Aprobose en fin la nueva constitución por todas las clases del estado, mas a pesar de ser excelente en todas sus partes, Licurgo no estaba satisfecho todavía de su duración. «Me queda que exponeros», dijo al pueblo reunido, «el artículo más importante de nuestra legislación, pero antes de todo quiero consultar al oráculo de Delfos. Prometed que hasta mi vuelta no tocaréis en nada las leyes establecidas». Los reyes, los senadores, todos los ciudadanos lo prometieron con juramento. Este compromiso debía ser irrevocable, porque el designio del legislador era no volver a ver su patria. Al punto se fue a Delfos y preguntó si las nuevas leyes bastaban para asegurar la dicha de los espartanos. Habiendo respondido la Pitia que Esparta sería la ciudad más floreciente mientras mirase como un deber el observarlas, Licurgo envió este oráculo a Lacedemonia, y se condenó él mismo a destierro. Murió lejos de la nación que hizo dichosa. Algún tiempo después de su muerte le consagró ella un templo, donde todos los años se le hace el honor de un sacrificio, y sus parientes y amigos formaron una sociedad que se ha perpetuado hasta nosotros, y se reúne de tiempo en tiempo para recordar la memoria de sus virtudes.
CAPÍTULO XLIII.
Gobierno de Lacedemonia.
Las muchas luces de Licurgo no permitían que abandonase la administración de los negocios públicos a los caprichos de la muchedumbre. Veintiocho ancianos de experiencia consumada fueron elegidos para decidir con los reyes la plenitud del poder, quedando establecido que los grandes intereses del estado se discutiesen en este senado augusto; que ambos reyes tendrían el derecho de presidirle, y que la decisión fuese a pluralidad de votos.
Hasta el tiempo de Polidoro y Teopompo, que reinaron cerca de ciento treinta años después de Licurgo, el senado había guardado el equilibrio, pero siendo perpetuas las plazas de los senadores era de temer que en lo sucesivo se uniesen estrechamente y no hallasen oposición a su voluntad; por esto hicieron pasar una parte de sus funciones a manos de los magistrados, llamados éforos o inspectores, destinados a defender al pueblo en caso de opresión, y el rey Teopompo estableció esta nueva autoridad intermedia con beneplácito de la nación. Ambos reyes deben ser de la estirpe de Heracles, y no pueden casarse con extranjera. Los éforos están encargados de vigilar la conducta de las reinas, a fin de que estas no den al estado hijos que no sean de aquella ilustre casa; de manera que si fuesen convencidas o hubiese vehementes sospechas de su infidelidad, sus hijos quedarían reducidos a la clase de particulares.
En cada una de las dos ramas reinantes, la corona debe pasar al primogénito y, en defecto de este, al hermano del rey. Si el primogénito muere antes que el padre, pertenece al segundo; pero si deja un hijo, este es preferido a su tío. En defecto de los herederos próximos en una familia, llaman al trono a los parientes lejanos y nunca a los de otra casa. Al heredero presuntivo no se le educa con los demás hijos del estado, mas no por esto es su educación menos atenta, pues se le da una justa idea de su dignidad y aun más todavía de sus deberes.
Licurgo ha trabado las manos a los reyes, pero les ha dado al mismo tiempo unos honores y prerrogativas de que gozan como jefes de la religión, de la administración y de los ejércitos. Arreglan todo lo respectivo al culto público, y presiden en las ceremonias religiosas, así como en el senado, donde proponen el objeto de la deliberación y vale por dos su voto. Cuando proponen de acuerdo un proyecto conocidamente útil para la república, a nadie le es permitido oponerse. La conservación de los caminos, las formalidades de la adopción y la elección del pariente que debe casarse con una heredera, todo esto está sometido a la decisión de los reyes.
No puede ausentarse durante la paz, ni ambos a un tiempo durante la guerra, a menos que se armen dos ejércitos, cuyo mando les corresponde por derecho. El estado paga la manutención y demás gastos del general y de su casa, y este jefe, exento de todo cuidado doméstico, solo se ocupa de los preparativos para la guerra. Los dos éforos que le siguen, no tienen otra obligación que la de mantener las costumbres, sin mezclarse en los asuntos que él tenga a bien comunicarles.
Durante la guerra, los reyes no son más que los primeros ciudadanos de una ciudad libre. Se presentan en público sin fasto y sin comitiva, pero se les cede el primer lugar, y todo el mundo se levanta en su presencia, excepto los éforos cuando están en su tribunal. Cuando no pueden asistir a los banquetes públicos, se les envía una medida de vino y harina, lo cual se les niega cuando se excusan sin motivo.
Al momento que expira uno de ellos, recorren las mujeres las calles y anuncian la desgracia pública dando golpes en unos vasos de bronce. Se cubre de paja el mercado y se prohíbe vender en él durante cuatro días; salen hombres a caballo para esparcir la noticia por la provincia y avisar a los hombres libres y a los esclavos que deben asistir a los funerales. Concurren gentes a millares, cabizbajos y exclamando entre largos lamentos que ninguno fue mejor de todos cuantos príncipes han tenido. Cuando muere el rey en una expedición militar, exponen su imagen en un lecho fúnebre, y durante diez días no se permite ni convocar la asamblea general ni abrir los tribunales de justicia. Luego que llega el cuerpo, que se cuida de conservar en miel o en cera, se le sepulta con las ceremonias acostumbradas en el barrio de la ciudad donde está el panteón de los reyes.