»Jenofonte, a quien habéis conocido, continuó con acierto la historia de Tucídides. A estos dos historiadores, lo mismo que a Heródoto, se les tendrá en lo venidero por los principales de los nuestros, aunque se diferencian en el estilo.
»Heródoto bosquejó la historia de los asirios y de los persas, pero un autor que conocía mejor que él estas dos célebres naciones ha descubierto y manifestado sus errores. Este es Ctesias de Cnido, que ha vivido en nuestro tiempo. Fue médico en la corte de Artajerjes e hizo una larga mansión en la corte de Susa. Nos ha comunicado lo que ha encontrado en los archivos del imperio, lo que ha visto y cuanto le habían transmitido testigos oculares. Entre otras muchas obras nos ha dejado una historia de las Indias, en que trata de los animales y de las producciones naturales de aquellos climas lejanos; pero como no tuvo bastantes noticias exactas, se empieza ya a dudar de la verdad de sus relaciones.
»Aquí tenéis las antigüedades de Sicilia, la vida de Dionisio el viejo y el comienzo de la de su hijo, escrita por Filisto, que murió pocos años después de haber visto desecha enteramente la armada que mandaba en nombre del más joven de estos príncipes. Filisto tenía talentos que de algún modo le han hecho comparable con Tucídides, pero no tenía las virtudes de este historiador, antes bien se puede decir que era un esclavo que escribió para adular a los tiranos.
»Con esto doy fin a esta corta enumeración. Acaso no hallaréis un pueblo, una ciudad, un templo célebre que no tenga su historiador. Muchos escritores se ocupan hoy día en este género, y entre otros os citaré a Éforo y a Teopompo que ya se han distinguido».
Entraron estos últimos en aquel momento, y Euclides, que los esperaba, me dijo aparte que nos leerían algunos fragmentos de las obras en que entonces se ocupaban. Venían con ellos tres amigos, y Euclides había convidado por su parte a algunos de los suyos.
«Me he propuesto», dijo Éforo, «escribir cuanto ha pasado entre los griegos y los bárbaros desde la vuelta de los heráclidas hasta nuestros días, en el transcurso de ochocientos cincuenta años; en esta obra, dividida en treinta libros, precedido cada uno de un prólogo, se hallará el origen de los diferentes pueblos, la fundación de las ciudades principales, sus colonias, sus leyes y costumbres, la naturaleza de sus climas y los grandes hombres que han producido». Dijo por último que las naciones bárbaras eran más antiguas que las de Grecia, y esta confesión me previno a favor suyo.
Este preámbulo fue seguido de la lectura de un fragmento sobre Egipto, falto de exactitud. A pesar de estos defectos, su obra será mirada siempre como un tesoro, tanto más precioso cuanto que cada nación encontrará en ella, con separación y buen orden, todo lo que pueda interesarla. El estilo es puro, elegante, florido, aunque frecuentemente sujeto a ciertas armonías, y casi siempre falto de elevación y energía.
Concluida esta lectura, todos volvieron la vista hacia Teopompo, que empezó hablándonos de sí mismo con tanta vanidad que al punto nos indispuso contra él; pero a propósito de su obra, que es una continuación de Tucídides y la historia de la vida de Filipo de Macedonia, se empeñó en un camino tan luminoso, desenvolvió tan grandes conocimientos sobre los negocios de la Grecia y de otros pueblos, tanta inteligencia en la distribución de los hechos, tanta sencillez, claridad, nobleza y armonía en su estilo, que nos vimos obligados a colmar de elogios a un hombre que merecía ser humillado.
No obstante, las fábulas y las relaciones increíbles entibiaron nuestra admiración; y sus frecuentes digresiones, así como las arengas que ponía en boca de los generales antes de la batalla, nos impacientaban haciéndonos perder fácilmente el hilo de sus narraciones.