Al siguiente día por la mañana pasamos el Babix, nombre que se da al puente del Eurotas, e inmediatamente se ofrecieron a nuestra vista los restos de muchas casas construidas en otro tiempo a la izquierda del río, y destruidas en la última guerra por las tropas de Epaminondas. Más adelante descubrimos tres o cuatro lacedemonios embozados, con mantos guarnecidos de varios colores y la cara afeitada de un lado solamente. «¿Qué farsa representan aquellos?», preguntó Filotas. «Son», respondió Damonax, «unos tembladores, llamados así porque huyeron en aquella batalla en que rechazamos las tropas de Epaminondas. Su exterior sirve para darlos a conocer, y les humilla tanto que no concurren sino a los parajes solitarios, ya veis cómo huyen de encontrarse con nosotros».

Después de haber recorrido con la vista desde lo alto de la colina aquellas hermosas campiñas que se extienden hasta el mediodía, y los soberbios montes que limitan la Laconia hacia el poniente, nos sentamos enfrente de la ciudad de Esparta. Tenía yo a mi derecha a Damonax y a la izquierda a Filotas, que apenas se dignaba fijar la vista sobre aquel montón de cabañas arrimadas sin orden las unas a las otras. «Tal es, sin embargo», le dije, «el humilde asilo de esta nación, donde se aprende tan temprano el arte de mandar y el de obedecer, que es todavía más difícil; de una nación que nunca se ensoberbeció con las victorias ni se abatió con los reveses; que siempre ha tenido el ascendiente sobre las demás naciones, que desafió a los persas, venció muchas veces a los generales de Atenas, y por último se apoderó de su capital; de una nación, en fin, que no es ni frívola, ni inconsecuente, ni gobernada por oradores corrompidos».

Al oír estas palabras no pudo Filotas contenerse, y respondió a este elogio de Lacedemonia haciendo severas reconvenciones relativas a los vicios de que adolecen las leyes de Licurgo, la ambición, el disimulo, la mala fe, la codicia, la crueldad de los espartanos y la disolución de sus esposas. Cuando hubo acabado, sin perder Damonax su calma natural, tomó la palabra para rebatir tan graves acusaciones. «¿Qué nos importa», dijo, «el juicio que hace de nosotros una nación siempre rival y muchas veces enemiga? A nosotros no nos faltan hábiles defensores entre vuestros filósofos e historiadores, aunque durante la guerra vuestros oradores y poetas, a fin de animar al populacho contra nosotros, nos han representado bajo un aspecto el más feo. Vituperad en hora buena nuestros vicios actuales, pero respetad al mismo tiempo nuestras virtudes. Acerca de nuestro gobierno, siempre sostendré que entre todos cuantos se conocen, no hay otro mejor que el de Lacedemonia. Este es el dictamen de Platón, genio el más ilustre de Atenas».

A continuación entró Damonax en largos pormenores relativos a las leyes, las costumbres, las guerras y la política de su patria, y todo lo que dijo sobre estos diferentes puntos, obligó a Filotas a admirar sus luces, su imparcialidad y su moderación sobre todo.

«No obstante», dijo, después de haber atribuido a Lisandro y a Agesilao la decadencia de las leyes de Licurgo, «haced el último homenaje a nuestras leyes. Por otra parte, la corrupción, que hubiera comenzado por afeminar nuestras almas, entre nosotros ha hecho brotar pasiones grandes y fuertes: la ambición, la venganza, la envidia del poder y el frenesí de la celebridad. Parece que los vicios se acercan a nosotros con circunspección. Aún no se siente en todos los estados la sed del oro, y los atractivos del placer no han invadido hasta ahora más que a un corto número de particulares. Más de una vez hemos visto a los magistrados y los generales mantener con rigor nuestra antigua disciplina, y a simples ciudadanos mostrar unas virtudes dignas de los siglos más hermosos. Semejantes a aquellos pueblos que situados en las fronteras de dos imperios han hecho una mezcla de las lenguas y de las costumbres de uno y otro, los espartanos están, digámoslo así, en las fronteras de las virtudes y de los vicios. Pero no conservaremos por mucho tiempo este puesto peligroso. Cada instante que pasa nos advierte que una fuerza invencible nos arrastra al fondo del abismo. Yo mismo estoy espantado del ejemplo que os he dado en este día. ¿Qué diría Licurgo si viese a uno de sus discípulos discurrir, disputar y emplear fórmulas oratorias? ¡Ah! Harto he vivido con los atenienses: no soy más que un espartano degradado».

Fin del tomo primero.

TABLA

DE LOS CAPÍTULOS

CONTENIDOS

EN ESTE PRIMER TOMO.