Ambos ejércitos midieron de nuevo sus fuerzas, y siendo el éxito dudoso en varios combates, se entrevió que el sitio duraría largo tiempo.
Entre la ciudad de Troya y la costa que ocupaban las tiendas y las naves de los griegos, se extendía una vasta llanura, teatro del valor y la ferocidad de sitiados y sitiadores. Troyanos y griegos, armados de picas, mazas y espadas, de flechas y venablos, cubiertos de cascos, de corazas y de broqueles, con las filas cerradas y los generales al frente, se abalanzaban unos contra otros, alzando los primeros grandes gritos, y guardando los segundos un silencio imponente. Embestíanse las tropas y se rompían las falanges con grande confusión y estrépito; la noche separaba a los combatientes, y la victoria costaba mucha sangre, sin que produjese fruto alguno. Al día siguiente la llama de las hogueras devoraba a los que la muerte había segado; honraban su memoria con lágrimas y juegos fúnebres, y apenas expiraba la tregua volvían de nuevo a la pelea con más furor que antes.
Jamás fueron tan comunes las asociaciones de armas y sentimientos como durante la guerra de Troya. Aquiles y Patroclo, Áyax y Teucro, Diomedes y Esténelo, Idomeneo y Meríones; otros muchos héroes, en fin, dignos de seguir las huellas de aquellos, combatían frecuentemente el uno al lado del otro y arrojándose al combate participaban así de los peligros y de la gloria.
Todo el mundo tenía fija su atención en los campos de Troya, y todos los príncipes, uno en pos de otro, se apresuraban a ir a señalarse en aquella carrera abierta a la fama de las naciones (año 1282 antes de J. C.). En fin, después de diez años de resistencia, después de haber perdido la flor de sus guerreros, cayó la ciudad vencida por los esfuerzos y artificios de los griegos. Sus muros, sus casas y sus templos, reducidos a polvo y cenizas; Príamo expirante al pie de los altares y rodeado de sus hijos degollados; Hécuba, su esposa, Casandra, su hija, Andrómaca, viuda de Héctor, que murió a manos de Aquiles, y otras muchas princesas, cargadas de cadenas y llevadas como esclavas de los vencedores... He aquí el desenlace trágico de aquella guerra fatal y memorable.
El regreso de los griegos a sus reinos fue marcado por siniestros reveses y contratiempos. Áyax, rey de la Lócrida, pereció con su escuadra; Odiseo anduvo errante diez años por los mares antes de volver a entrar en su isla de Ítaca, e Idomeneo, Filoctetes, Diomedes y Teucro, vendidos por sus padres, parientes y amigos se retiraron a países desconocidos; Agamenón, en fin, murió asesinado por Clitemnestra, su infiel esposa, quien algún tiempo después pereció a manos de su hijo Orestes. En el decurso de algunas generaciones se vio extinguida la mayor parte de las casas soberanas que habían destruido la de Príamo, y ochenta años después de la ruina de Troya, una parte del Peloponeso cayó en poder de los Heráclidas, o descendientes de Heracles.
VUELTA DE LOS HERÁCLIDAS.
(Año 1220 antes de J. C.) Los descendientes de Heracles habían sido desterrados del Peloponeso por los de Pélope, e hicieron repetidas tentativas, aunque inútiles, para volver a entrar en aquel país. Eran aquellos tres hermanos, llamados Témeno, Cresfontes y Aristodemo, quienes, habiéndose asociado con los dorios, entraron con ellos en la patria de sus antecesores, de la cual arrojaron a los descendientes de Agamenón y de Néstor. Argos tocó en suerte a Témeno, la Mesenia a Cresfontes, y Eurístenes y Procles, hijos de Aristodemo, reinaron en Lacedemonia.
Poco tiempo después atacaron los vencedores a Codro, rey de Atenas, que había dado asilo a sus enemigos. Este príncipe, habiendo sabido que el oráculo prometía la victoria al ejército que perdiese su general en la batalla, se expuso voluntariamente a la muerte, y este sacrificio inspiró tal ardor a sus tropas que derrotaron a los Heráclidas (año 1092 antes de J. C.).
Aquí terminan los siglos llamados heroicos, cuya historia solo ofrece una mezcla confusa de verdades y mentiras, de tradiciones respetables y de imágenes risueñas inventadas por los poetas, que eran entonces los únicos historiadores de la Grecia y aun sus únicos teólogos. Las metáforas con que adornaron sus poemas fueron admirables, particularmente por su novedad, y la lengua, llegando a ser poética, produjo a un tiempo mismo el sistema más absurdo y maravilloso.
ESTABLECIMIENTO DE LOS JONIOS EN EL ASIA MENOR.