CARTA DECIMOQUINTA DE APOLODORO.
Desde el 4 de julio de 344 hasta el 25 de julio de 343 antes de J. C.
Seguid, si podéis, las rápidas operaciones de la última campaña de Filipo. Junta un ejército, cae sobre la Iliria, se apodera de muchas ciudades, coge un botín inmenso, vuelve a Macedonia, penetra en la Tesalia a donde le llaman sus partidarios, libértala de todos los tiranuelos que la oprimían, la divide en cuatro grandes distritos, pone a su frente jefes que le son adictos, une así con nuevos lazos los pueblos que la habitan, se hace confirmar los derechos que percibía en sus puertos y vuelve a sus estados tranquilamente.
En la actualidad toma con empeño la defensa de los mesenios y de los argivos, a quienes da soldados y dinero, y ha enviado a decir a los lacedemonios que si se atreven a atacarlos entrará en el Peloponeso. Demóstenes ha ido a Mesenia y a la Argólida, mas a pesar de sus esfuerzos, no ha podido lograr que estas dos naciones conozcan sus verdaderos intereses.
CARTA DECIMOSEXTA DE APOLODORO.
Acaba de enseñarme Isócrates una carta que escribe a Filipo. Un viejo cortesano no sería más diestro y sagaz para lisonjear a un príncipe. Se disculpa de atreverse a darle consejos, pero se ve en la precisión de hacerlo porque lo exige el interés de la Grecia y de Atenas, tratándose del cuidado que debería tomar en su conservación el rey de Macedonia. «Todo el mundo os vitupera», le dice, «el precipitaros al peligro con menos precaución que un simple soldado. Es muy glorioso morir por su patria, por sus hijos y por aquellos que nos han dado el ser; pero no hay cosa tan reprensible como exponer una vida de la cual depende la suerte de un imperio, y marchitar con funesta temeridad la carrera esclarecida de tantas hazañas».
Isócrates querría establecer entre Filipo y los atenienses una amistad sincera, y dirigir sus fuerzas contra el imperio de los persas. Mira la república como cosa propia; conviene en que hemos desacertado, pero los dioses mismos no son irreprensibles a nuestros ojos.
No paso adelante, y no me causa extrañeza que un hombre de más de noventa años de edad sea todavía tan rastrero, cuando lo ha sido toda su vida. Me aflige, sí, que muchos atenienses piensen del mismo modo. De aquí debéis inferir lo mucho que han mudado nuestras ideas desde vuestra ausencia.
CAPÍTULO LX.
De la naturaleza de los gobiernos según Aristóteles y otros filósofos.