Eutimenes, uno de nuestros amigos, había confiado siempre la administración de sus bienes a la vigilancia y fidelidad de un esclavo que tenía como capataz de los otros; pero convencido al fin de que el ojo del amo vale más que el de un administrador o mayordomo, tomó el partido de establecerse en su casa de campo situada en el lugar de Acarnas, a sesenta estadios de Atenas. Fuimos a verle algunos años después y tuvimos la satisfacción de encontrarle restablecido de su salud, quebrantada en otro tiempo, y a toda su familia sana y robusta. «Nuestra vida es activa y en ninguna manera agitada», nos dijo; «y así es que no conocemos el tedio, y sabemos gozar de lo presente».
Enseñonos su casa recién construida; está orientada al mediodía, a fin de que la dé el sol de cara en invierno, y que esté preservada del calor en verano, cuando este astro está en su mayor altura. La habitación de las mujeres está separada de la de los hombres por medio de unos baños que impiden toda comunicación entre los esclavos de uno y otro sexo. Cada cuarto era adecuado a su destino, de modo que se conserva el trigo en un sitio seco, y el vino en un lugar fresco. No se advierte lujo alguno en los muebles, mas sí el mayor aseo en todo. Coronas e incienso para los sacrificios, vestidos para las fiestas, armaduras y arneses para la guerra, ropas de cama y otros usos para las diferentes estaciones, utensilios de cocina, instrumentos para moler trigo, etc., etc., todo se encontraba a mano porque todo estaba en su sitio y colocado con simetría.
«Los habitantes de la ciudad», decía Eutimenes, «verían ciertamente con desprecio un arreglo tan metódico, ignorando que así se ahorra tiempo en buscar las cosas, y que un sabio agricultor debe ser tan económico de los instantes como de las rentas.
»Mi mujer y yo hemos partido, continuó diciendo, los cuidados y afanes de la administración de nuestros bienes, no perdiendo de vista que a ella la conciernen los pormenores o mecanismo interior, y a mí los negocios exteriores. Yo me he encargado de cultivar y mejorar la hacienda que heredé de mis padres, y Laódice mi esposa cuida del gasto de la casa, del almacenamiento, venta, préstamo y distribución del trigo, vino, aceite y demás frutos de nuestras cosechas: ella cuida también de la subordinación, de la tarea y del respeto de nuestros criados, enviando unos al campo, ocupando a otros en la elaboración de la lana y enseñándolos a prepararla para hacer de ella vestidos. Su ejemplo suaviza la tarea de ellos, y cuando están enfermos, su asistencia y la mía disminuyen sus sufrimientos. La suerte de nuestros esclavos nos enternece, considerando, que son dignos de buen trato, porque al fin son hombres».
Atravesamos un corral poblado de gallinas, patos y otras aves caseras, y vimos la caballeriza, el aprisco y el jardín lleno de narcisos, jacintos, anémonas y lirios, violetas varias, rosas de diversas especies y toda clase de plantas odoríferas. «No os causará extrañeza», me dijo, «el cuidado que tengo del cultivo de estas flores, pues sabéis que con ellas adornamos los templos, los altares y las estatuas de nuestros dioses; nos coronamos la cabeza en los convites y en nuestras ceremonias religiosas; las echamos por encima de nuestras mesas y camas, y tenemos también el cuidado de ofrecer a nuestras divinidades las que les son más gratas».
Llevonos luego Eutimenes a su hacienda, que tenía más de cuarenta estadios de circuito (legua y cuarto) y en la cual había tenido en el año anterior una gran cosecha de cebada y ochocientos cántaros de vino. Tenía seis acémilas que llevaban diariamente al mercado leña y otras muchas cosas, que le producían doce dracmas diarias (40 reales 8 maravedís).
El territorio de Acarnas está cubierto de viñas. Todo el Ática de olivos, que es el árbol de que se tiene más cuidado. Eutimenes había plantado un gran número de ellos, particularmente a los lados de los caminos que pasaban por su posesión, y los había puesto distantes nueve pies uno de otro, sabiendo que sus raíces se extienden mucho. Continuando nuestro camino, vimos pasar cerca de nosotros numerosos rebaños de ovejas, cubierta cada una de ellas con un pellejo. Esta precaución adquirida de los megarenses, preserva los vellones de la porquería o inmundicia que los mancharía, como también de las zarzas que pudieran desgarrarlos y quitar la lana. Ignoro si contribuye a hacer la lana más fina, pero puedo decir que la de Ática es muy bella, y añado que el arte de la tintura ha llegado al punto de cargarla de colores que nunca pierden.
Al pie de una ladera que servía de límite a una pradera, había muchas colmenas en medio de un campo de romeros y retamas. «Observad», nos dijo Eutimenes, «con qué afán ejecutan las abejas las órdenes de su soberana, la cual, no pudiendo sufrir que estén ociosas, las envía a esta hermosa pradera a recoger los ricos materiales para hacer de ellos el uso conveniente; ella forma también un enjambre, y las obliga o expatriarse acaudilladas por una abeja que ella elige».
Mas a lo lejos, entre unas colinas enriquecidas de viñedos, se extiende un llano donde vimos muchos pares de bueyes, llevando los unos carretadas de estiércol, y otros que, uncidos al arado, abrían lentamente hondos surcos. «Aquí se sembrará cebada», dijo Eutimenes, «porque es el grano que se da mejor en el Ática. Es verdad que el trigo que en él se recoge da un pan muy grato al paladar, pero es de menos alimento que el de la Beocia, y se ha observado no pocas veces que los atletas beocios, cuando permanecen algún tiempo en Atenas, consumen dos quintas partes más de trigo que en su país, no obstante que confina con el nuestro: en esto se conoce que es menester muy poco para modificar la influencia del clima. Aún voy a daros otra prueba. La isla de Salamina está casi tocando con el Ática, y los granos sazonan allí mucho antes que en nuestra tierra».
Hablonos en seguida Eutimenes de las labores del campo; enterándonos de muchos pormenores acerca del cultivo del trigo, extendiéndose aún más sobre el de la viña y, satisfaciendo nuestra curiosidad, nos enteró de muchas cosas relativas al modo de cuidar la hortaliza y los árboles frutales. En todo lo que nos decía concerniente a las ocupaciones rústicas, manifestaba su alegría y nos pintaba con enajenamiento los placeres de la vida del campo.