Algunos hacen que las distinciones que reciben recaigan en beneficio de los caballos que se las han proporcionado, para lo cual les procuran una vejez dichosa, les dan honras, sepultura, y aun a veces les erigen pirámides sobre ellas.

CAPÍTULO XXXVII.

Continuación del viaje a la Élide. — Jenofonte en Escilunte.

Tenía Jenofonte una habitación en Escilunte, ciudad pequeña situada a veinte estadios (media legua) de Olimpia. Las turbulencias del Peloponeso le obligaron a dejar su casa y establecerse en Corinto, donde le encontré cuando llegué a Grecia. Pero luego que se apaciguaron volvió a Escilunte, y al día siguiente de las fiestas fuimos a su casa con Diodoro su hijo, que nos acompañó mientras duraron. La posesión de Jenofonte era considerable. Reservaba el diezmo de su producto para mantener un templo que había erigido a Artemisa y para costear un pomposo sacrificio que hacía todos los años. Cerca del templo hay un huerto que produce varias especies de frutas. El Selinunte, riachuelo abundante en pesca, pasea lentamente sus aguas cristalinas al pie de un rico collado donde apacentan con sosiego los animales destinados a los sacrificios. Dentro y fuera de la tierra sagrada, hay unos bosques distribuidos por la llanura o los montes, y sirven de abrigo a los corzos, a los ciervos y a los jabalíes.

En esta feliz mansión había compuesto Jenofonte la mayor parte de sus obras. Lo primero de que cuidó fue el proporcionarnos las diversiones propias de nuestra edad y aquella que el campo ofrece en una edad más avanzada. Nos enseñó sus caballos, sus plantíos y el arreglo de su casa, y casi en todas partes vimos puestos en práctica los preceptos que había sembrado en sus diferentes obras. Otras veces nos instaba para que fuésemos a cazar, cuyo ejercicio recomendaba frecuentemente a los jóvenes como el más a propósito para acostumbrarlos a las fatigas de la guerra. Seguimos su consejo, y durante muchos días, acompañados de su hijo Diodoro, hicimos guerra a las liebres, los ciervos y los jabalíes. No habiendo nada tan interesante como estudiar a un grande hombre en su retiro, pasábamos una parte del día en conversación con Jenofonte, escuchándole, haciéndole preguntas y enterándonos de todos los pormenores de su vida privada. Encontrábamos en sus conversaciones la dulzura y elegancia que reinan en sus escritos. Tenía a un mismo tiempo el valor de las cosas grandes y de las pequeñas, debiendo a lo uno una firmeza imperturbable, y a lo otro una paciencia invencible. Algunos años antes estuvo expuesta su fortaleza a la prueba más dura para un corazón sensible. Grillo, su hijo mayor, que servía en la caballería ateniense, fue muerto en la batalla de Mantinea, y le dieron la fatal noticia en ocasión que estaba rodeado de sus amigos y criados haciendo un sacrificio. En medio de la ceremonia se oyó un rumor confuso y lastimero, y acercándose un correo: «Los tebanos», dijo, «han vencido y Grillo...». Las lágrimas que inundaron sus ojos le trabaron la lengua y no pudo acabar. «¿Cómo? ¿Ha muerto?», preguntó el desgraciado padre quitándose la corona que ceñía su frente. «Sí, después de las mayores proezas, y con sentimiento general de todo el ejército», responde el correo. Al oír estas palabras, Jenofonte vuelve a ponerse la corona y concluye el sacrificio. Quise hablarle un día de esta pérdida, y se contentó con responderme: «¡Ay de mí! ¡Yo sabía que era mortal!», y distrajo la conversación.

Otra vez le preguntamos cómo había conocido a Sócrates. «Era yo muy joven», respondió, «cuando le encontré un día en una calle de Atenas muy estrecha: impidiome el paso con su bastón y preguntome dónde se encontraban las cosas necesarias para vivir. “En la plaza”, le respondí. Y él me volvió a preguntar. “Pero ¿dónde se aprende a ser hombre de bien?”. Viendo que yo titubeaba, añadió: “Seguidme, yo os lo enseñaré”. Le seguí y ya no me separé de él hasta que fui al ejército de Ciro. A mi vuelta supe que los atenienses habían dado muerte al hombre más justo, y no tuve otro consuelo que el de transmitir por mis escritos las pruebas de su inocencia a las naciones de la Grecia, y quizás también a la posteridad». Viendo que tomábamos un interés tan vivo y tan tierno, nos instruyó circunstanciadamente del sistema de vida que Sócrates había adoptado, y nos expuso su doctrina tal como era, limitada únicamente a la moral, sin mezcla de dogmas extraños, exenta de todas aquellas discusiones de física y de metafísica que Platón ha atribuido a su maestro. ¿Cómo podría yo vituperar, pues, a Platón, a quien tanto respeto? Preciso es confesar, no obstante, que se debe estudiar menos en sus diálogos que en los de Jenofonte las opiniones de Sócrates. Jenofonte escribió con un talento de conocimientos útiles, y ejercitado por mucho tiempo en la reflexión, para hacer a los hombres mejores ilustrándolos. Tal era su amor a la verdad que jamás se fundó en la política sino después de haber sondeado la naturaleza de los gobiernos; en la historia, para referir los hechos que en gran parte había él presenciado; en el arte militar, después de haber servido y mandado con la mayor distinción; y en la moral, después de haber practicado las lecciones que daba a los demás. He conocido pocos filósofos tan virtuosos, y pocos hombres tan amables.

CAPÍTULO XXXVIII.

Viaje a Mesenia.

Salimos de Escilunte y, habiendo atravesado la Trifilia, llegamos a las orillas del Neda, que separa la Élide de la Mesenia.

Siendo nuestro objeto recorrer las costas de esta última provincia, fuimos a embarcarnos en el puerto de Ciparisia, y al día siguiente arribamos a Pilos, donde se nos dijo que el sabio Néstor había reinado: por más que quisimos hacer ver que, según Homero, reinaba en la Trifilia, por única respuesta se nos mostró la casa de este príncipe, su retrato, y la gruta donde encerraba a sus bueyes. Quisimos insistir, pero en breve quedamos convencidos de que los pueblos y los particulares orgullosos de su origen no siempre gustan que se dispute acerca de sus títulos.