La gloria de Dion había llegado a su colmo, y viéndose desembarazado de Heráclides, muerto por los siracusanos, parecía que ya no le quedaba otra cosa sino gozar de la estimación y la dicha de aquellos que le debían la libertad. Por desgracia encontró un enemigo más pérfido y peligroso que Heráclides, el cual era un tal Calipo, ciudadano de Atenas, que después de haberle hospedado en su casa durante su residencia en esta ciudad, le siguió a Sicilia. Habiendo obtenido los primeros grados militares, y viéndose honrado de la confianza del general y de las tropas, tramó contra su bienhechor una conjuración y el día de la fiesta de Perséfone le hizo asesinar en su casa por diez soldados. Era Dion de edad de cincuenta años, y hacía cuatro que había vuelto a Sicilia.

Al principio cosechó Calipo el fruto de su perfidia, pero poco tiempo después se reunieron los amigos de Dion para vengar su muerte y fueron vencidos. El asesino, derrotado después por Hiparino, hermano de Dionisio, se retiró a Italia con el resto de los forajidos, y pereció en fin, agobiado por sus miserias, a los trece meses de la muerte de Dion.

Mientras se procuraba destruir la tiranía en Sicilia, Atenas se debilitaba haciendo esfuerzos vanos para sujetar otra vez a su yugo los pueblos que hacía algunos años se habían separado de su alianza. Determinó apoderarse de Bizancio, y con este designio mandó hacerse a la vela ciento veinte galeras al mando de Timoteo, de Ifícrates y de Cares. Fueron al Helesponto, donde en breve los alcanzó la escuadra enemiga que venía a ser igual en fuerzas, y una y otra se disponían para el combate, cuando sobrevino una tempestad violenta. Cares fue de dictamen que se diese el ataque, pero los otros generales, más hábiles y prudentes, se oponen a su consejo, y entonces él manifiesta en voz alta la resistencia a los soldados y se aprovecha de esta ocasión para desconceptuar y perder a sus compañeros. Al leerse en Atenas las cartas que él escribió acusándolos, el pueblo, arrebatado de cólera, les llama inmediatamente y les forma proceso.

Ni las victorias de Timoteo, ni las setenta y cinco ciudades que había reunido a la república, ni los honores que justamente le concedieron en otros tiempos, ni su ancianidad, ni la bondad de su causa, nada pudo bastar para salvarlo de la iniquidad de los jueces. Condenado a una multa de cien talentos que no se hallaba en disposición de poder pagar, se retiró a la ciudad de Calcis en Eubea, y después de su muerte manifestaron sus conciudadanos un arrepentimiento tan infructuoso como tardío.

La condena de Timoteo no aplacó el furor de los atenienses ni pudo intimidar tampoco a Ifícrates, que se defendió con intrepidez, reuniendo a los recursos de la elocuencia uno cuyo éxito le pareció menos incierto, cual fue el de rodear el tribunal de varios oficiales jóvenes adictos a sus intereses, dejando ver él mismo a los jueces un puñal que llevaba oculto bajo del vestido. Salió absuelto y no volvió a servir. Cuando le reconvinieron acerca de este procedimiento, respondió: «Harto tiempo he llevado las armas para salvar a mi patria, y sería poco cuerdo en no tomarlas cuando se trata de salvarme yo mismo».

Entre tanto Cares no fue a Bizancio, y se puso con su ejército a sueldo del sátrapa Artabaces, que se había rebelado contra Artajerjes, rey de Persia. Quedó derrotado el ejército del príncipe, y Cares escribió inmediatamente al pueblo de Atenas diciendo que acababa de ganar a los persas una victoria no menos gloriosa que la de Maratón; pero esta noticia solamente excitó una alegría pasajera, y así es que los atenienses, intimidados con las amenazas del rey, llamaron a su general y se apresuraron a ofrecer la paz y la independencia a las ciudades que habían intentado escapar de su yugo.

A continuación de esta guerra se empezó otra que causó un incendio general y desplegó los grandes talentos de Filipo, para desgracia de la Grecia.

Los focidios se apoderaron de algunas tierras consagradas a Apolo y dependientes del templo de Delfos. Acusados por los de Tebas y Tesalia ante el tribunal de los anfictiones, fueron condenados a pagar una gran multa, cuya sentencia fue seguida en breve de otra que consagraba sus campos al dios que habían ultrajado. En lugar de someterse, se dejaron dominar de la elocuencia de Filomelo, uno de los primeros de entre ellos por sus riquezas y talentos. Tomaron las armas y, haciendo alianza con los lacedemonios, se apoderaron del templo de Delfos, a pesar de los locrios que acudieron a la defensa, y arrancaron de sus columnas los decretos infamatorios que habían expedido los anfictiones contra los pueblos acusados de sacrilegio. Esta guerra, tan célebre bajo el nombre de guerra sagrada, duró más de diez años, cuyos sucesos principales indicaré más adelante.

CAPÍTULO LIX.

Cartas sobre los asuntos generales de la Grecia, dirigidas a Anacarsis y a Filotas, durante su viaje a Egipto y Persia.