Filipo ha sacado de su expedición el fruto que esperaba, cual es la libertad de pasar las Termópilas cuando quiera; el honor de haber terminado una guerra de religión; el derecho de presidir en los juegos públicos; y otro más importante, que es el de asiento y voto en la junta de los anfictiones.

El pueblo ya no teme a Filipo desde que se ha retirado a sus estados. El modo con que ha dirigido y terminado la guerra de los focidios, su desinterés en el repartimiento de los despojos y, en fin, su comportamiento mejor examinado, nos deben tranquilizar tanto en lo presente como atemorizarnos para lo venidero que acaso no está lejos. Este príncipe quiere conquistar a los griegos antes que a la Grecia; quiere ganar nuestra confianza, acostumbrarnos a las cadenas, obligarnos quizá a pedírselas, y por medios lentos y suaves hacerse insensiblemente nuestro árbitro, nuestro defensor y nuestro dueño.

CARTA DECIMOTERCERA DE APOLODORO.

Desde el 13 de julio de 345 hasta el 4 de julio de 344 antes de J. C.

Timónides de Léucade ha llegado hace algunos días. Bien sabéis que acompañó a Dion a Sicilia, hace trece años, y que peleó siempre a su lado. La historia que está escribiendo contendrá los pormenores de esta célebre expedición.

Nada hay más espantoso que el estado en que ha dejado aquella isla, en otro tiempo tan floreciente. No parece sino que la fortuna ha elegido este teatro para mostrar en un corto número de años todas las vicisitudes de las cosas humanas. La mayor parte de las ciudades han roto los lazos que constituían su fuerza cuando estaban unidas a la capital, y se han entregado a jefes que las han esclavizado prometiéndoles la libertad. Estas revoluciones se han hecho con torrentes de sangre, con odios implacables y crímenes atroces.

Todas estas calamidades han convertido la Sicilia en un horroroso desierto: aldeas y lugares han desaparecido: los campos incultos, las ciudades, medio destruidas y casi sin gentes, están pasmadas de horror en vista de aquellas ciudadelas donde se encierran los tiranos rodeados de los ministros de la muerte. Ya lo veis, Anacarsis: no hay cosa más funesta para una nación que ya no tiene valores morales que la empresa de romper sus cadenas. Los griegos de Sicilia estaban demasiado corrompidos para conservar su libertad, eran demasiado vanidosos para tolerar la servidumbre. A fuerza de sufrir, han llegado a ser los hombres más desventurados y los más viles esclavos.

Acaba de salir de aquí Timónides, quien ha recibido cartas de Siracusa en las cuales le dicen que Dionisio ha vuelto a ocupar otra vez el trono, habiendo arrojado de él a Niseo, su hermano por parte de padre, y al cual ha encerrado en un calabozo, condenándole a perder la vida.

CARTA DECIMOCUARTA DE APOLODORO.

Acabamos de recibir noticias de Sicilia, Dionisio se creía dichoso en el trono, manchado no pocas veces con la sangre de su familia. Cuando salió de Italia para Sicilia, dejó a su mujer, sus hijas y su hijo menor en la capital de los locrios epicefirios. Así que se ausentó, estos pueblos, contra los cuales había ejercido la tiranía más horrible, quitaron la vida a toda su familia con una muerte la más lenta y dolorosa. Esta desgracia que acaba de ocurrir ha difundido el terror en todo su imperio. No hay que dudarlo: Dionisio va hacer olvidar las crueldades de su padre con las suyas.