Después de haber visto muchas ciudades de la costa hasta lo interior del golfo de Mesenia, llegamos en fin a la embocadura del Pamiso, donde entramos a toda vela. Este río es el mayor de todos los del Peloponeso, aunque desde su nacimiento hasta el mar, solo hay la distancia de unos cien estadios (tres leguas y cuarto). Su curso es corto pero admirable al mismo tiempo, pues da la idea de una vida corta y de hermosos días. Sus aguas puras parecen que corren únicamente para la dicha de todos aquellos que las rodean. En todas las estaciones se cogen en él exquisitos peces, que a la vuelta de la primavera vienen a sus aguas para desovar en ellas.
Atravesamos fértiles llanuras, y llegamos a Mesene, situada como Corinto al pie de un monte, y que ha llegado a ser, como esta ciudad, uno de los baluartes del Peloponeso. Las murallas de Mesene son de piedra de sillería, desde que Epaminondas restituyó la libertad a la Mesenia, y llamó a sus antiguos habitantes; están coronadas de almenas, flanqueadas de torres, y abrazan en su circuito el monte Itome. Por dentro vimos una espaciosa plaza adornada de templos, de estatuas y de una fuente abundante. Por todas partes se elevan hermosos edificios, y según estos primeros ensayos de la magnificencia de Mesene se pudiera juzgar de la que ostentaría en adelante. En la cumbre del monte y en medio de una ciudadela que une a los recursos del arte las ventajas de la posición, se eleva un templo de Zeus, en el sitio mismo donde se dice que las ninfas cuidaron de la infancia de este dios, cuya estatua, obra de Agéladas, estaba depositada en la casa del sacerdote Celeno.
Desde esta casa se descubre toda la Mesenia, extendiéndose la vista hasta unos ochocientos estadios (26 leguas y media). Extiéndese también la vista al norte por la Arcadia y la Élide, al oeste y al sur por la mar y las islas contiguas, al este por una cordillera de montes que bajo el nombre de Taigeto separa esta provincia de la de Laconia, y en seguida se explaya y recrea por el cuadro ameno que encierra este recinto. Veíamos a diversas distancias ricas campiñas, cruzadas de colinas y de ríos, cubiertas de rebaños, y en particular de yeguadas que constituyen las riquezas del país. Entonces, dirigiéndome a unos cuantos labradores que veíamos: «Me parece», les dije, «que la población de esta provincia no guarda proporción con su fertilidad». «No lo atribuyáis», respondió un viejo llamado Jenocles que hacía poco había vuelto a su patria, «sino a los bárbaros, cuya odiosa vista nos impiden estos montes. Por espacio de cuatro siglos enteros, los lacedemonios han asolado la Mesenia, dejando únicamente, en patrimonio a sus habitantes, la guerra o el destierro, la muerte o la esclavitud».
Únicamente teníamos una leve idea de estas revoluciones funestas. Jenocles lo conoció, lamentose de ello y, dirigiéndose a su hijo: «Toma tu lira», le dice, «y canta estas tres elegías con que mi padre, cuando llegamos a Libia, para aliviar sus penas, quiso eternizar la memoria de los males que nuestra patria había sufrido». Obedeció el joven y cantó las tres elegías que comprenden la historia de las tres guerras que los mesenios tuvieron que sostener contra los lacedemonios, de las cuales la última terminó con la sumisión completa de la Mesenia, y la expulsión de los habitantes, que se salvaron en Italia, en Sicilia y hasta en Libia.
Durante la segunda guerra, los lacedemonios, de conformidad con la respuesta del oráculo de Delfos, pidieron a los atenienses un jefe que los dirigiese, pero Atenas, que temía contribuir al engrandecimiento de Esparta su rival, les propuso a Tirteo, poeta oscuro, que suplía sus defectos personales y su escasa fortuna con un talento sublime que los atenienses miraban como una especie de frenesí. Llamado Tirteo al socorro de una nación guerrera, que le comprendió en breve en el número de sus ciudadanos, sintió elevarse sus talentos y se entregó enteramente a su alto destino. Sus cantos inflamados inspiraban el desprecio de los peligros y de la muerte; se hace oír, y los lacedemonios, desanimados por un combate anterior, vuelan al campo de batalla, y en una acción derrotan al ejército de los mesenios.
