»Miramos como una debilidad el amor excesivo a la gloria, y como un crimen el de la celebridad. No tenemos ningún historiador, ningún orador, ningún panegirista, ninguno de aquellos monumentos que únicamente sirven para atestiguar la vanidad de una nación. Los pueblos que hemos vencido dirán a la posteridad nuestras victorias, y enseñaremos a nuestros hijos a ser tan valientes y virtuosos como sus padres. El ejemplo de Leónidas, siempre presente a su memoria, les atormentará día y noche. Preguntadles, y la mayor parte os referirán de memoria los nombres de los trescientos espartanos que perecieron con él en las Termópilas. Desde que sale el sol hasta que se pone, desde nuestros primeros años hasta los últimos, siempre estamos sobre las armas, y aun observando una disciplina más exacta que si estuviésemos en su presencia. Volved la vista a todas partes y os parecerá estar más bien en un campamento que en una ciudad, pues solo veréis muchas evoluciones, ataques y batallas. A este espíritu militar se atienen muchas de nuestras leyes. Siendo jóvenes todavía, vamos a cazar todas las mañanas, y en lo sucesivo siempre que nos lo permiten nuestras tareas, pues Licurgo nos recomendó este ejercicio como una imagen del peligro y la victoria.
»Mientras los jóvenes se entregan a él con ardor, les está permitido recorrer los campos y quitar cuanto les acomode. El mismo permiso tienen en la ciudad, y son dignos de elogios si no se les convence de hurto, pero si lo fuesen, son reprendidos y castigados. Esta ley ha suscitado censores contra Licurgo. Parece en efecto que debía inspirar a los jóvenes el gusto al desorden, al latrocinio, pero únicamente produce en ellos actividad y destreza; en los demás ciudadanos más vigilancia, y en unos y otros más hábito de prever los designios del enemigo, ponerle acechanzas y preservarse de las suyas.
»No olvidéis», me dijo Damonax al concluir, «que nuestra conversación solo ha versado sobre el espíritu de las leyes de Licurgo y las costumbres de los antiguos espartanos».
CAPÍTULO XLII.
Vida de Licurgo.
Ya dije que los descendientes de Heracles, desterrados en otro tiempo del Peloponeso, volvieron a entrar en él ochenta años después de la toma de Troya. Témeno, Cresfontes y Aristodemo, todos tres hijos de Aristómaco, vinieron con un ejército de dorios e hiciéronse dueños de esta parte de la Grecia. La Argólida tocó en suerte a Témeno, y la Mesenia a Cresfontes; murió Aristodemo en estas circunstancias, y Eurístenes y Procles, sus hijos, poseyeron la Laconia. De estos dos príncipes traen su origen las dos casas que hace cerca de nueve siglos que reinan juntamente en Lacedemonia.
Este imperio naciente se vio vacilante muchas veces por las facciones intestinas o a causa de grandes empresas, y estaba amenazado de una próxima ruina cuando uno de los reyes, llamado Polidectes, murió sin hijos. Sucediole su hermano Licurgo, ignorándose entonces el embarazo de la reina. Luego que tuvo noticia de él, declaró que si aquella princesa daba un heredero al trono, sería el primero en reconocerle, y en consecuencia no administró el reino sino en clase de tutor del joven príncipe.
A pesar de esto le dio a entender la reina que si consentía en casarse con ella, no tendría reparo en dar muerte a su hijo. Para apartarla de la ejecución de tan bárbaro proyecto, la lisonjeó con esperanzas, y luego que parió, tomó Licurgo el hijo en los brazos, y presentándole a los magistrados de Esparta: «Aquí tenéis», les dijo, «el rey que os ha nacido».
La mayor parte de los ciudadanos le atestiguaron tanto amor como respeto, pero sus virtudes tenían descontentos a los principales del estado, favorecidos por la reina que, ansiosa de vengar su afrenta, sublevaba contra él a sus parientes y amigos. Para desvanecer los rumores que circulaban contra él, se vio en la precisión de alejarse de su patria. Fijaron por mucho tiempo su atención en Creta las leyes del sabio Minos, y para juzgar mejor de los efectos que produce la diferencia de gobiernos y costumbres, visitó las costas de Asia. Allí vinieron a parar en sus manos las poesías de Homero, y admirado de las bellas máximas de moral y de política que hermoseaban las ficciones de este gran poeta, resolvió enriquecer con ellas la Grecia.
Después de haber recorrido las regiones lejanas, estudiando por todas partes el genio y la obra de los legisladores, cedió a los deseos de los lacedemonios que le llamaban, y regresó a su patria. No tardó en conocer que lejos de tratarse de reparar el edificio de las leyes, solo se pensaba en destruirlas, elevando otro con nuevas proporciones. Previó todos los obstáculos y no se espantó de ellos. Antes de comenzar sus operaciones, las sometió al examen de sus amigos y de los ciudadanos más distinguidos, entre los cuales escogió treinta que debían acompañarle armados a las asambleas generales. Esta comitiva no siempre bastaba para contener el tumulto, y así es que en un alboroto excitado con motivo de una ley nueva, tomó la resolución de refugiarse en un templo inmediato; pero habiéndole alcanzado en tal momento un golpe violento que le privó de un ojo, se contentó con mostrar a sus perseguidores el rostro bañado en sangre. Al ver tal espectáculo, la mayor parte, sobrecogidos de vergüenza, le acompañan hasta su casa detestando el crimen, y le entregan el delincuente, que era un joven impetuoso e inquieto. Licurgo sin reconvenirle ni proferir siquiera una queja, le detiene en su casa, hasta que se retiren sus amigos y criados, y le manda que le cure la herida. Obedece el joven guardando silencio, y siendo a cada instante testigo de la paciencia y las grandes prendas de Licurgo, convierte su odio en amor, y siguiendo tan bello modelo, reprime la violencia de su carácter.