Hasta aquí escuché a Platón con un vivo sentimiento de admiración por la sublimidad de su doctrina, pero cuando llegó a hablarnos de un alma del mundo, formada en parte de la esencia divina y de la sustancia material de aquellos genios a quienes Dios confió el gobierno de los astros, de dos almas humanas, la una mortal y la otra inmortal, diciendo que la primera reside en el cerebro y la segunda en la región del estómago, me lamenté de que un filósofo que por la fuerza de su genio y su talento había llegado a formarse tan grandes ideas del primer ser, mezclase en ellas los vagos y falsos sistemas de su imaginación.
CAPÍTULO LVIII.
Sucesos memorables ocurridos en Grecia y en Sicilia (desde el año 357 hasta el de 354 antes de J. C.). — Expedición de Dion. — Juicio de los generales Timoteo e Ifícrates. — Principio de la guerra sagrada.
Ya dije en el capítulo 32 que, desterrado Dion de Siracusa por el rey Dionisio, su sobrino y cuñado, se había en fin determinado a libertar a su patria del yugo que la oprimía. Saliendo de Atenas, marchó para la isla de Zacinto, punto de reunión de las tropas que juntaba algún tiempo había, y allí encontró tres mil hombres, la mayor parte alistados en el Peloponeso, todos de valor acreditado y de una intrepidez superior a los peligros. Se embarcaron con él ochocientos soldados, quedando los demás para salir después al mando de Heráclides.
Después de una violenta tempestad, arribó al puerto de Heraclea Minoa, en la parte meridional de la Sicilia, el cual era una plaza fuerte de los cartaginenses, donde Dionisio se había embarcado para Italia algunos días antes.
A la noticia de su llegada, se pusieron bajo sus órdenes los habitantes de muchas ciudades y corrieron en tropel a recibirle los de Siracusa y los campos inmediatos.
Distribuyó entre cinco mil de ellos las armas que había llevado del Peloponeso, y los principales habitantes de la capital, vestidos de blanco, salieron a su encuentro. Habiendo llegado a la plaza pública se detuvo, y desde un sitio elevado dirigió la palabra al pueblo; presentole de nuevo la libertad, le exhortó a defenderla con vigor y le rogó que no pusiese al frente de la república sino a jefes capaces de gobernarla en tan críticas circunstancias.
Informado Dionisio de la llegada de Dion, algunos días después se fue por mar a Siracusa y entró en la ciudadela, alrededor de la cual había construido un muro que la tenía bloqueada. Envió al momento diputados a Dion, quien les mandó dirigirse al pueblo, y, siendo admitidos en la junta general, procuraron ganarla con expresiones las más lisonjeras. Entre tanto, los bárbaros que componían la guarnición de la ciudadela atacan el muro que la cercaba, demuelen una parte y rechazan a las tropas de Siracusa. Son arrollados inmediatamente por los soldados del Peloponeso, pero Dion queda herido en el combate.
Entonces comprendió Dionisio que para hacer a Dion sospechoso al pueblo debía valerse de los mismos artificios de que había usado en otro tiempo para denigrarle estando a su lado, y al efecto le escribió una carta con este sobre: A mi padre. Leyola Dion en la junta de los siracusanos y vieron que Dionisio le exhortaba a que abandonase el partido del pueblo para salvar a su esposa, su hijo y su hermana, que estaban encerrados en la ciudadela; pero aún quedaba oculto el veneno más activo en las palabras siguientes: «¡Acordaos del celo con que defendisteis la tiranía cuando estabais conmigo! Lejos de volver la libertad a unos hombres que os odian, porque se acuerdan de los males que les habéis causado, guardad el poder que os confían como único que puede salvaros a vos, a vuestra familia y a vuestros amigos». Desde este momento, se vio Dion en la dura necesidad de perdonar al tirano o de remplazarle, y desde este mismo momento debió prever también la pérdida de su crédito.
Mientras que esto pasaba, llegó la segunda división de las tropas del Peloponeso mandada por Heráclides. Este general, que gozaba de una gran consideración en Siracusa, tardó poco en intrigar secretamente contra Dion, al mismo tiempo que se mostraba solícito por él, adulándole servilmente; y habiendo Dion excitado una rebelión contra su persona por la resistencia que hacía al repartimiento de tierras que Heráclides propuso a la junta, se retiró inmediatamente al territorio de los leontinos. Allí permaneció hasta que sus conciudadanos, sitiados por las tropas llegadas de Nápoles al mando de un teniente de Dionisio, le enviaron diputados encargados de implorar su socorro. Apenas supo el riesgo que amenazaba a Siracusa, se puso al frente de sus soldados del Peloponeso y de un cuerpo de leontinos. Preséntase y resuena con júbilo su nombre por toda la ciudad, al mismo tiempo que la llama devora las casas contiguas a la ciudadela. Marcha sin detenerse contra los soldados enemigos, derrota una parte y obliga a los demás a encerrarse de nuevo en su fortaleza, que, defendida por Apolócrates, hijo de Dionisio, tardó muy poco en rendirse.