»Después de arreglar el modo de construir el exordio, de disponer la narración y de mover las pasiones de los jueces, se extendió el dominio de la elocuencia, encerrado hasta entonces en el recinto de la plaza pública y del foro. Rival de la poesía, celebró al principio a los dioses, los héroes y los ciudadanos que habían muerto en los combates, y en seguida Isócrates compuso elogios para los particulares de alta jerarquía. Después han elogiado indiferentemente a los hombres útiles o inútiles a su patria, y humeando el incienso por todas partes, se ha decidido que tanto la alabanza como el vituperio no debían guardar medida alguna.

»Se distinguió también dos clases de oradores: los que dedicaban la elocuencia a ilustrar al público en sus reuniones, tales como Pericles; a defender los intereses de los particulares en el foro, como Antifonte y Lisias; a derramar sobre la filosofía los vivos colores de la poesía, como Demócrito y Platón; y los que cultivando la retórica por un sórdido interés o por vana ostentación, declamaban en público sobre la naturaleza del gobierno o de las leyes, sobre las costumbres, las ciencias y las artes, haciendo soberbios discursos en los cuales el lenguaje ofuscaba las ideas.

»La mayor parte de estos últimos, esparciéndose por la Grecia, fueron conocidos bajo el nombre de sofistas: andaban errantes de ciudad en ciudad, eran bien recibidos en todas partes, seguíanles un numeroso séquito de discípulos que, aspirando a elevarse a los primeros empleos con el auxilio de la elocuencia, pagaban con usura sus lecciones, y tomaban en su compañía aquellas nociones generales o lugares comunes de que acabo de hacer referencia.

»El más célebre de estos sofistas ha sido Gorgias, siciliano. Adquirió un caudal tan grande como su reputación, aunque era un escritor frío, que aspiraba a lo sublime haciendo esfuerzos que le alejaban de él. La magnificencia de sus expresiones solo ha servido comúnmente para manifestar la esterilidad de sus ideas, mas esto no obstante, extendió los límites del arte y sus defectos mismos han servido de lección».

Euclides, enseñándome varios discursos de este orador y varias obras compuestas por algunos de sus discípulos, añadía: «yo hago menos caso del pomposo aparato que despliegan en sus escritos que de la noble y sencilla elocuencia que caracteriza a los de Pródico de Ceos. Este tiene un gran atractivo para las personas juiciosas: escoge casi siempre el término propio, y descubre distinciones muy finas entre las palabras que parecen sinónimas».

Después de una corta digresión acerca de Platón y de Pericles, tuvo Euclides la bondad de exponerme las reglas de la verdadera elocuencia. «Ya conocéis», me dijo, «a los autores que se han distinguido en nuestros días, y os halláis en estado de apreciarlos. Las reglas que justifican la impresión que os han hecho son el fruto de una larga experiencia, y se han formado según las obras y el acierto de los grandes poetas y los primeros oradores.

»El imperio de la elocuencia es muy extenso. Se ejercita en las asambleas generales, donde se delibera sobre los intereses de una nación; ante los tribunales, donde juzgan las causas de los particulares; en los discursos, donde se debe representar el vicio y la virtud bajo sus verdaderos colores, y en todas las ocasiones, en fin, donde se trata de instruir a los hombres. De aquí nacen tres géneros de elocuencia, a saber: el deliberativo, el judiciario y el demostrativo; así pues, las augustas funciones del orador consisten en apresurar o acelerar la decisión del pueblo, defender al inocente, perseguir al criminal, alabar la virtud y vituperar el vicio. ¿Y cómo se ha de efectuar esta persuasión? Con un estudio profundo, dicen los filósofos; con el auxilio de las reglas, dicen los retóricos.

»Si la naturaleza os destina, dicen los primeros, al ministerio de la elocuencia, esperad que la filosofía os conduzca a él a paso lento: que os haya demostrado que el arte de la palabra, debiendo convencer antes que persuadir, debe sacar su fuerza principal del arte del raciocinio: que os haya enseñado, por consecuencia, a no tener más que ideas sanas, a expresarlas de una manera clara, a distinguir de los objetos todas las relaciones y todos los contrastes, y a conocer y dar a conocer a los demás lo que es en sí cada cosa. Continuando su influencia en vos, os llenará de las luces que convienen al hombre de estado, al juez íntegro y al excelente ciudadano: estudiaréis a su vista las diferentes especies de gobiernos y de leyes, los intereses de las naciones, la naturaleza del hombre y el juego movible de sus pasiones.

»Pero, esta ciencia, adquirida en fuerza de largas fatigas, cedería fácilmente al soplo contagioso de la opinión si no la sostuvieseis no solo con una probidad reconocida y una prudencia consumada, sino también con un celo ardiente por la justicia y un profundo respecto a los dioses, testigos de vuestras intenciones y palabras.

»Este es el modo de pensar de los filósofos con respecto o la retórica; ahora sería preciso examinar el fin que los retóricos se proponen y las reglas que nos han prescrito; pero Aristóteles ha emprendido el trabajo de recopilarlas en una obra, en que tratará la materia con aquella superioridad que ya hemos observado en sus primeros escritos. Leedle un día, y creo que me dispensaréis de deciros más sobre este punto».