Se observa la misma concisión en las cartas que escriben los magistrados y en las que reciben de los generales. Temiendo los éforos que la guarnición de Decelia se dejase sorprender o interrumpiese sus ejercicios de costumbre, le escribieron únicamente estas palabras: «No os paseéis». Con la misma sencillez anuncian la derrota más completa y la victoria más ilustre. Cuando la guerra del Peloponeso, habiendo sido derrotada su escuadra, al mando de Míndaro, por la de los atenienses a las órdenes de Alcibíades, escribió un oficial a los éforos diciendo: «Perdiose la batalla; Míndaro ha muerto; no hay víveres ni recursos». Poco tiempo después recibieron una carta de Lisandro, general de su ejército, concebida en estos términos: «Hemos tomado Atenas», tal fue la relación de la conquista más gloriosa y más útil para los lacedemonios.

La presencia de los ancianos honra siempre sus asambleas, sus banquetes y sus ejercicios públicos. Los demás ciudadanos, y en particular los jóvenes, guardan con ellos las consideraciones que exigirán ellos mismos cuando lleguen a ser ancianos. La ley les obliga a ceder a cada instante el paso a la vejez, a levantarse cuando se presenta y a callar cuando habla. La escuchan con deferencia en las asambleas de la nación y en las salas del gimnasio. De este modo los ciudadanos que han servido a su patria, lejos de llegar a serla extraños, al fin de su carrera son respetados los unos como depositarios de la experiencia, y los otros cual monumentos de que se tiene por sagrado conservar los restos.

Las mujeres son altas, fuertes, de salud robusta y en general hermosas; pero su belleza es imponente y severa, de modo que hubieran podido suministrar a Fidias muchos modelos para su Atenea, y apenas alguno a Praxíteles para su Afrodita. Su atuendo consiste en una especie de túnica corta y un vestido que les llega hasta los talones. Las jóvenes, obligadas a dedicar todos los momentos del día a la lucha, la carrera, el salto y otros ejercicios penosos, regularmente no llevan más que un vestido ligero y sin mangas, prendido a los hombros con botones o corchetes, y cuyo ceñidor le tiene levantado encima de las rodillas. La parte inferior está abierta de cada lado, de manera que la mitad del cuerpo queda descubierto. Una espartana sale al público con la cara descubierta hasta que se casa, en cuyo caso como quiera que solo debe complacer y agradar a su esposo, sale con velo; y no debiendo ser conocida sino de él solo, no corresponde a otros el hacer de ella elogios. En ninguna parte son menos observadas las mujeres, ni tienen menos sujeción, ni en parte alguna han abusado menos de su libertad.

Si las mujeres de Esparta son mucho más adictas a sus obligaciones que las demás mujeres de la Grecia, también tienen al mismo tiempo un carácter más vigoroso, que le emplean con feliz éxito en dominar a sus esposos, que las consultan con gusto tanto sobre sus asuntos como acerca de los del estado. Una extranjera decía un día a la mujer de Leónidas: «Vosotras sois las únicas que tomáis ascendiente sobre los hombres». «Sin duda», respondió ella, «porque somos las únicas que damos hombres al mundo».

Tienen una alta idea del honor y de la libertad, y a veces la llevan a tal extremo que entonces no se sabe qué nombre dar al sentimiento que las anima. Una de ellas escribió a su hijo que se había salvado de la batalla: «Corren malas nuevas de ti; haz que cesen o deja de vivir». En otra ocasión semejante, una ateniense escribió al suyo: «Te doy gracias de haberte conservado para mí». No menos admiración causa la respuesta de Argileonis, madre del célebre Brásidas. Unos tracios le dieron la noticia de la gloriosa muerte de su hijo, añadiendo que jamás había dado Lacedemonia un general tan grande. «Extranjeros», les dijo, «mi hijo era un valiente, pero sabed que Esparta posee muchos ciudadanos que valen más que él».

Aquí la naturaleza está sumisa sin ahogarla, y en ella reside el verdadero valor, por lo cual los éforos decretaron honores distinguidos a esta mujer. Pero ¿quién pudiera oír sin estremecerse a una madre, a quien dijeron: «Acaban de matar a vuestro hijo sin haber dejado su puesto»; y respondió inmediatamente, «Que le entierren y ocupe su lugar su hermano»? Otra esperaba en el arrabal la noticia del resultado de la batalla; llega el correo, le pregunta, y la dice: «Vuestros cinco hijos han muerto». «No te pregunto eso», responde ella; «¿peligra mi patria?». «Triunfa». «Pues bien, me resigno gustosa con mi pérdida».

«A esta elevación de alma, que nuestras mujeres manifiestan todavía por intervalos», continuó Damonax, «sucederán en breve, sin destruirla, unos sentimientos bajos, y su vida no será ya más que una mezcla de pequeñez y grandeza, de barbarie y deleite. Muchas de ellas se dejan ya dominar por el brillo del oro y el atractivo de los placeres. Los atenienses, que reprobaban altamente la libertad que se concedía a las mujeres de Esparta, triunfan al ver que esta libertad degenera en licencia. Preciso es confesar que ya no somos lo que éramos hace un siglo. Los unos se engríen impunemente de sus riquezas, y otros corren en busca de los empleos que sus padres se contentaban con merecerlos. No hace mucho tiempo que se descubrió una ramera en las inmediaciones de Esparta, siendo aun no menos peligroso el que hemos visto a Cinisca, hermana del rey Agesilao, enviar a Olimpia un carro de cuatro caballos para disputar el premio de la carrera; los poetas celebrar su triunfo y el estado erigir un monumento en honor suyo».

CAPÍTULO XLVII.

Religión y fiestas de los espartanos.

Los objetos del culto público solo inspiran en Lacedemonia un profundo respeto y un silencio absoluto. Acerca de este punto no se permiten disputas ni dudas, pues el único dogma de los espartanos se reduce a adorar a los dioses y honrar a los héroes.