Aunque nada han prometido estos embajadores, nosotros nos hemos dado prisa a prestar juramento en sus manos, y a nombrar diputados para ir a recibir el suyo.
Después de algunas dilaciones, han partido al fin estos diputados, y en lugar de ir en derechura al campo de Filipo que se hallaba haciendo la guerra al rey de Tracia Cersobleptes, se han tomado veinte días de tiempo para ir a Pela, capital de la Macedonia, y han abrazado el partido de esperar allí tranquilamente a que la expedición de este príncipe se concluya. A su vuelta comprenderá sus nuevas adquisiciones entre las posesiones de que le hemos salido garantes, bajo pretexto de que todavía no ha visto a los embajadores ni ratificado el tratado que podía detener el curso de sus expediciones.
Nuestros diputados están de vuelta en Atenas; darán cuenta de su misión al senado pasado mañana, y a la asamblea del pueblo en el día siguiente.
No hay cosa más criminal ni irritante que su conducta, si se da crédito a Demóstenes que era uno de ellos. Hay sospechas de que Esquines y Filócrates han cedido a los regalos y caricias de Filipo.
El día de la audiencia les hizo hacer antesala este príncipe que aún estaba en cama, y los embajadores murmuraban de esto. «No lo extrañéis», les dijo Parmenión, «pues Filipo duerme mientras veláis, así como velaba cuando vosotros dormíais». Dejose ver al fin, y cada uno expuso el objeto de su misión. Extendiose Esquines sobre la determinación que el príncipe había tomado de terminar la guerra de los focidios, le suplicó que restituyese la libertad a las ciudades de Beocia cuando estuviese en Delfos, y restableciese las que habían abolido los tebanos; que no entregase a estos indistintamente los desgraciados habitantes de la Fócida, sino que sometiese el juicio de los que habían profanado el templo de Apolo y saqueado el tesoro a la decisión de los pueblos anfictiónicos, encargados en todo tiempo del conocimiento de esta clase de crímenes.
Filipo, sin explicarse abiertamente acerca de estas peticiones, despidió a los diputados de las otras ciudades de la Grecia, partió con los nuestros para la Tesalia, y firmó el tratado en una posada de la ciudad de Feres jurando la observancia. Se negó a comprender en él a los focidios, por no violar el juramento que había hecho a los tesalios y tebanos, pero hizo promesas y dio una carta. Despidiéronse de él nuestros diputados, y las tropas del rey avanzaron hacia las Termópilas.
El senado se ha reunido esta mañana, Demóstenes ha tratado de probar que sus colegas han obrado contra sus instrucciones, que están de inteligencia con Filipo, y que no tenemos otro recurso que el de volar al socorro de los focidios y ocupar el paso de las Termópilas. El senado ha expedido un decreto conforme a su dictamen, pero no ha concedido elogios a los diputados, ni les ha convidado a comer en el Pritaneo, severidad que jamás había ejercido contra los embajadores.
FRAGMENTO DE UNA CARTA DE CALIMEDÓN.
Acabo de conocer a fondo a Demóstenes. Si queréis un genio vigoroso y sublime, hacedle subir a la tribuna; si un hombre pesado, inhábil y de mal modo, trasladadle a la corte de Macedonia. Se ha dado prisa para hablar el primero cuando nuestros diputados se han presentado a Filipo. Empezó prorrumpiendo en invectivas contra sus colegas; en seguida hizo una larga retahíla de los servicios que había hecho al príncipe; luego la lectura fastidiosa de los decretos que había propuesto para acelerar la paz; su atención en hospedar en su casa a los embajadores de Macedonia, en proporcionarles buenos almohadones en los espectáculos, en escogerles tres tiros de mulas cuando regresaron y en acompañarles él mismo a caballo; todo esto a despecho de los envidiosos, al descubierto, con la única intención de complacer al monarca. Sus colegas al oír esto se tapaban el rostro para ocultar su rubor, y él continuaba: «No he hablado de vuestra belleza», decía al rey, «porque este es el mérito de una mujer; ni de vuestra memoria, porque es el de un retórico; ni de vuestra habilidad para beber, porque es el de una esponja». En fin, tanto es lo que ha dicho que nadie ha podido contener la risa.