan el premio, para ganarle deben triunfar a lo menos en los tres primeros combates en que entran.
El último día de las fiestas se destinó a coronar a los vencedores, cuya ceremonia se hizo en el bosque sagrado, y fue precedido de sacrificios pomposos. Cuando se acabaron, los vencedores, siguiendo a los presidentes de los juegos, fueron al teatro vestidos magníficamente, y llevando una palma en la mano. Iban embriagados de alegría, al son de flautas y rodeados de un inmenso pueblo, cuyos aplausos resonaban en los aires. Habiendo llegado al teatro, los presidentes de los juegos mandaron que empezase el himno compuesto en otro tiempo por el poeta Arquíloco y destinado a ensalzar la gloria de los vencedores y el brillo de las ceremonias. Luego que los espectadores unieron en cada estribillo sus voces a la de los músicos, levantose el heraldo y anunció que Poro de Cirene había ganado el premio del estadio. Este atleta se presentó ante el decano de los presidentes, que ciñó su frente con una corona de olivo silvestre, cogida como todas las que se distribuyen en Olimpia, de un árbol que hay detrás del templo de Zeus, y ha llegado a ser por su destino el objeto de la veneración pública. Fueron tantas las expresiones de veneración y de alegría en aquel momento, renovando las que profusamente le honraron en el acto de ganar la victoria, que Poro me pareció en el colmo de la gloria. Nos dijeron en esta ocasión que el sabio Quilón expiró de gozo abrazando a su hijo que acababa de triunfar, y que la asamblea de los juegos olímpicos miró como un deber el asistir a sus funerales. En el último siglo, añadieron, nuestros padres fueron testigos de una escena más interesante todavía. Diágoras de Rodas que había ensalzado el lustre de su nacimiento con una victoria ganada en nuestros juegos, trajo a estos lugares dos hijos suyos que concurrieron y merecieron la corona. Apenas la hubieron recibido, cuando ciñeron con ella la frente de su padre, y llevándole en sus hombros, le pasearon en triunfo por en medio de los espectadores que lo felicitaban, echándole flores, y diciéndole algunos: «Morid, Diágoras, morid; pues ya nada tenéis que desear». El anciano, no pudiendo resistir a su dicha, expiró en medio de la asamblea, enternecido al ver este espectáculo, y bañado en el llanto de sus hijos que le estrechaban con sus brazos.
El día mismo de la coronación ofrecieron los vencedores sacrificios en acción de gracias. Fueron inscritos en los registros públicos de los eleos, y les dieron un magnífico banquete en una de las salas del Pritaneo. En los días siguientes dieron ellos mismos otro convite, aumentando los placeres de él con la música y la danza. Encomendose luego a la poesía que inmortalizase sus nombres, y a la escultura que los representase en el mármol o en bronce, demostrando algunos la misma actitud, en que estaban cuando ganaron la victoria. Según el uso antiguo, estos hombres, colmados ya de honores en el campo de batalla, vuelven a entrar en sus casas con toda la ostentación y el aparato del triunfo, precedidos y seguidos de una comitiva numerosa; vestidos de una ropa de púrpura y a veces en un carro de dos o cuatro caballos, por una brecha que se abre en las murallas de la ciudad. En ciertos parajes, el tesoro público les asigna una pensión decente, y en otras quedan exentos de toda carga concejil; en Lacedemonia tienen el honor de pelear al lado del rey en un día de batalla. Casi en todas partes tienen asiento de preferencia en la representación de los juegos, y el título de vencedor olímpico, agregado a su nombre, les da una estimación y respeto que contribuyen a su bienestar durante su vida.