Mientras estuve en la Grecia, oí hablar tantas veces de la Persia y del Egipto, que no pude resistir al deseo de recorrer ambos reinos. Apolodoro me dio a Filotas por compañero de viaje, y tanto él como otros amigos nos ofrecieron darnos noticia de cuanto ocurriese durante nuestra ausencia.

(Año 354 antes de J. C.) Emprendimos el viaje a fines del año segundo de la olimpiada ciento seis. Reinaba entonces una calma profunda en el mediodía de la Grecia, al mismo tiempo que el norte estaba alborotado con la guerra de los focidios y las empresas de Filipo rey de Macedonia, siendo esto el motivo de la primera carta que recibí, concebida en los términos siguientes.

CARTA DE APOLODORO.

La Grecia arde en disensiones civiles. Los tebanos, los beocios, los locrios, los tesalios, todos estos pueblos, tratando de vengar injurias particulares, se disponen para vengar el agravio hecho por los focidios a la divinidad de Delfos. Los atenienses, los lacedemonios y algunas ciudades del Peloponeso, se declaran a favor de los focidios, a causa del odio que tienen a los tebanos.

Filomelo se ha apropiado una parte de las riquezas de Delfos para asalariar a los mercenarios que acuden de todas partes a esta ciudad. Ha vencido sucesivamente a los locrios, a los beocios y a los tesalios; pero su triunfo ha sido poco duradero. Por último, los beocios le han derrotado completamente, ha quedado herido y, temiendo caer en manos del enemigo, se ha precipitado de lo alto de un peñasco.

SEGUNDA CARTA DE APOLODORO.

Desde 14 de julio de 353, hasta 3 de julio de 352 antes de J. C.

Onomarco ha remplazado a Filomelo en el mando del ejército y alista nuevas tropas pagadas con el oro y la plata del tesoro sagrado, que ha convertido en moneda.

Ha corrido la voz de que el rey de Persia iba a dirigir sus armas contra la Grecia, y con este motivo ha habido una junta tumultuaria en la cual se ha propuesto llamar a la defensa común a todas las naciones griegas y aun al rey de Macedonia, para anticiparse a los intentos de Artajerjes, invadiendo sus estados. Demóstenes se opuso a este dictamen, pero ha insistido fuertemente acerca de la necesidad de ponerse en estado de defensa, previéndolo todo anticipadamente.

Han sido muy aplaudidas las miras de este orador, pero ya no se piensa en nada, desde que se ha sabido que el rey de Persia no piensa en nosotros.