Al este y al sur tiene por límites el mar, al oeste y al norte unos altos montes, o unas colinas que bajan de ellas y forman en medio amenos valles. Son tan altas las cumbres de estos montes, llamados Taigeto, que desde algunos de ellos puede extenderse la vista por todo el Peloponeso. Sus costados, casi del todo cubiertos de bosques, son asilo de muchas cabras, osos, jabalíes y ciervos. La naturaleza, esmerándose en multiplicar estas especies, parece que las ha conservado para que las destruyan unas razas de perros muy estimados en todos los pueblos, preferidos en particular para la caza del jabalí. Son ágiles, vivos, impetuosos y de un olfato finísimo. Por la parte de tierra es muy difícil la entrada en la Laconia, pues no se entra en ella sino por colinas escarpadas y desfiladeros fáciles de guardar. En Lacedemonia se dilata la llanura, y caminando hacia el mediodía se encuentran territorios fértiles, aunque en ciertos parajes requiere la agricultura mucho trabajo, atendido lo escabroso del suelo. En la llanura se ven esparcidas colinas muy elevadas, hechas a fuerza de brazos y antes del descubrimiento de las artes, para servir de sepulcro a los principales caudillos de la nación.
En cuanto a las producciones de la Laconia, observaremos que se encuentran en ella muchas plantas medicinales, que se coge allí un trigo muy ligero y poco nutritivo, que es necesario regar muy a menudo las higueras, que los higos maduran más pronto que en cualquiera otra parte, y, en fin, que en todas las costas de la Laconia, así como en las de Citera, se hace abundante pesca de aquel marisco del que se saca una tintura de púrpura muy estimada.
La Laconia está muy expuesta a los temblores de tierra. Dicen que en otro tiempo comprendía cien ciudades, pero que esto se entiende en aquellos días en que se daba tal título a cualquier lugarcillo. Lo único que yo puedo decir es que en la actualidad se halla muy poblada. Atraviesa el Eurotas todo su territorio, y recibe los arroyos, o más bien los torrentes, que bajan de las montañas vecinas, de modo que no se puede vadear en una gran parte del año. Corre siempre por un estrecho cauce, y en su nacimiento mismo su mérito consiste en tener más profundidad que superficie. En algunas épocas del año está cubierto de cisnes blanquísimos, y casi por todas partes de cañas muy estimadas, porque son altas, rectas y de varios colores. Además de los varios usos que se hacen de esta planta, los lacedemonios con ella fabrican esteras y se coronan en algunas de sus fiestas. A la derecha del Eurotas, a cierta distancia de la orilla, está la ciudad de Lacedemonia, llamada por otro nombre Esparta. No tiene murallas ni más defensa que el valor de sus habitantes, y algunas alturas que guarnecen con tropas en caso de ataque. La más alta sirve de ciudadela, y termina en un espacioso rellano donde se ven muchos edificios sagrados. Alrededor de esta colina hay cinco poblaciones, separadas una de otra por intervalos mayores o menores, y ocupada cada una por una de las cinco tribus de los espartanos. La plaza mayor, a la cual van a parar muchas calles, está adornada de templos y de estatuas, y en ellas se distinguen además las casas donde se reúnen por separado el senado, los éforos y otros cuerpos de magistrados; sobresale también un pórtico que erigieron los lacedemonios en memoria de la batalla de Platea a expensas de los vencidos, cuyos despojos se repartieron. El techo no está sostenido por columnas y sí por grandes estatuas colosales que representan a los persas vestidos con largos ropajes. El resto de la ciudad ofrece también muchos monumentos en honor de los dioses y de los héroes antiguos.
