Instaba yo a Euclides, aunque en vano, pues apenas respondía a mis preguntas. «¿Adoptan los retóricos los principios de los filósofos?». «Se apartan de ellos muchas veces, y particularmente cuando prefieren la verosimilitud a la verdad». «¿Cuál es la primera cualidad del orador?». «La de ser excelente lógico». «¿Y su primer deber?». «El demostrar que una cosa es o no es». «¿Cuál su principal atención?». «Descubrir en cada tema los medios propios de persuadir». «¿En cuántas partes se divide el discurso?». «Los retóricos admiten un gran número, que se reduce a cuatro: el exordio, la proposición o el hecho, la prueba y la peroración. Se puede no obstante suprimir la primera y la última». Iba a continuar, pero Euclides se excusó, y solamente pude conseguir un corto número de observaciones sobre la elocución.
«Conveniencia y claridad», me dijo, «son las dos principales cualidades de la elocución. 1.º La conveniencia. La dicción debe variar según el carácter del que habla, y de aquellos de quienes habla, y según la naturaleza de las materias que trata y de las circunstancias en que se encuentra.
»El estilo de la poesía, el de la elocuencia, de la historia y del diálogo se diferencian esencialmente unos de otros; y eso que, en cada género, las costumbres y el talento de un autor proyectan en su dicción diferencias sensibles. 2.º La claridad. Un orador o un escritor debe haber hecho un estudio serio de su lengua. Si desatendéis las reglas de la grámatica, me será costoso entender vuestro pensamiento. Hacer uso de palabras anfibológicas y de circunlocuciones inútiles, colocar sin tino las conjunciones que ligan los miembros de una frase, confundir el plural con el singular; no tener cuidado con la distinción establecida en estos últimos tiempos entre los nombres masculinos y femeninos; designar con un mismo término las impresiones que reciben dos de nuestros sentidos, distribuir inoportunamente las palabras de una frase, de modo que un lector no pueda adivinar el sentido del autor; todos estos defectos coadyuvan igualmente a la oscuridad del estilo, la cual se aumentará si el exceso de los adornos y lo largo de los periodos distraen la atención del lector y no le permiten respirar; o bien si por ir con demasiada rapidez, no puede comprender vuestro pensamiento, como sucede con los corredores del estadio que en un momento desaparecen de la vista de los espectadores.
»Nada contribuye más a la claridad que el uso de expresiones ya admitidas, pero si nunca las desviáis de su común sentido o acepción, vuestro estilo no pasará de familiar y rastrero: para que sea elevado y sublime, es necesario valerse de nuevos giros y de expresiones figuradas».
«He oído hablar», dije a Euclides, «de las diversas especies de estilos, tales como el noble, el grave, el sencillo, el ameno, etc.».
«Dejemos a los retóricos», respondió Euclides, «el cuidado de trazar los diferentes caracteres. Todos los he indicado en dos palabras: si vuestra dicción es clara y conveniente, habrá en ella una proporción exacta entre las palabras, los pensamientos y el tema. Nada más debe exigirse. Meditad este principio y no os causarán admiración las siguientes aserciones.
»La elocuencia forense se diferencia esencialmente de la elocuencia de la tribuna. Al orador se le perdonan los descuidos y las repeticiones que se miran como un crimen en el escritor. Hay discursos que merecen aplausos en la asamblea general, y cuya lectura no puede sufrir, porque la acción les daba valor; y hay otros que están escritos con sumo esmero, y no causarían efecto en el público si no se acomodasen a la acción. La elocución que trata de deslumbrarnos con su magnificencia llega a ser excesivamente fría cuando carece de armonía, cuando las pretensiones del autor se presentan a descubierto, y, valiéndome de la expresión de Sófocles, cuando infla excesivamente los carrillos para soplar en un pito».
Pregunté a Euclides qué autor proponía él por modelo de buen estilo, y me respondió: «Ninguno en particular y todos en general. No cito a ninguno personalmente, porque Platón y Demóstenes, dos de nuestros escritores que más se acercan a la perfección, pecan algunas veces, el uno por exceso de adornos y el otro por falta de nobleza. Digo todos en general porque meditándolos, comparando unos con otros, no solamente se aprende a colorear la dicción, sino que también se adquiere aquel gusto exquisito y puro que dirige y juzga las producciones del genio; sentimiento rápido, y tan general entre nosotros que pudiera tenerse por el instinto de la nación».
Salimos de la biblioteca de Euclides y dirigimos nuestro paseo hacia el Liceo, y al entrar en el primer patio llamaron nuestra atención unos gritos penetrantes que salían de una de las salas del gimnasio. El retórico León y el sofista Pitodoro se habían empeñado en una disputa acalorada. Nos costó trabajo abrirnos paso por en medio de la multitud, y el primero nos dijo: «Acercaos y veréis a Pitodoro, quien defiende que su arte no es diferente del mío y que el objeto de ambos es engañar a cuantos nos escuchan. ¡Rara pretensión, en un hombre que debiera correrse de tener el nombre de sofista!».
Acercámonos a escuchar: Pitodoro defendía la causa de los sofistas con razones que nos hubieran persuadido si hubiésemos estado menos prevenidos en favor de la retórica. León no podía contenerse, y a cada instante estaba pronto a contrarrestarle con el aparato pomposo y amenazador de su arte. Apenas hubo acabado de hablar su antagonista, cuando emprendió la defensa de la retórica, mas era ya tarde y, dejándolos en su controversia, tomamos el partido de retirarnos.