Después del regreso de los diputados, se ha conducido bien en la asamblea del senado. Habiendo sido entregada a esta compañía la carta de Filipo, Demóstenes ha felicitado a la república por haber confiado sus intereses a unos diputados tan recomendables por su elocuencia como por su probidad; ha propuesto que les concedan una corona de olivo y que al día siguiente se les convide a comer en el Pritaneo. El senado-consulto es en todo conforme a lo que ha pedido.

No cerraré esta carta hasta que se haya acabado la asamblea general.

Salgo de ella en este momento. Demóstenes ha hecho maravillas. Los diputados acababan de referir, cada uno por su orden, diferentes circunstancias de la embajada. Esquines dijo alguna cosa de la elocuencia y la feliz memoria de Filipo. Ctesifonte de su belleza, de su rostro, de su fecundo ingenio y de su humor festivo cuando tiene el vaso en la mano. Todos fueron aplaudidos. Subió Demóstenes a la tribuna con un continente más grave que de costumbre y empezó su discurso diciendo: «¿Cómo nos atrevemos a pasar el tiempo en nimiedades cuando se trata de un asunto el más importante? Yo por mi parte voy a daros cuenta de mi embajada. Léase el decreto del pueblo, en virtud del cual marchamos, y la carta que el rey nos ha remitido. Acabada su lectura, aquí tenéis nuestras instrucciones, las cuales hemos cumplido.

»Ved aquí lo que ha respondido Filipo: solo falta deliberar. Voy a proponer un decreto. El heraldo de Filipo ha llegado y tras él vendrán sus embajadores. Pido que sea permitido tratar con ellos, y que los pritanos convoquen una junta que se celebrará en dos días consecutivos, y en la cual se delibere sobre la paz y la alianza. Pido también que se den elogios a los diputados si lo merecen, y que se les convide a comer mañana en el Pritaneo». Este decreto se ha aprobado a pluralidad de votos, y el orador ha recobrado su ascendiente.

CARTA DÉCIMA DE APOLODORO.

Os envío una relación circunstanciada de una parte de lo ocurrido en nuestras asambleas hasta la conclusión de la paz.

Han llegado Antípatro, Parmenión y Euríloco, los cuales vienen de parte del rey para celebrar el tratado. Antípatro es después de Filipo el más hábil político de la Grecia, tanto que el príncipe suele decir: «Podemos entregarnos a los placeres y al reposo, pues vela por nosotros Antípatro».

Parmenión, querido del soberano y más todavía de los soldados, se ha dado ya a conocer con muchas proezas, y sería el primer general de la Grecia si Filipo no existiese. Por los talentos de estos dos diputados se puede juzgar del mérito de Euríloco, su asociado.

Hemos hecho con Filipo un tratado de paz que lo es también de alianza; le cedemos nuestros derechos sobre Anfípolis, pero creemos recibir en indemnización o la isla de Eubea, de que él puede disponer, o la ciudad de Oropo, que nos han quitado los tebanos. También nos lisonjeamos de que nos dejará gozar el Quersoneso de Tracia. Hemos comprendido en el tratado a todos nuestros aliados, y por este medio salvamos al rey de Tracia, a los habitantes de Halo y a los focidios.

Salimos garantes a Filipo de cuanto posee actualmente, y miraremos como enemigos a cuantos intenten despojarle de ello.