El nombre de Citera despertaba en nuestros espíritus ideas las más halagüeñas. Allí subsiste con brillo, desde tiempo inmemorial, el templo más antiguo y respetado de cuantos hay consagrados a Afrodita; allí es donde la diosa se mostró por la vez primera a los mortales, y con ella tomaron los amores posesión de esta tierra, hermoseada aún en el día con las flores que se apresuraban a brotar en su presencia. Desde entonces se conocen en aquel sitio los atractivos de las dulces conversaciones y de las tiernas sonrisas. ¡Ah!, sin duda los corazones afortunados solo aspiran a unirse en esta región, y sus habitantes pasan los días en la abundancia y los placeres.

Pasábamos así el tiempo en conversación con algunos pasajeros de nuestra edad, cuando el capitán del barco nos dijo que el suelo de la isla de Citera es árido y erizado de riscos; que sus habitantes sacan el fruto de él a fuerza del sudor de su frente, y que solo apreciaban el dinero; la estatua de Afrodita Urania situada en un viejo templo erigido por los fenicios, estaba llena de armas desde la cabeza hasta los pies. «Me han dicho, como a vosotros», añadió, «que al salir de la mar la diosa desembarcó en esta isla, pero también me han asegurado que subió inmediatamente a Chipre».

De aquestas últimas palabras deducimos inmediatamente que algunos fenicios habían pasado el mar y arribado al puerto de Escandea, adonde trajeron el culto de Afrodita que se extendió a los países vecinos, y de aquí nacieron aquellas fábulas absurdas, cuales son el nacimiento de Afrodita, su salida del seno de las olas y su llegada a Citera. En lugar de ir con nuestro capitán a esta isla, le suplicamos que nos dejase en Ténaro, ciudad de Laconia, cuyo puerto es capaz de contener muchas naves: está situada cerca de un cabo del mismo nombre dominado de un templo, como lo están los principales promontorios de la Grecia. El de Ténaro, dedicado a Poseidón, está circuido de un bosque sagrado, asilo de criminales. La estatua del dios está a la entrada, y en lo interior se ve una caverna inmensa y muy famosa entre los griegos, quienes la miran como una boca de los infiernos, suponiendo que por allí sacó Heracles al Cerbero y Orfeo a su esposa. Esta caverna tiene anexo un privilegio del cual gozan otras muchas ciudades. Los adivinos vienen a ella a invocar las sombras pacíficas de los muertos, o arrojar al fondo de los abismos los que turban el reposo de los vivos. Hay unas ceremonias santas que causan estos efectos maravillosos; las primeras consisten en sacrificios, libaciones, plegarias y fórmulas misteriosas; es preciso pasar después la noche en el templo, y entonces la sombra, según dicen, jamás deja de aparecerse en sueño.

«Ignoro», dijo Filotas al sacerdote del templo que nos hacía esta relación circunstanciada, «hasta qué punto se debe ilustrar al pueblo; pero a lo menos es preciso ponerle a cubierto del exceso del error. Los de Tesalia dieron en el último siglo una triste prueba de esta verdad. Estaba su ejército en presencia del de los focidios, que durante una noche muy clara destacaron contra el campo enemigo seiscientos hombres untados de yeso; por más grosera que fuese esta astucia, los tesalios, acostumbrados desde niños a los cuentos de apariciones de fantasmas, tuvieron a estos soldados por genios celestes que venían al socorro de los focidios, hicieron una débil resistencia, y se dejaron degollar como víctimas».

«Semejante ilusión», respondió el sacerdote, «produjo en otro tiempo el mismo efecto en nuestro ejército. Hallábase en Mesenia, y creyó ver a Cástor y Pólux dando esplendor con su presencia a la fiesta que se celebraba en honor suyo. Dos mesenios, que llamaban la atención por su juventud y su belleza, se dejaron ver al frente del campo, montados en soberbios caballos, con lanza en ristre, una túnica blanca, manto de púrpura, y un gorro puntiagudo y dominado de una estrella; tales en fin como representan a entrambos héroes, objetos de nuestro culto. Entran y embisten a los soldados prosternados a sus pies, hacen una carnicería horrible y se retiran tranquilamente. Los dioses, irritados de esta perfidia, manifestaron en breve su venganza contra los mesenios».

