Esquines se acostumbró desde muy joven a hablar en público. Se agregó temprano a una compañía de cómicos para hacer en ella únicamente los terceros papeles. A pesar de la hermosura de su voz, el público le declaró una guerra abierta. Dejó pues su profesión; fue escribano de un tribunal subalterno y después ministro de estado. Desde entonces ha mostrado siempre una conducta arreglada y decente. Su elocuencia se distingue por la feliz elección de palabras, por la abundancia y claridad de sus ideas y por una gran facilidad que debe más bien a la naturaleza que al arte; y aunque no tiene tanto nervio como Demóstenes, tiene no obstante el suficiente en sus discursos. Debo añadir que es hombre muy valiente pues se ha distinguido en muchos combates, tanto que Foción ha dado testimonio del valor suyo.
Foción no ha sabido nunca que vivía en esta ciudad ni en este siglo. Es pobre y no se humilla por esto; hace el bien y no se alaba de ello; tiene talento sin ambición y sirve al estado sin interés. Al frente del ejército se contenta con restablecer la disciplina y batir al enemigo, y en la tribuna ni le turban los gritos de la multitud, ni le envanecen los aplausos. Es el único general que nos queda, y casi nunca le empleamos; el más íntegro y acaso el más ilustrado de nuestros oradores, y el que menos escuchamos. Es cierto que no le quitaremos sus principios, pero juro por los dioses que él tampoco nos quitará los nuestros, y en verdad no se dirá que con este despliegue de virtudes añejas y con sus rapsodias de antiguas costumbres, Foción será bastante fuerte para corregir a la nación más amable del universo.
Ved a Cares, que enseña con su ejemplo a nuestros jóvenes a profesar públicamente la corrupción. Es el general más bribón y más torpe de cuantos tenemos, pero el más acreditado porque se ha puesto bajo la protección de Demóstenes y de algunos otros oradores, al mismo tiempo que da fiestas al pueblo.
CARTA NOVENA DE APOLODORO.
Por todas partes resonaba aquí el estruendo de las armas, pero una palabra de Filipo las ha hecho caer de nuestras manos. Tomó Olinto, y desde entonces solo respiramos guerra, mas luego dos de nuestros actores, Aristodemo y Neoptólemo, a quienes trata el príncipe bondadosamente, nos aseguraron a su vuelta, que persistía en sus primeras disposiciones, y con esto ya no respiramos más que paz.
Acabamos de enviar a Macedonia diez diputados, todos personas distinguidas por sus talentos, los cuales deben arreglar con Filipo los principales artículos del tratado, y empeñarle a enviarnos plenipotenciarios para concluirlo en esta ciudad. Para conseguir su beneplácito es preciso que tengan el arte y la dicha de agradarle. El actor Aristodemo tiene contraídas obligaciones con algunas ciudades que debían dar espectáculos, y vamos a enviar a suplicarles de rodillas de parte del senado que no le multen, porque la república le necesita en Macedonia. El autor de este decreto es aquel Demóstenes que en sus arengas trataba a Filipo con tanto desprecio.
CARTA DE CALIMEDÓN.
Nuestros embajadores han desempeñado su misión con tanta eficacia y prontitud que ya están de vuelta. Voy a contaros algunas anécdotas acerca de su viaje.
Demóstenes, cuya vanidad tanto les molestaba, no cesaba de prometerles que abriría delante del rey las fuentes inagotables de su elocuencia. «No temáis a Filipo, les decía, yo le coseré la boca de tal modo que se verá obligado a restituirnos Anfípolis».
Cuando estuvieron en presencia de Filipo, Tesifonte y los demás, se explicaron en pocas palabras; Esquines elocuente y largamente; Demóstenes... vais a verlo. Levantose muerto de miedo. No era aquella la tribuna de Atenas, ni aquella multitud de obreros que componen nuestras asambleas, pues Filipo estaba rodeado de sus cortesanos, la mayor parte personas de talento. Todos habían oído hablar de las magníficas promesas de Demóstenes y todos esperaban su efecto con una atención que acabó de trastornarle. Empieza temblando o tartamudear un discurso oscuro, lo advierte él mismo, se turba, se corta y calla. En vano procuró el rey alentarle, pues ya no volvió a levantarse sino para caer más pronto, y cuando hubieron gozado un rato de su silencio, el heraldo hizo que se retirasen nuestros diputados. A poco rato los mandaron entrar otra vez, y cuando estuvieron sentados Filipo examinó por orden sus pretensiones, respondió a sus quejas, se detuvo particularmente en el discurso de Esquines, y le dirigió muchas veces la palabra: en seguida, tomando un tono de dulzura y bondad, manifestó un deseo el más sincero de ajustar la paz. En tanto Demóstenes se esforzaba con ademanes para llamar la atención, pero no logró ni una palabra, ni siquiera una mirada.