Este capítulo es una continuación del precedente, porque sigue la educación de los espartanos, digámoslo así, durante toda su vida.
Desde la edad de veinte años se dejan crecer el cabello y la barba. Cuando los éforos entran en el ejercicio de sus funciones, expiden un bando a son de trompeta mandando rasurarse el labio superior y que se sometan a las leyes. Desterrando de su vestido los espartanos toda especie de adorno, han dado un ejemplo que las demás naciones han admirado sin imitarle de ningún modo. Entre ellos nada distingue en lo exterior de la ínfima clase de ciudadanos a los reyes y magistrados. Llevan todos una túnica muy corta, tejida de lana muy burda, y encima se ponen un manto o capa gruesa. Usan sandalias u otras especies de calzado, siendo el más común de color rojo. Representan a Cástor y Pólux con gorras que, juntas la una a la otra por la parte inferior, harían la figura de aquel huevo de donde se dice que traen su origen. Tomad una de estas gorras y tendréis la que usan todavía los espartanos.
Las casas son chicas y hechas sin arte: no se deben labrar las puertas sino con la sierra y los techos con el hacha. Sirven de vigas y cuartones troncos de árboles apenas descortezados, y los muebles, aunque no tan rústicos, participan de la misma sencillez, jamás están amontonados ni sin orden. El régimen de los espartanos es austero. Un extranjero que los vio tendidos alrededor de la mesa y en el campo de batalla, miraba como más fácil sufrir tal muerte que pasar tal vida. Esto no obstante, Licurgo solo ha suprimido de sus comidas lo superfluo, debiendo su frugalidad a la virtud y no a la necesidad. Sus cocineros no se ocupan sino en preparar la carne, y les están prohibidas las salsas, menos el pisto negro, que es una salsa, cuya composición he olvidado, y en la cual mojan pan los espartanos, prefiriéndola a los manjares más exquisitos. Por la fama que tenía esta salsa, quiso Dionisio el tirano enriquecer con ella su mesa. Hizo venir un cocinero de Lacedemonia, y le mandó que no omitiese gasto alguno: sirviéronle el pisto negro y apenas lo probó el rey, lo arrojó indignado. «Señor», le dijo el esclavo, «falta en la salsa una especie muy esencial». «¿Cuál es, pues?», preguntó el príncipe. «Un ejercicio violento antes de comer», contestó el esclavo.
La Laconia produce muchas especies de vinos. El que se hace de la uva de Cinco colinas, a corta distancia de Esparta, es tan fragante y tan suave como el olor de las flores. En sus convites nunca pasan la copa de mano en mano como se usa en los demás pueblos, sino que cada uno apura la suya, e inmediatamente la llena el esclavo que sirve a la mesa. Tienen licencia para beber cuando lo necesitan, y usan con placer de este permiso sin abusar de él nunca. El espectáculo desagradable de un esclavo que se embriaga, y que suelen ofrecerles a la vista algunas veces, les inspira suma aversión a la embriaguez. Tienen diferentes especies de banquetes públicos, siendo los más frecuentes los filitías.[5] Reyes, magistrados, simples ciudadanos, todos se reúnen para tomar su comida en unas salas donde hay preparadas muchas mesas, las más veces de quince cubiertos cada una. Comen echados en bancos de roble, con el codo apoyado en una piedra o en un pedazo de madera. Al lado de cada cubierto se pone un migón de pan para enjugarse los dedos.
[5] Palabra que quiere decir: asociaciones de amigos.
Durante la comida versa la conversación sobre rasgos de moral o ejemplos de virtud. Se cita una bella acción como una noticia digna de llamar la atención de los espartanos. Los ancianos toman comúnmente la palabra, hablan con discreción y los escuchan con respeto. Asisten a los banquetes las diferentes clases de alumnos sin participar de ellos; los más jóvenes para pillar mañosamente de las mesas alguna porción, que parten con sus amigos, y los otros para tomar lecciones de sabiduría y de jocosidad.
Entre los espartanos, los unos no saben leer ni escribir, y otros apenas saben contar: no hay entre ellos la menor idea de geometría, de astronomía y otras ciencias. Los más instruidos encuentran sus delicias en las poesías de Homero, de Terpandro y de Tirteo, porque elevan el alma. Su teatro está destinado a los ejercicios, y en ellos no se representan ni tragedias ni comedias. Algunos, en corto número, han cultivado con fruto la poesía lírica, en la cual ha sobresalido Alcmeón, que vivía tres siglos hace. Su estilo es dulce y armonioso, aunque tuvo que combatir el duro dialecto dorio que se habla en Lacedemonia. Del rasgo siguiente puede juzgarse de su aversión a la retórica. Cuando la guerra del Peloponeso, fue enviado un espartano al sátrapa Tisafernes, para empeñarle a que prefiriese la alianza de Lacedemonia a la de Atenas, y expuso su misión en pocas palabras. Viendo a los embajadores atenienses desplegar todo el fasto de la elocuencia, tiró dos líneas que terminaban en un mismo punto, la una recta y la otra torcida, y mostrándolas al sátrapa le dijo: «Escoge».
Dos siglos antes los habitantes de una isla del mar Egeo, acosados del hambre, se dirigieron a los lacedemonios, sus aliados, quienes respondieron al embajador: «No hemos comprendido el fin de vuestra arenga y hemos olvidado el principio». Nombraron segundo embajador encargándole que fuese más lacónico, y llegó presentando a los lacedemonios un costal de los que sirven para poner harina, el cual estaba vacío. La asamblea resolvió abastecer a la isla, pero advirtió al diputado que no fuese otra vez tan prolijo. En efecto, les había dicho que era necesario llenar el saco.
Aunque este pueblo sea menos instruido que los otros, es mucho más ilustrado. Se dice que de él adquirieron Tales, Pítaco y otros sabios de la Grecia el arte de encerrar las máximas de la moral en cortas fórmulas. Lo que yo he visto me ha sorprendido muchas veces. Creía conversar con hombres ignorantes, pero bien pronto salían de su boca respuestas sentenciosas y penetrantes como dardos. Acostumbrados desde niños a explicarse con tanta precisión como energía, callan cuando no tienen que decir alguna cosa interesante, y si tienen mucho que decir procuran disculparse. Acomódase perfectamente a su carácter el estilo sencillo, y le usan frecuentemente en sus conversaciones y sus cartas. Elogiaba uno la bondad del rey Carilao, y respondió otro, diciendo. «¿Cómo podía ser bueno si lo era también con los malos?». En una ciudad de la Grecia dijo en voz alta el pregonero encargado de la venta de los esclavos: «Vendo un lacedemonio», y exclamó este poniéndole la mano en la boca: «Decid más bien un prisionero».
Unos generales del rey de Persia preguntaban a los diputados de Lacedemonia en qué calidad contaban seguir la negociación, a lo cual contestaron: «Si sale mal, como particulares, y si bien, como embajadores».