Salimos de Ténaro después de haber visto en las cercanías una cantera de donde sacan una piedra negra tan preciosa como el mármol, y fuimos a Gition, ciudad muy fuerte, con un excelente puerto, donde están las escuadras de Lacedemonia y se reúne cuanto es necesario para abastecerlas.

La historia de los lacedemonios ha dado tanto lustre al reducido país que habitan que nos detuvimos a ver hasta los lugarcillos y las menores ciudades, tanto en las cercanías del golfo de Laconia como en lo interior del territorio. Por todas partes nos enseñaban templos, estatuas, columnas y otros monumentos, los más de ellos de un trabajo tosco y algunos de una antigüedad respetable. En el gimnasio de Asopo llamaron nuestra atención unas osamentas humanas de prodigiosa magnitud.

Llegamos a las márgenes del Eurotas, subimos por su orilla atravesando un valle que se riega con sus aguas, y en seguida pasamos por medio de una llanura que se extiende hasta Lacedemonia; el río corría a nuestra derecha, y a la izquierda teníamos el monte Taigeto, al pie del cual ha cavado la naturaleza muchas cavernas grandes en el peñasco. En Briseas vimos un templo de Dioniso, cuya entrada está prohibida a los hombres, y en el cual únicamente las mujeres tienen derecho de hacer sacrificios. Anteriormente habíamos visto ya una ciudad de Laconia, donde las mujeres no asisten a los sacrificios que allí ofrecen al dios Ares. Desde Briseas nos enseñaron en la cumbre del monte cercano un lugar llamado Talet, donde inmolan caballos al Sol. Más allá, los habitantes de un lugarcillo se jactan de haber inventado las piedras de molino harinero. A breve rato descubrimos la ciudad de Amiclas, situada a la orilla derecha del Eurotas y alejada de Lacedemonia unos veinte estadios. Estábamos impacientes por llegar al templo de Apolo, uno de los más famosos de la Grecia. La estatua del dios, que tiene de altura cerca de 30 codos (49 pies y medio), es de tosco trabajo y da indicios del gusto egipcio. Este monumento es antiquísimo; últimamente fue colocado por un artista llamado Baticles en una base en forma de altar, en medio de un trono sostenido por las Horas y las Gracias. Está servido el templo por sacerdotisas; la principal de ellas toma el nombre de Madre, y cuando muere inscriben en mármol su nombre y los años de su sacerdocio. Enseñáronnos las tablas que contienen cronológicamente la serie de estas épocas preciosas, y leímos el nombre de Laodamía, hija de Amiclas, que reinaba en este país hace más de mil años.

No lejos del templo de Apolo se ve otro, cuya magnitud solo tiene cerca de diecisiete pies de largo sobre diez y medio de ancho. Cinco piedras toscas y negruzcas, de cinco pies de grueso, forman las cuatro paredes y la cubierta, encima de la cual hay otras dos piedras que entran más adentro. El edificio tiene tres escalones de una piedra sola cada uno, y en la puerta se ven grabadas en caracteres antiquísimos estas palabras: Eurotas, rey de los ictéucrates, a Onga. Vivía este príncipe tres siglos antes de la guerra de Troya; el nombre de ictéucrates designa el de los antiguos habitantes de Laconia, y el de Onga una divinidad de Fenicia o de Egipto, la misma, según se cree, que la Atenea de los griegos. Este edificio es muchos siglos anterior a los más antiguos de la Grecia. Admirando lo sencillo y sólido de ella, imaginábamos absortos los numerosos siglos transcurridos desde su fundación con igual asombro que al llegar al pie de un monte hemos medido muchas veces con la vista su imponente altura. Lo extenso de la duración produce el mismo efecto que la del espacio, con la diferencia de que somos más adictos a la duración que a la grandeza.

Hermosean las cercanías de Amiclas risueñas praderas y pomposos y elevados árboles. Esta ciudad, cuyo territorio produce excelentes frutas, es una mansión agradable, muy poblada, y siempre llena de extranjeros que concurren a ella, ya por sus lucidas fiestas o bien por motivos religiosos. Salimos de Amiclas para Lacedemonia, nos hospedamos en casa de Damonax, a quien Jenofonte nos había recomendado, y allí encontró Filotas algunas cartas que le precisaron a partir para Atenas el día siguiente. No hablaré de Lacedemonia hasta que haya dado una idea general de la provincia.