Los infantes cubren su cuerpo con un escudo de bronce ovalado, escotado por ambas partes, y a veces por una sola, que termina en punta por ambos extremos, y tiene las letras iniciales del nombre de Lacedemonia. Por esta señal se reconoce la nación, pero es necesaria otra para reconocer al soldado, que está obligado a volver del combate con su escudo, bajo pena de infamia: consiste pues en que lleva grabado en el campo de esta arma el símbolo que le es propio. Uno de ellos se expuso a las chocarrerías de sus amigos escogiendo por emblema una mosca de tamaño natural. «Me acercaré tanto al enemigo», les dijo, «que él distinguirá esta insignia». El soldado se viste con una casaca roja, cuyo color se ha preferido a los demás a fin de que el enemigo no vea la sangre que hace derramar.
El día de la batalla, el rey, a imitación de Heracles, inmola una cabra mientras tocan las flautas la sonata de Cástor. En seguida entona el himno del combate, y todos los soldados con la frente coronada, lo repiten en coro. Después de este momento, tan terrible como hermoso, se peinan, asean el vestido, limpian sus armas, instan a los oficiales para que los lleven al campo del honor, se animan ellos mismos con rasgos de alegría, y marchan formados al compás de la flauta que excita o modera su valor. El rey se coloca en la primera fila, rodeado de cien jóvenes guerreros que deben, bajo pena de infamia, exponer la vida por salvar la del monarca, y de algunos atletas que ganaron el premio en los juegos públicos de la Grecia, y miran este puesto como una distinción la más gloriosa.
Es ignominioso para todo hombre el emprender la fuga, y entre los espartanos lo es hasta el pensarlo. Los ejemplos de cobardía, tan raros en otro tiempo, entregan al delincuente a todos los horrores de la infamia, de modo que no puede aspirar a ningún empleo; si está casado, ninguna familia quiere enlazar con la suya, y si no lo está, no puede enlazar con ninguna, porque parece que esta mancha es capaz de mancillar a toda su descendencia.
Los que mueren en el combate son enterrados como los demás ciudadanos, con el vestido encarnado y un ramo de olivo, símbolo de las virtudes guerreras entre los espartanos. Si se han distinguido, ponen sus nombres en sus sepulcros, y algunas veces la figura de un león; pero el que ha recibido la muerte volviendo la espalda al enemigo, queda privado de sepultura.
En la caballería no entran más que hombres sin experiencia, que carecen de vigor o celo. El ciudadano rico es quien suministra las armas y mantiene el caballo. Si este cuerpo ha logrado algunas ventajas, las ha debido a los soldados extranjeros de caballería que Lacedemonia tomaba a sueldo. En general los espartanos quieren mejor servir en la infantería porque, persuadidos de que el verdadero valor basta por sí mismo, quieren pelear cuerpo a cuerpo. Estaba yo cerca del rey Arquidamo cuando le presentaron el modelo de una máquina nuevamente inventada en Sicilia para lanzar los dardos, y después de haberla visto y examinado detenidamente, dijo: «Se acabó el valor».
CAPÍTULO XLIX.
Segunda conferencia sobre las leyes de Licurgo. — Causas de su decadencia.
Antes de volver con Filotas, que volvió a Atenas al siguiente día de nuestra llegada a Lacedemonia, quise tener con Damonax segunda conferencia relativa a las leyes de Licurgo.
Una tarde que recayó insensiblemente la conversación sobre este legislador, afecté en ella menos consideración hacia este grande hombre. «¿Por qué», pregunté a Damonax, «estas leyes que antiguamente han sido tan respetadas ceden hoy día con tanta facilidad a innovaciones peligrosas? ¿Por qué el oro y la plata han forzado entre vosotros las barreras que les oponían, y no sois ya felices como en otro tiempo por las privaciones, y ricos, digámoslo así, con vuestra indigencia?». Iba a responderme Damonax cuando oigo en la calle repetidas voces que decían: «Abrid, abrid», porque no se permite en Lacedemonia llamar a la puerta. Era Filotas, cuya larga ausencia me tenía sin sosiego. Iba corriendo a darle mis brazos cuando estaba ya en los míos, y luego le presenté de nuevo a Damonax, que en breve se retiró por atención.
Filotas había vuelto por la Argólida, desde la cual hasta Lacedemonia el camino es tan áspero y escabroso que rendido de cansancio me dijo antes de acostarse: «Sin duda que según vuestra laudable costumbre me haréis trepar a algún vericueto para admirar a discreción las cercanías de esta soberbia ciudad, pues no faltan aquí montañas que facilitan este placer a los viajeros». «Mañana», le respondí, «iremos al Menelaion, eminencia situada al otro lado del Eurotas. Damonax tendrá la bondad de llevarnos».