El templo del dios está adornado con su estatua, obra de Trasimedes de Paros, y es de oro y marfil: Asclepio está sentado en un trono con un perro a sus pies, tiene un palo en una mano, y alarga la otra sobre una serpiente que está en ademán de enderezarse para tocarle. El artista ha esculpido en el trono las hazañas de algunos héroes de la Argólida, y allí se ve a Belerofonte que triunfa de la Quimera y a Perseo cortando la cabeza a Medusa.

Cerca del edificio hay un salón en el cual pasan las noches los que van a consultar a Asclepio, después de haber dejado sobre la mesa santa algunas tortas, frutas y otras ofrendas. Uno de los sacerdotes les manda que se entreguen al sueño, que guarden profundo silencio, y que estén atentos a los sueños que el dios va a enviarles; en seguida apaga las luces, y tiene el cuidado de recoger las ofrendas que hay encima de la mesa. A poco rato creen los enfermos que oyen la voz de Asclepio, prescribiéndoles los remedios oportunos para su curación, que todos son muy conformes a los de otros médicos, y les entera al mismo tiempo de las prácticas de devoción con que deben asegurar su efecto.

Están consagradas a este dios las culebras en general; ya porque la mayor parte de ellas tienen propiedades de que hace uso la medicina, ya por otras razones difíciles de exponer; pero Asclepio parece que prefiere las que se crían en el territorio de Epidauro, cuyo color es amarillento, no tienen veneno, son de índole mansa y apacible y gustan de vivir familiarmente con el hombre. La culebra que mantienen los sacerdotes en lo interior del templo, se les enrosca algunas veces alrededor del cuerpo, o se empina sobre la cola para tomar la comida que le presentan en un plato. Rara vez la dejan salir, y cuando le dan libertad se pasea con majestad por las calles: su aparición es de feliz presagio y por tanto excita un entusiasmo general.

Se ven estas culebras domésticas en los otros templos de Asclepio, en los de Dioniso y de algunas otras divinidades, siendo más comunes en Pela, capital de la Macedonia, de modo que las mujeres tienen gusto particular en criarlas. En los calores rigurosos del verano se dan vueltas con ellas al cuello cual si fuesen un collar, y en sus orgías les sirven como de adorno o las agitan encima de su cabeza. Cuando yo estaba en Grecia, se decía que Olimpia, mujer de Filipo, rey de Macedonia, solía acostar con ella una de estas culebras, y aun añadían que Zeus había tomado la forma de este animal y que Alejandro era hijo suyo.

Volvimos a pasar por Argos, y tomamos el camino de Nemea, ciudad famosa por los juegos que en ella se celebran de tres en tres años en honor de Zeus; pero ofrecen poco más o menos el mismo interés que los espectáculos de Olimpia, y por lo mismo omito hablar de ellos. Baste observar que los argivos los presiden y que únicamente se concede al vencedor una corona de apio. Nos internamos luego en los montes, y a quince estadios de la ciudad nuestros guías nos enseñaron con espanto la caverna donde estaba el león que Heracles mató con su clava. De allí, habiendo vuelto a Corinto, volvimos a tomar en breve el camino de Atenas, donde, al punto que llegué, continué mis averiguaciones tanto en lo relativo a la administración, como acerca de las opiniones y los diferentes ramos de la literatura.

CAPÍTULO LII.

República de Platón.

Dos grandes objetos ocupan a los filósofos de la Grecia: el cómo se gobierna el mundo, y cómo se ha de gobernar a los hombres. Expondré aquí los medios que imaginaba Platón para formar una sociedad la más dichosa, y ved aquí la idea que nos dio de su sistema un día que se encontraba en la Academia, donde hacía algún tiempo que había dejado de dar lecciones. Si se hubieran de conservar a sus pensamientos los encantos con que supo hermosearlos, sería preciso que las Gracias tomasen el pincel.

«No voy a trazar», nos dijo, «el plan de una monarquía, ni de un sistema democrático. Poco me importa que la autoridad esté en manos de uno solo o de muchos, pues formo un gobierno en que los pueblos pueden ser felices bajo el imperio de la virtud. Divido los ciudadanos en tres clases, a saber: la de los mercenarios o sea la multitud, la de los militares o guardias del estado, y la de los magistrados o los sabios. Nada prescribo a la primera, pues se ha hecho para seguir ciegamente el impulso de las otras dos. Quiero un cuerpo de militares que tengan siempre las armas en la mano, a fin de mantener en el estado una paz duradera. Esta clase no debe mezclarse con los otros ciudadanos, sino que debe permanecer siempre en un campamento, y estar dispuestos a reprimir las facciones intestinas y a repeler los ataques exteriores.

»Su educación debe empezar desde los primeros años de su infancia, y se tendrá particular cuidado de que no les cuenten ni aprendan las vanas ficciones depositadas en los escritos de Homero, de Hesíodo y de otros poetas. Anúncieles la poesía la divinidad con tanta dignidad como encanto, y dígaseles continuamente que Dios no puede ser autor más que del bien, que no causa a nadie su desgracia, que sus castigos son beneficios y que los malos son dignos de compasión no cuando los experimentan, sino cuando encuentran el medio de sustraerse a ellos. Se les debe decir que el verdadero heroísmo consiste en dominar sus pasiones y obedecer a las leyes. Se imprimirán en su alma, como en el bronce, las ideas inmortales de la justicia y de la verdad, y quedará grabado en ella con caracteres indelebles que los malos son infelices en la prosperidad, y que la virtud es feliz en la persecución y aun en el olvido. Todo dependerá en nuestra república de la educación de los militares, y en esta educación todo dependerá también de la severidad de la disciplina: deben mirar pues la menor observancia como una obligación, y el más pequeño descuido como un crimen. Es necesario que, bajo la mano de los jefes, las almas se hagan aptas para las cosas más nimias lo mismo que para las más grandes o elevadas; que refrenen frecuentemente su voluntad, y que a fuerza de sacrificios lleguen a no pensar, ni obrar, ni respirar, sino por el bien público. Los que no sean capaces de este desprendimiento de sí mismos no serán admitidos en la clase de los militares, sino reducidos a la de los artesanos y labradores, porque las clases no se han de arreglar por el nacimiento y sí únicamente por las cualidades del alma.