»Desprendidos de los sentidos y entregados enteramente a la meditación, se llenarán poco a poco de la idea del bien; de aquel bien por el cual suspiramos con tanto ardor y del cual nos formamos imágenes tan confusas; de aquel bien supremo que siendo origen de toda verdad y justicia, debe animar al soberano magistrado y hacerle imperturbable en el ejercicio de sus deberes. ¿Mas dónde reside? ¿Dónde debemos buscarle? ¿Está acaso en los placeres que nos embriagan, en aquellos conocimientos que nos llenan de orgullo y de soberbia, o en aquella espléndida decoración que nos deslumbra? No: porque todo lo que es mudable y movible, no puede ser el verdadero bien. Dejemos pues la tierra y las sombras que la cubren, elevemos nuestras almas hacia la mansión de la luz y anunciemos a los mortales las verdades que ignoran.

»Hay dos mundos, uno visible y otro ideal; el primero, formado por el modelo del segundo, es este en que nosotros habitamos; en él es donde estando todo sujeto a la generación y la corrupción, todo se muda y pasa sin cesar; aquí no se ven más que imágenes y porciones fugitivas del ser; el segundo encierra las esencias y ejemplares de todos los objetos visibles, y estas esencias son verdaderos seres, porque son inmutables. Dos reyes, de los cuales el uno es ministro y esclavo del otro, derraman su claridad en estos dos mundos. De lo alto de los aires, el sol hace brotar y perpetúa los objetos que hace visibles a nuestros ojos, y del lugar más elevado del mundo intelectual, el bien supremo produce y conserva las esencias que hace inteligibles a nuestras almas. El sol nos alumbra con su luz, el bien supremo con la verdad; y así como nuestros ojos tienen una percepción clara cuando se fijan en los cuerpos donde cae de la luz del día, así nuestra alma adquiere una ciencia verdadera cuando contempla los seres en que la verdad se refleja.

»¿Pero queréis saber cuánta es la diferencia de esplendor y belleza que media entre las luces que iluminan estos dos mundos? Figuraos una cueva profunda, en la cual están los hombres sujetos desde su infancia con pesadas cadenas de tal manera que no pueden ni moverse del sitio, ni ver otros objetos sino aquellos que tienen delante. Detrás de ellos, a cierta distancia, está situado en una altura un fuego cuya luz se difunde en la caverna; entre este fuego y los cautivos hay un muro a lo largo del cual van y vienen las personas, van y vienen las gentes; los unos en silencio, los otros hablando entre ellos, teniendo en sus manos y levantando sobre el muro figuras de hombres o de animales, o muebles de toda especie, cuyas sombras irán a proyectarse en la parte de la caverna que pueden ver los cautivos. Sorprendidos de estas imágenes pasajeras, las tendrán por unos seres reales, y llegarán hasta atribuirles movimiento, vida y palabra. Escojamos ahora uno de estos cautivos, y para disipar su ilusión rompamos sus cadenas y obliguémosle a que se levante y vuelva la cabeza. Admirado al ver los nuevos objetos que se ofrecen a su vista, dudará de su realidad, y ofuscado y herido del brillo del fuego, apartará de él la vista para dirigirla a los vanos fantasmas de que estaba poseído anteriormente. Hagámosle sufrir una nueva prueba; saquémosle de la caverna, a pesar de sus clamores, sus esfuerzos y las dificultades de una marcha penosa. Cuando se vea en tierra, se encontrará de repente agobiado con el resplandor del día, y únicamente después de muchos ensayos, podrá discernir las sombras, los cuerpos, los astros, fijar el sol, mirarle como el autor de las estaciones y el principio fecundo de todo cuanto alcanzan nuestros sentidos.

»¿Qué idea tendrá entonces de los elogios que se dan en la caverna a los que aprenden y reconocen primero las sombras a su paso? ¿Qué pensará de las pretensiones, los odios, las envidias y los celos que excitan estos descubrimientos entre aquel pueblo de infelices? La compasión le obligará sin duda a volar en su socorro, para desengañarlos de su falsa inteligencia y de su pueril saber; pero como al pasar repentinamente de una luz tan grande a tan grande oscuridad no podrá distinguir al principio cosa alguna, todos se levantarán contra él, y no cesando de echarle en cara su ceguera, le citarán como un ejemplo espantoso de los peligros que corre el que pasa a la región superior.

»He aquí precisamente el cuadro de nuestra funesta condición: el género humano está sepultado en una caverna inmensa, cargado de cadenas y sin poder ocuparse más que de sombras vanas y artificiales. Aquí no tienen los placeres más que una amarga compensación, los bienes un brillo engañoso, las virtudes un fundamento frágil y los cuerpos mismos una existencia ilusoria. Preciso es salir de este lugar de tinieblas, preciso es romper sus cadenas, elevarse con esfuerzos redoblados hasta el mundo intelectual, acercarse poco a poco a la suprema inteligencia y contemplar su divina naturaleza en el silencio de los sentidos y las pasiones. Entonces se verá que mana de su trono en el orden moral la justicia, la verdad y la ciencia, y en el orden físico la luz del sol, las producciones de la tierra y la existencia de las cosas. No: una alma que habiendo llegado a esta grande elevación, ha experimentado una vez las sensaciones, los arrebatos y éxtasis que excita la vista del bien supremo, no se dignará volver a participar de nuestros trabajos y honores; y si baja hasta nosotros, y antes de familiarizarse con nuestras tinieblas se ve en la precisión de explicarse sobre la justicia ante los hombres, que solo conocen su sombra, sus nuevos principios parecerán tan extravagantes que al fin se reirán de su locura o castigarán su temeridad.

»Tales son no obstante los sabios que deben estar al frente de nuestra república, y que debe formar la dialéctica. Por espacio de cinco años enteros consagrados a este estudio, meditarán sobre la naturaleza de lo verdadero, lo honesto y lo justo. Poco satisfechos de las vagas e inciertas nociones que de ello se dan ahora, buscarán su verdadero origen; leerán sus deberes no en los preceptos de los hombres, y sí en las instrucciones que recibirán directamente del primero de los seres. En las conversaciones familiares que tendrán, digámoslo así, con él, adquirirán luces infalibles para discernir la verdad, firmeza inalterable en el ejercicio de la justicia, y aquel tesón en obrar bien, de que nada puede triunfar y que al fin triunfa de todo.

»Los filósofos que nosotros pongamos al frente de nuestra república no serán pues esos declamadores ociosos, esos sofistas despreciados de la multitud que son incapaces de guiar; serán almas fuertes, grandes, ocupadas únicamente del bien del estado, ilustradas en todos los puntos de la administración con un largo estudio y la teoría más sublime, y transformadas por sus virtudes y sus conocimientos en imágenes e intérpretes de los dioses sobre la tierra. Hallarán en fin su recompensa en el placer de hacer bien y de tener al Ser supremo por testigo».

A estos motivos añadió Platón otros más poderosos todavía, cuales son el cuadro de los bienes y de los males reservados en otra vida a la virtud y al vicio. Extendiose sobre la inmortalidad del alma; recorrió a continuación los defectos esenciales de que adolecen los gobiernos establecidos entre los hombres, y acabó observando que nada había prescrito relativo al culto de los dioses porque esto le correspondía al oráculo de Delfos.

CAPÍTULO LIII.

Comercio de los atenienses.