Cuando el joven dejó la lira, su padre Jenocles preguntó cómo se había realizado la revolución que le conducía a Mesenia desde las orillas de la Libia, y Celeno respondió: «Los tebanos, capitaneados por Epaminondas, habían vencido a los lacedemonios en Leuctra, en Beocia. A fin de debilitar para siempre su poder, concibió este grande hombre el proyecto de poner al lado de ellos un enemigo que tuviese que vengar grandes injurias, y envió por todas partes a invitar a los mesenios que volviesen a ver la patria de sus padres. Volamos a su voz, y lo encontré al frente de un ejército formidable, rodeado de arquitectos que trazaban el plan de una ciudad al pie de esta montaña. Poderosamente auxiliado por las naciones vecinas, en todo tiempo émulas de Lacedemonia, su empresa quedó ejecutada en breve. Habiéndose reunido las tropas, el día de la consagración de la ciudad, los arcadios presentaron las víctimas, y los de Tebas, de Argos y de Mesenia ofrecieron separadamente sus homenajes a sus divinidades tutelares. Todos juntos llamaron a los héroes del país y les suplicaron que fuesen a tomar posesión de sus nuevas moradas. Entre aquellos nombres preciosos para la nación excitó aplausos universales el de Aristómenes, príncipe valeroso que en la última guerra murió en el campo de batalla. Invirtiéronse en sacrificios y oraciones las primeras horas de aquel día, y en las siguientes, al son de la flauta pusieron los cimientos de las murallas, los templos y las casas. Quedó acabada la ciudad en poco tiempo, y la dieron el nombre de Mesene». Luego que Celeno acabó de hablar, le hice varias preguntas relativas al estado de las ciencias y de las artes. «Nunca hemos tenido tiempo», me respondió, «de dedicarnos a ellas». «¿Y en cuanto a la forma del actual gobierno?» «Aún no ha adquirido todavía una forma estable». «¿Y qué me decís del que subsistía durante las guerras con Lacedemonia?» «Que era una mezcla de realeza y de oligarquía, pero los asuntos se trataban en la asamblea general de la nación. El origen de la última casa reinante se atribuye a Cresfontes, que vino al Peloponeso con los otros Heráclidas, ochenta años después de la guerra de Troya. La Mesenia le tocó en suerte, casó con Mérope, hija del rey de Arcadia, y fue asesinado con casi todos sus hijos por los principales de su corte, a causa de haber amado al pueblo con exceso. La historia ha mirado como un deber el consagrar su memoria y condenar a la execración la de sus asesinos».
Salimos de Mesenia, y después de haber atravesado el Pamiso, recorrimos la costa oriental de la provincia. Aquí, lo mismo que en el resto de la Grecia, el viajero se ve precisado a experimentar a cada paso las genealogías de los dioses, confundidas con las de los hombres. No hay ciudad, río, fuente, bosque ni monte que no tenga el nombre de una ninfa, de un héroe o de un personaje, hoy día más célebre que lo fue en su tiempo. Entre las numerosas familias que poseían en otro tiempo pequeños estados en Mesenia, la de Esculapio ocupa en la opinión pública un lugar distinguido. En la ciudad de Abia nos enseñaron su templo, en Gerenia el sepulcro de Macaón, su hijo, y en Feres el templo de Nicómaco y de Górgaso, sus nietos, honrados a cada instante con sacrificios, ofrendas y concurso de enfermos varios.
CAPÍTULO XXXIX.
Viaje a Laconia.
Embarcámonos en Feres en una nave que se hacía a la vela para el puerto de Escandea, en la islilla de Citera, situada a la extremidad de la Laconia. Desde el puerto se sube a la ciudad, donde los lacedemonios mantienen una guarnición.