Sobre la colina más alta se ve un templo de Atenea, en el cual se goza del derecho de asilo, así como en el bosque que le rodea, y una casita que de él depende, en la cual dejaron morir de hambre al rey Pausanias. Esto fue un crimen a los ojos de la diosa, y para apaciguarla mandó el oráculo a los lacedemonios que erigiesen dos estatuas, las cuales se ven todavía cerca del altar. El templo es de bronce como lo era en otro tiempo el de Delfos. A la derecha de este edificio se ve una estatua de Zeus, la más antigua quizás de cuantas hay de bronce, porque es del mismo tiempo en que fueron restablecidos los juegos olímpicos, y está compuesta de varias piezas unidas unas con otras y aseguradas con clavos. Los panteones de las dos familias que reinan en Lacedemonia están en dos barrios diferentes. Por todas partes se ven monumentos heroicos, es decir, edificios y bosques dedicados a los antiguos héroes. En ellos se renuevan con ceremonias santas la memoria de Heracles, de Tindáreo, de Cástor, de Pólux, y de otros muchos personajes más o menos conocidos en la historia, o más o menos dignos de serlo. Las casas son pequeñas y sin adornos. Se han edificado salas y pórticos donde van los lacedemonios a tratar de sus negocios o estar de tertulia. A la parte meridional de la ciudad, está el hipódromo para las carreras de a pie y a caballo; desde allí se entra en el Platanisto, lugar de ejercicio para la juventud, sombreado por hermosos plátanos, y situado a las márgenes del Eurotas y de un riachuelo que le cierran por medio de un canal de comunicación; se entra en él por dos puentes; a la entrada del uno está la estatua de Heracles o de la fuerza que lo doma todo, y a la del otro la imagen de Licurgo o de la ley que todo lo regula.
CAPÍTULO XL.
De los habitantes de la Laconia.
Habiéndose apoderado de la Laconia los descendientes de Heracles, sostenidos por un cuerpo de dorios, vivieron sin distinción con los antiguos habitantes del país. Poco tiempo después les impusieron un tributo, y les despojaron de una parte de sus derechos. Las ciudades que convinieron en este arreglo conservaron su libertad; la de Helos resistió y, precisada a ceder en breve, vio a sus habitantes reducidos casi a la condición de esclavos. Desuniéronse después los de Esparta, y los más poderosos confinaron a los débiles en el campo o en las ciudades inmediatas. Aún se distinguen hoy día los lacedemonios de la capital de los demás de la provincia, y unos y otros de la multitud prodigiosa de esclavos dispersos en el país.
Los primeros que comúnmente llamamos espartanos forman aquel cuerpo de guerreros de que depende el destino de la Laconia, y se dice que antiguamente ascendía su número a diez mil, aunque eran ocho mil en tiempo de la expedición de Jerjes. Las últimas guerras los han reducido de tal manera que al presente se encuentran muy pocas familias antiguas en Esparta. La mayor parte de las nuevas son oriundas de los ilotas, que han merecido primero la libertad y luego el título de ciudadanos en mérito de acciones distinguidas.
Los habitantes de las provincias no reciben la misma educación que los de la capital. Sus costumbres son más agrestes al paso que su valor menos célebre. De aquí es que la ciudad ha tomado sobre las demás el mismo ascendiente que la de Elis sobre las de Élide, y la de Tebas sobre las de Beocia.
Los ilotas han tomado este nombre de la ciudad de Helos, pero no se les debe confundir con los verdaderos esclavos, pues conservan más bien una medianía entre estos últimos y los hombres libres. Su suerte la suavizan algunas ventajas reales. Semejante a los siervos de Tesalia, toman el arriendo de las tierras de los espartanos, y al cabo de mucho tiempo pagan siempre el mismo rédito, que no es de ningún modo proporcionado al producto. Algunos profesan las artes mecánicas con tanta habilidad que se buscan en todas partes las llaves, camas, mesas y sillas que se hacen en Lacedemonia; sirven en la marina en calidad de marineros, y en el ejército un soldado armado pesadamente lleva consigo uno o varios ilotas. En la batalla de Platea cada espartano llevaba siete consigo. En los peligros graves se despierta su celo con la esperanza de la libertad, la cual han conseguido a veces algunos destacamentos numerosos en premio de sus acciones distinguidas. Reciben únicamente del estado este beneficio y ascienden a la clase de ciudadanos mediante otros servicios nuevos. Los espartanos y los ilotas, poseídos de una desconfianza mutua, se observan con temor, y para hacerse obedecer los primeros emplean un rigor que creen ser necesario, atendidas las circunstancias, porque los ilotas son malos de gobernar. Su número, su valor y sobre todo su riqueza los hacen presuntuosos y audaces; de aquí viene que algunos autores ilustrados condenan esta servidumbre y otros la aprueban.