Una tarde que estábamos sentados a la mesa delante de su casa, a la sombra de unos plátanos altísimos que se encorvaban sobre nuestras cabezas, nos decía: «Cuando yo me paseo por mi hacienda, todo se ríe y ufana a mi vista. Esas mieses, estos árboles, esas plantas no existen sino para mí o más bien para aliviar la suerte de muchos desgraciados. Algunas veces me formo ciertas ilusiones para aumentar mis placeres: entonces me parece que la tierra lleva su atención hasta la delicadeza, y que vienen las flores para anunciar los frutos, así como las gracias deben anunciar entre nosotros los beneficios.

»Una emulación sin rivalidad, forma los lazos que me unen con mis vecinos, los cuales vienen con frecuencia a sentarse alrededor de esta mesa que jamás se vio rodeada de personas que no fuesen amigos míos. La confianza y la franqueza reinan en las conversaciones nuestras: nos comunicamos nuestros descubrimientos, porque muy diferentes de los demás artistas que tienen secretos, cada uno de nosotros tiene tanto gusto en instruir a los demás como en instruirse a sí mismo».

Habiendo salido de Acarnas, subimos otra vez hacia la Beocia y vimos de paso algunos castillos cercados de gruesas murallas y de torres elevadas. Las fronteras del Ática están defendidas por todas partes con plazas fuertes donde se mantienen guarniciones y, en caso de invasión, se manda a las gentes del campo que se refugien en ellas. Vimos en una eminencia el templo de Némesis, diosa de la venganza, cuya estatua es de mármol de Paros, alta de diez codos y hecha de la mano de Fidias. Bajamos luego al lugar de Maratón, cuyos habitantes nos enseñaron los sepulcros de los griegos que murieron en la batalla de los persas; de allí fuimos a dormir a Prasias, lugarcillo situado junto al mar, y al día siguiente llegamos a Tórico, plaza fuerte, donde supimos que se hallaba cerca de allí Platón en casa de Teófilo, uno de sus antiguos amigos, que poseía en aquel territorio una casa de campo. Nuestra vista tuvo el aire de un reconocimiento, y Teófilo prolongó su dulzura deteniéndonos en su casa. Al amanecer del siguiente día, fuimos al monte Laurion, donde están las minas de plata que explotan desde tiempo inmemorial. Penetramos en aquellos lugares húmedos y enfermizos, y fuimos testigos de lo mucho que cuesta sacar de las entrañas de la tierra aquellos metales destinados a no ser descubiertos y menos poseídos que por esclavos.

No dimos noticia a Platón de nuestro viaje a las minas, pero quiso acompañarnos al cabo de Sunio, distante de Atenas cerca de trescientos treinta estadios (cerca de 11 leguas). Allí se ve un soberbio templo de mármol blanco consagrado a Atenea, de orden dórico, rodeado de un peristilo que, como el de Teseo, al cual se parece en la disposición general, tiene seis columnas de frente y trece de lado.

Apenas empezábamos a gozar del gran espectáculo que nos ofrecían las llanuras de la mar y de las islas vecinas, cuando vimos a lo lejos cargarse el horizonte de vapores ardientes y sombríos; el sol se iba volviendo pálido, la superficie del agua, lisa y serena, se cubría de colores lúgubres, cuyos visos variaban incesantemente. Ya el cielo, oscuro y cerrado por todas partes, solamente ofrecía a nuestra vista una bóveda tenebrosa que penetraba la llama y se cargaba sobre la tierra. Toda la naturaleza estaba en silencio, en expectativa y en un estado de inquietud que se comunicaba hasta lo interior de nuestras almas. Buscamos asilo en el vestíbulo del templo y en breve vimos romper el rayo con estrépito la barrera de tinieblas y de fuegos suspensa sobre nosotros, rodar espesas masas de nubes por los aires, correr a torrentes en la tierra, y los vientos desencadenados agolparse al mar y conmoverle hasta en sus abismos. Todo bramaba, el trueno, los vientos, las olas, las cavernas, los montes; y de todos estos ruidos juntos se formaba un estruendo espantoso que parecía anunciar el fin del mundo. Habiendo redoblado el aquilón sus esfuerzos, la tempestad fue a descargar su furia en los climas ardientes del África. Seguímosla con la vista y la oímos bramar a lo lejos; brilló el cielo con una claridad más pura, y aquel mar, cuyas oleadas espumosas se habían levantado hasta los cielos, apenas impelía sus aguas hasta las playas.

Al aspecto de tan inesperadas y rápidas mudanzas, permanecimos por algún tiempo inmóviles y mudos; pero en breve nos recordaron aquellas cuestiones en las cuales se ejercita muchos siglos hace la curiosidad de los hombres. ¿A qué se dirigen estos extravíos y revoluciones de la naturaleza? ¿Deberemos acaso atribuirlos a la casualidad? ¿Es por ventura una causa inteligente la que excita y apacigua las tempestades? ¿Pero qué objeto se propone? ¿De dónde viene que arroja rayos sobre los desiertos y perdona a las naciones culpables? De aquí subimos a la existencia de los dioses, a la confusión del caos y al origen del universo. Perdíamos el tino, y suplicamos a Platón que rectificase nuestras ideas. Estaba este en una meditación profunda, pero cediendo en fin a nuestras instancias, sentose en un poyo y, habiéndonos hecho poner a su lado, empezó de esta manera:

«¡Oh, cuán débiles somos los mortales! ¿Podemos acaso penetrar nosotros los secretos de la divinidad? Postrado a sus pies le pido que ponga en mi boca discursos que le sean gratos y parezcan conformes a la razón. Si me viese obligado a explicarme en presencia de la multitud acerca del primer autor de todas las cosas, del origen del universo y la causa del mal, me vería en la precisión de hablar por enigmas; pero en estos sitios solitarios, donde no tengo más testigos que Dios y mis amigos, tendré la condescendencia de hacer homenaje sin temor a la verdad.

»El Dios que os anuncio es un Dios único, inmutable, infinito. Centro de todas las perfecciones, manantial inagotable de la inteligencia y del ser; era antes que hubiese desplegado su poder en lo exterior, porque no ha tenido principio; era en sí mismo y existía en los arcanos de la eternidad. No, mis expresiones no corresponden a la grandeza de mis ideas, ni mis ideas a la grandeza del asunto.

»Dios, mediante su bondad infinita, había resuelto desde la eternidad formar el universo, según un modelo presente siempre a sus ojos; modelo inmutable, increado, perfecto: idea semejante a la que concibe un artista cuando convierte la tosca piedra en un soberbio edificio; mundo intelectual de que este mundo visible no es más que la copia y la expresión. Todo está a la comprensión nuestra en el universo, todo lo que se oculta a su actividad estaba delineado de una manera sublime en aquel primer plan; y como el ser supremo nada concibe que no sea real, se puede decir que produjo el mundo antes que le hubiese hecho sensible.

»Cuando llegó el instante de esta grande operación, la sabiduría eterna dio sus órdenes al caos y al punto agitó a toda la masa un movimiento fecundo y desconocido. Sus partes, antes divididas por un odio implacable, corrieron a reunirse, a abrazarse y formar una cadena. Brilló la luz por primera vez en las tinieblas; separose el aire de la tierra y del agua, y estos cuatro elementos quedaron destinados a la composición de todos los cuerpos».