No sucede lo mismo con Filipo, príncipe que está presente en todos tiempos y lugares. Apenas ha dejado nuestras costas, cuando vuela a la Tracia marítima, toma en ella la plaza fuerte de Metone, la destruye y distribuye sus campos a sus soldados, que le adoran. Durante el sitio de esta ciudad, pasando un río a nado, perdió el ojo derecho de un flechazo lanzado por una máquina o por un soldado enemigo. Sitia en la actualidad el castillo de Herea, sobre el cual tenemos nosotros legítimos derechos.

La guerra sagrada se hace desesperadamente, sin dar cuartel a nadie. Los focidios atacados por Filipo y los tesalios, sus aliados, han sido desbaratados y perseguidos hasta el mar, con pérdida considerable. Seis mil han muerto en la batalla, y tres mil que se han rendido a discreción han sido precipitados a las aguas como sacrílegos. Filipo, cuyo celo religioso está sometido a su ambición, había hecho tomar a sus soldados coronas de laurel como si marchasen al combate en nombre de la divinidad de Delfos, a quien está consagrado este árbol. Intenciones tan justas en la apariencia y unos resultados tan célebres excitan la admiración de los griegos hasta tocar en el entusiasmo, de modo que únicamente se habla de este príncipe y de sus talentos y virtudes.

TERCERA CARTA DE APOLODORO.

Desde el 3 de julio de 352, hasta el 22 del mismo mes del año 351 antes de J. C.

A fin de oponernos a la ambición y a las incursiones de Filipo, habíamos hecho grandes preparativos, pero con motivo de la falsa noticia de su muerte hemos dejado al punto las armas, y Filipo ha dirigido las suyas hacia las Termópilas, con intento de caer sobre la Fócida y luego venir contra nosotros. Por fortuna se encontraba en la costa inmediata una escuadra que conducía un cuerpo de tropas, y Nausicles, que la mandaba, se ha apresurado a desembarcarlas y situarse en el estrecho. Entonces ha tomado Filipo el camino de sus estados.

En estos días pasados se ha ocupado la asamblea general en nuestras desavenencias con este príncipe, y Demóstenes se ha presentado en la tribuna. Propuso el equipo de una escuadra y que se levantase un cuerpo de tropas para hacer la guerra en Macedonia, y no terminarla a no ser con un partido ventajoso o con una acción decisiva. Manifestó en fin sus miras con tanta fuerza y claridad que fueran capaces de desconcertar los planes de Filipo y le impedirían combatirnos a expensas de nuestros aliados, de cuyas naves se apodera impunemente. Toda su arenga está sembrada de rasgos de la más viva elocuencia, conociéndose en su estilo el de Tucídides, que le ha servido de modelo.

CARTA CUARTA DE APOLODORO.

Desde 22 de julio de 351, hasta 11 del mismo mes del año 350 antes de J. C.

Ha muerto Artemisia, reina de Caria, dos años después del fallecimiento de Mausolo, que era su hermano y su esposo. Ya sabéis que Mausolo era uno de aquellos reyes a los cuales puso la corte de Susa en las fronteras del imperio para defender las entradas. Se dice que su esposa, que le gobernaba, habiendo recogido sus cenizas por un exceso de ternura, las echó en el agua que bebía y que su excesivo sentimiento la ha llevado también al sepulcro.

Esta princesa no perdonó medio alguno para perpetuar la memoria de aquel esposo querido. Estimuló con recompensas a los talentos más distinguidos para que se dedicasen a las acciones de Mausolo; compusieron versos y tragedias en honor suyo, y fueron invitados los oradores de la Grecia para hacerle elogios.