»Antes de pasar adelante, obliguemos a nuestros discípulos a fijar la vista en la vida que han de tener algún día: les causará menos novedad la severidad de nuestras reglas, y se prepararán así mejor para el alto destino que les aguarda.

»Si los militares poseyesen tierras y casas, y si el oro y la plata mancillasen una vez sus manos, en breve la ambición, el odio y todas las pasiones que llevan en pos de sí las riquezas penetrarían en sus corazones y no serían ya más que hombres ordinarios. Eximámosles pues de todos estos nimios cuidados que les obligarían a encorvarse hacia la tierra. Mantengáseles en comunidad a expensas del público, pues la patria, a la cual consagran todos sus pensamientos, sus deseos y su reposo, debe encargarse de proveer a sus necesidades, que se reducirán a lo meramente preciso.

»Despojándolos de aquel interés sórdido que ocasiona tantos crímenes, es preciso apagar también, o más bien perfeccionar en sus corazones, los afectos que inspira la naturaleza, y unirlos entre ellos por los mismos que contribuyen a dividirlos. Nuestros guerreros partirán con sus esposas el cuidado de proveer a la tranquilidad pública, y unos y otras serán educados bajo los mismos principios, en los mismos lugares y por unos mismos maestros. Recibirán juntos con los elementos de las ciencias las lecciones de sabiduría, y en los gimnasios las muchachas, sin más adorno que el de sus virtudes, disputarán el premio de los ejercicios a los muchachos que serán sus émulos.

»En las fiestas instituidas para formar uniones legítimas y santas, se echarán en una urna los nombres de aquellos que han de dar guardas a la república, los cuales serán los militares desde la edad de treinta años hasta cincuenta y seis, y las guerreras desde los veinte a los cuarenta. La casualidad será la que reúna en apariencia a los esposos, pero los magistrados valiéndose de la maña, corregirán de tal modo los caprichos de la suerte, que escogerán siempre los sujetos más a propósito de uno y otro sexo, para conservar en su pureza la estirpe de nuestros guerreros.

»Los que nacieren de estos matrimonios serán separados de sus padres inmediatamente, y depositados en un paraje donde sus madres, sin conocerlos, vayan a distribuir ya a los unos, ya a los otros, aquella leche que ya no podrán reservar exclusivamente para el fruto de sus amores.

»Hemos fijado en los corazones de nuestros guerreros dos principios que deben de concierto reanimar incesantemente su celo, cuales son el sentimiento y las virtudes. No solamente ejercerán el primero de una manera general, mirándose todos como los ciudadanos de una misma patria, sino que se penetrarán todavía más y más de ellos, mirándose como individuos de una misma familia. Lo serán en efecto; y la oscuridad de su nacimiento no empañará jamás los títulos de su afinidad.

»Ahora voy a hablar de nuestros magistrados, de este corto número de hombres escogidos entre los hombres virtuosos, de estos jefes, en una palabra, que, sacados de la clase militar, serán tan superiores a ellos por su excelente mérito como lo serán los guerreros a los artesanos y labradores.

»¡Qué precaución será necesaria en nuestra república para escoger hombres tan raros! ¡Cuánto estudio para conocerlos y qué atención y cuidado para formarlos! Entremos en aquel santuario donde educan a los hijos de los guerreros, y en el cual pueden merecer ser admitidos los hijos de los otros ciudadanos. Fijemos la atención en aquellos que reuniendo las ventajas de una buena presencia a las gracias naturales, se distingan de sus semejantes en los ejercicios del cuerpo y del alma, y examinemos su conducta siguiendo los progresos de su educación.

»Hemos hablado más arriba de los principios que deben arreglar sus costumbres, y ahora corresponde tratar de las ciencias que pueden dar extensión a sus luces. Tales son en primer lugar la aritmética y la geometría, ambas útiles al guerrero y necesarias al filósofo para acostumbrarle a fijar sus ideas y elevarse hasta la verdad. La astronomía, la música, todas las ciencias que produzcan el mismo efecto, entrarán en el plan de nuestra enseñanza. Desde que hayan cumplido los treinta años, los iniciaremos en la ciencia de la meditación, en este dialecto sublime que debe ser el término de sus primeros estudios, y cuyo objeto no es tanto el conocer la existencia, como la esencia de las cosas.[1]

[1] En tiempo de Platón se comprendía bajo el nombre de dialéctica, la música, la lógica, la teología natural y la metafísica.