Hecha esta operación, creyó Licurgo que debía ausentarse para dar tiempo a que los ánimos reposasen. A su vuelta halló los campos de la Laconia cubiertos de montones de mieses todos del mismo bulto, y situados a distancias casi iguales; le pareció ver una gran finca, cuyas producciones acababan de ser repartidas entre hermanos, y ellos creyeron ver un padre que en la distribución de sus dones no muestra más amor a unos hijos que a otros.

¿Pero cómo podría subsistir esta igualdad de bienes? Reservado estaba a Licurgo el intentar las cosas más extraordinarias y conciliar las más opuestas. En efecto, por una de sus leyes arregla el número de las heredades por el de los ciudadanos, y por otra concediendo exenciones a los que tienen tres hijos, y más aún a los que tienen cuatro, se expuso a destruir la proporción que quiso establecer, y restablecer la distinción entre ricos y pobres, que es lo que se propuso destruir.

Los bienes raíces, tan libres como los hombres, no debían ser gravados con impuestos. El estado no tenía tesoro, en ciertas ocasiones los ciudadanos contribuían según sus facultades, y en otras recurrían a medios tales que probaban su excesiva pobreza. Los diputados de Samos vinieron una vez a pedir en préstamo una suma de dinero; no teniendo la asamblea otro recurso, propuso un ayuno general, así para los hombres libres como para los esclavos y los animales domésticos, y el ahorro que esto produjo se entregó a los diputados.

Todo cedía al genio de Licurgo: empezó a desaparecer la afición a la propiedad; las pasiones violentas no turbaban ya el orden público, pero esta calma hubiese sido una desgracia más si el legislador no hubiese asegurado la duración de ella. Atento Licurgo al poder irresistible de las impresiones que el hombre recibe en su infancia, y que influyen en el resto de su vida, hacía mucho tiempo que estaba decidido por un sistema justificado en Creta por la experiencia. Educar a todos los hijos mancomunadamente, con una misma disciplina, bajo unos principios invariables, a la vista de los magistrados y de todo el público, a fin de que aprendan sus deberes practicándolos, y que los amen después de practicarlos; tal es el principal medio que creyó deber poner en uso para consolidar su legislación sobre la propiedad, así como los demás reglamentos suyos.

CAPÍTULO XLV.

Educación y matrimonio de los espartanos.

Las leyes de Lacedemonia cuidan con sumo esmero de la educación de los niños; mandan que sea pública y común a los pobres y a los ricos.

Apenas nace un niño le presentan a la junta de los más ancianos de la tribu, a que pertenece su familia; llaman a la nodriza, y en lugar de lavarle con agua, le dan lavatorio de vino.

Hecha esta prueba, dañosa a los temperamentos débiles, y practicado además un reconocimiento riguroso, se pronuncia la sentencia del niño. Si no conviene ni para él ni para la república que viva más tiempo, le echan en una profunda sima; pero si parece sano y bien constituido, se le escoge en nombre de la patria para ser algún día uno de sus defensores. Vuelto a casa le ponen sobre un escudo, y al lado de esta especie de cuna le dejan una lanza, a fin de que sus primeras miradas se acostumbren a ver esta arma. Jamás aprietan sus miembros delicados con fajas u otras ligaduras que pudieran embarazar sus movimientos; ni contienen su llanto si se juzga que conviene que le vierta. Le acostumbran insensiblemente a la soledad, a las tinieblas y a la mayor indiferencia acerca de la variedad de alimentos. No se les hace ninguna impresión de terror, ninguna sujeción inútil ni ninguna reprensión; entregado del todo a sus juegos inocentes, goza completamente de las dulzuras de la vida y su dicha apresura el desenvolvimiento de sus fuerzas y de sus cualidades.

La edad de siete años es la época en que acaba comúnmente la educación doméstica. Entonces se pregunta al padre si quiere que su hijo sea educado según las leyes: si se niega a ello el padre, queda este privado del derecho de ciudadano; pero si consiente; el hijo tendrá en lo sucesivo por ayos no solamente a sus padres, sino también las leyes, los magistrados y todos los ciudadanos. Se encarga de los niños uno de los hombres más respetables de la república, que los distribuye en diferentes clases, presidida cada una de ellas por un jefe joven, distinguido por su valor y su prudencia. Los niños deben someterse humildemente a las órdenes que estos les dan y a los castigos que les imponen, infligidos por otros jóvenes que han llegado a la pubertad, los cuales usan de disciplinas. La regla se hace más severa de día en día, les cortan el pelo, andan sin medias ni zapatos para acostumbrarles al rigor de las estaciones, y algunas veces se les hace luchar desnudos.