Entre los héroes a quienes han erigido templos, altares o estatuas se distinguen Heracles, Cástor, Pólux, Aquiles, Odiseo, Licurgo, etc. Helena participa con Menelao de honores casi divinos, y la estatua de Clitemnestra está colocada al lado de la de Agamenón.

En otras partes hay que presentarse a los dioses con víctimas sin mancha, y algunas veces con el aparato de la magnificencia; en Esparta, con ofrendas de poco valor y con la modestia que conviene a todo suplicante; en otras partes importunan a los dioses con indiscretas y largas oraciones, pero en Esparta únicamente se les pide la gracia de hacer grandes acciones después de haber hecho buenas obras, y esta fórmula termina con estas palabras, cuya sublimidad conocerán las almas nobles: «Dadnos fuerza para sufrir la injusticia».

Los atenienses han creído fijar entre ellos la Victoria representándola sin alas; por la misma razón los espartanos han representado alguna vez a Ares y a Afrodita encadenados. Esta nación guerrera ha dado armas a Afrodita y puesto una lanza en manos de todos los dioses y diosas; ha colocado la estatua de la Muerte al lado de la del Sueño para acostumbrarse a mirarlas bajo un mismo aspecto, y ha consagrado un templo a las Musas, porque marcha a las batallas al son melodioso de la flauta o de la lira; otro a Poseidón que conmueve la tierra, porque habita en un país expuesto a frecuentes oscilaciones, y otro al Temor, porque hay temores saludables, tales como el de las leyes.

Invierten sus horas de descanso en muchas fiestas, siendo algunas de ellas las de Dioniso, de Apolo y de Jacinto. Estas últimas se celebran en la primavera, particularmente por los habitantes de Amiclas. Se dice que Apolo amaba tiernamente a Jacinto, hijo de un rey de Lacedemonia; que Céfiro, envidioso de su hermosura, impelió contra él el tejo que le quitó la vida; y que Apolo, que lo había tirado, no encontró en su dolor otro consuelo que el de trasformar al joven príncipe en una flor, a la cual dio su nombre, y con este motivo se instituyeron unos juegos que se celebran todos los años. El primero y tercer día no presentan más que la imagen de la tristeza y del luto, pero el segundo es un día de júbilo. Lacedemonia se entrega a la embriaguez del gozo en este día, que lo es de libertad, tanto que los esclavos comen a la mesa con sus amos.

La disciplina de los espartanos es tal que siempre va acompañada de cierta decencia. Aun en las fiestas de Dioniso, sea en la ciudad o sea en el campo, nadie tiene atrevimiento de separarse de la ley que prohíbe el uso desmedido del vino.

CAPÍTULO XLVIII.

Servicio militar de los espartanos.

Los espartanos están obligados a servir en el ejército desde la edad de veinte años hasta la de sesenta, y pasado este término están exentos de tomar las armas, a no ser que entre el enemigo en la Laconia.

Cuando se trata de levantar tropas, los éforos por medio de los heraldos mandan a los ciudadanos, desde la edad de veinte años hasta la que señala el edicto, que se presenten a servir en la infantería pesadamente armada o en la caballería, y se hace el mismo requerimiento a los operarios destinados a seguir al ejército.

Estando divididos en cinco tribus los ciudadanos, se ha repartido la infantería pesada en cinco regimientos, cada uno con cuatro batallones y dieciséis compañías. Consta cada batallón de doscientos sesenta hombres; y aun de quinientos doce. Además de los cinco regimientos existe un cuerpo de seiscientos hombres escogidos, que han decidido algunas veces la victoria. Las principales armas de un infante son la pica y el escudo; no cuento la espada, que es únicamente una especie de puñal que llevan en el cinto, y así es que fundan toda su esperanza en la pica. Decía un extranjero al ambicioso Agesilao: «¿Dónde fijáis los límites de la Laconia?». «En la punta de nuestras picas», le respondió.