El senado, compuesto de los dos reyes y de veintiocho gerontes o ancianos, es el consejo supremo, donde se tratan en primera instancia la guerra, la paz, las alianzas y los negocios más importantes del estado. Obtener una plaza en este augusto tribunal es subir al trono del honor, de modo que únicamente se concede al que desde su infancia se ha distinguido con virtudes eminentes, y no se logra hasta la edad de sesenta años para poseerla hasta la muerte.

Depende del senado no solamente la vida de los ciudadanos, sino también su fortuna, es decir, su honor, porque el verdadero espartano no conoce otro bien. Se invierten muchos días en examinar y justificar los delitos que merecen pena capital, y jamás se condena al acusado por simples presunciones; pero aunque sea absuelto una vez, se le persigue con más rigor si en adelante se adquieren nuevas pruebas de delito.

Cuando acusan a un rey de haber violado las leyes o hecho traición a los intereses del estado, el tribunal que ha de juzgarle se compone de los veintiocho senadores, de los cinco éforos y del rey de la otra casa; pero puede apelar de su sentencia a la asamblea general del pueblo. Los éforos o inspectores, llamados así porque extienden su vigilancia a todos los ramos de la administración, son en número de cinco y se renuevan anualmente. Ocupan su empleo al principio del año, que empieza en la luna nueva que sigue al equinoccio de otoño. El primero de ellos da su nombre al año, y así para recordar la fecha de un acontecimiento basta decir que pasó u ocurrió en tiempo de tal éforo. El pueblo tiene el derecho de elegirlos, y de elevar a esta dignidad a los ciudadanos de todos los estados. Desde que los nombra, los mira como sus defensores, y bajo esta consideración no ha cesado de aumentar sus prerrogativas.

Los éforos se toman un cuidado particular de la educación de la juventud. Diariamente se enteran por sí mismos si los hijos se crían con demasiada delicadeza, les nombran jefes que exciten su emulación, y se presentan al frente de ellos en una fiesta militar que se celebra en honor de Atenea.

Los magistrados vigilan sobre la conducta de los ciudadanos, y es objeto de su celo y su censura todo aquello que puede atender al orden público y a los usos establecidos: así es que más de una vez han reprimido el abuso que hacían de sus talentos los extranjeros admitidos a sus juegos. Un orador ofreció hablar un día sobre toda suerte de materias, y ellos le arrojaron de la ciudad. Arquíloco sufrió en otra ocasión igual suerte, por haberse atrevido a sentar en sus escritos una máxima de cobardía, y casi en nuestros días el músico Timoteo, habiendo dejado absortos a los espartanos con la dulzura de sus cantares, se acercó a él un éforo con un cuchillo en la mano y le dijo: «Os hemos condenado a cortar cuatro cuerdas de vuestra lira: ¿de qué lado queréis que las corte?».

Los espartanos tienen diversos intereses, algunos que les son comunes con los habitantes de las diferentes ciudades de la Laconia, y de aquí vienen aquellas dos especies de asambleas, a las cuales asisten siempre los reyes, el senado y las diversas clases de magistrados. Cuando hay que arreglar la sucesión al trono, elegir o deponer a los magistrados, pronunciar sobre los delitos públicos, estatuir sobre los grandes asuntos de religión o de la legislación, la asamblea solamente se compone de espartanos y se nombra asamblea menor. Cada asistente tiene derecho de votar, si es de edad de treinta años lo menos, pues antes no le es permitido hablar en público.

Convócase la asamblea general cuando se trata de guerra, de paz y de alianzas. Primeramente se compone de los diputados de las ciudades de la Laconia, a los cuales se juntan los de los pueblos aliados y de las naciones que vienen a implorar la asistencia de Lacedemonia. Los reyes y los senadores llevan en ella la palabra comúnmente, y su autoridad es de mucho peso, pero aun más todavía la de los éforos.

CAPÍTULO XLIV.

De las leyes de Lacedemonia.

Cuando llega un viajero a Lacedemonia, se cree transportado a una región nueva. La singularidad de los reglamentos de Licurgo le invita a meditarlos, y en breve queda absorto de aquella profundidad de miras y de aquella elevación de sentimientos que brillan en la obra de aquel legislador. Indicaré sucesivamente la mayor parte de estos reglamentos, hablando lo primero de la distribución de las tierras. La proposición que Licurgo hizo sobre esto irritó los ánimos, pero al cabo de las más acaloradas contestaciones fue dividido el distrito de Esparta en nueve mil porciones de tierra, y en treinta mil el resto de la Laconia. Cada porción adjudicada a una cabeza de familia, debía producir además de una cierta cantidad de vino y aceite, setenta medidas de cebada para él y doce para su esposa.