»Esta opinión es tan antigua como general entre las naciones, de las cuales la hemos adquirido. Nosotros poblamos la tierra y los cielos de genios, a los cuales ha confiado el Ser supremo la administración del universo, y los distribuimos por donde quiera que la naturaleza parece animada, pero principalmente en aquellas regiones que se extienden alrededor y encima de nosotros, desde la tierra hasta la esfera de la luna. Ejerciendo allí su autoridad sin límites, dispensan la vida y la muerte, los bienes y los males, la luz y las tinieblas.
»Cada pueblo, cada particular, encuentra en estos agentes un amigo íntimo que le proteja, y un enemigo no menos ardiente en perseguirle. Están revestidos de un cuerpo aéreo, y su esencia está entre la naturaleza divina y la nuestra: son superiores a nosotros en inteligencia; algunos están sujetos a nuestras pasiones, y la mayor parte a mudanzas que les hacen pasar a una clase superior. Algunos están sujetos a nuestras dolencias y penas, y así es que se ven cual nosotros atormentados por las penas y destinados a la muerte. Según Hesíodo, las ninfas viven millares de años, y según Píndaro, una hamadríada muere con el árbol que la ha encerrado en su seno».
CAPÍTULO LXIII.
Continuación de la biblioteca de un ateniense. — La historia.
Viéndome Euclides ir muy temprano al día siguiente: «Me sacáis de un cuidado», me dijo, «pues temía que os hubieseis fastidiado de lo larga que fue nuestra última conferencia. Hoy trataremos de los historiadores, sin detenernos en opiniones ni preceptos.
»Muchos autores han escrito de historia, pero antes de Heródoto todos se han limitado a trazar la de una ciudad o de una nación: todos han ignorado el arte de unir a una misma cadena los acontecimientos que interesan a los diversos pueblos de la tierra, y hacer un todo regular de tantas partes desunidas. Heródoto tuvo el mérito de concebir aquella grande idea y de ejecutarla. Abrió a los ojos de los griegos los anales del universo conocido, y les ofreció bajo un mismo punto de vista, todo lo que había pasado memorable en el transcurso de doscientos cuarenta años. Entonces se vio por la primera vez un conjunto de pinturas que, puestas unas al lado de otras, se hacían más y más espantosas; y las naciones, siempre inquietas, siempre en movimiento aunque celosas de su reposo, desunidas por el interés y reunidas por la guerra, suspirando por la libertad y gimiendo por la tiranía; por todas partes triunfando el crimen, la virtud perseguida, la tierra empapada de sangre y el imperio de la destrucción establecido de un cabo al otro del mundo. Pero la mano que pintaba estos cuadros supo de tal modo suavizar los horrores con los encantos del colorido y las imágenes halagüeñas, juntó tanta gracia, armonía y variedad a la belleza de su plan, y excitó tan continuamente aquella dulce sensibilidad que se regocija del bien y se aflige del mal, que su obra fue mirada como una de las más preciosas producciones del espíritu humano. Heródoto ha hecho por la historia general lo que hizo Homero por el poema épico; los que vengan después que él podrán distinguirse por la belleza de las descripciones y por una crítica más ilustrada, pero la dirección de la obra y el encadenamiento de los hechos tratarán más bien de igualarle que excederle.
»En cuanto a su vida bastará advertir que nació en la ciudad de Halicarnaso en Caria, hacia el cuarto año de la olimpiada setenta y tres (hacia el año 484 antes de J. C.); que viajó por muchos países de aquellos cuya historia quería escribir; que su obra, leída en la junta de los juegos olímpicos y en seguida en la de los atenienses, fue aplaudida por todas partes; y que viéndose en la precisión de dejar su patria, despedazada por las facciones, fue a acabar sus días en una ciudad de la Magna Grecia.
»En el mismo siglo vivía Tucídides, que tenía trece años menos que Heródoto y era de una de las principales familias de Atenas. Puesto al frente de un cuerpo de tropas, contuvo por algún tiempo las de Brásidas, general el más hábil de Lacedemonia, pero habiendo este sorprendido la ciudad de Anfípolis, vengose Atenas en Tucídides de un revés que él no pudo precaver.
»Durante su destierro, que duró veinte años, reunió materiales para la historia de la guerra del Peloponeso, y no perdonó medio ni gasto alguno para conocer las causas que la motivaron y los intereses particulares que la hicieron duradera. Esta historia, que comprende los veintiún años primeros de aquella fatal guerra, descubre su extremado amor a la verdad y su carácter inclinado a la reflexión.
»Su obra no es como la de Heródoto, una especie de poema en que se ve las tradiciones de los pueblos sobre su origen, el análisis de sus usos y de sus costumbres, la descripción de los países que habitan, y los sucesos maravillosos que despiertan casi siempre la imaginación, sino más bien unos anales, o si se quiere, las memorias de un militar que, siendo a un mismo tiempo hombre de estado y filósofo, ha mezclado en sus relaciones y en sus arengas los principios de sabiduría que había aprendido de Anaxágoras y las lecciones de elocuencia que le dio el orador Antifonte. Sus relaciones son por lo regular profundas, siempre justas, su estilo enérgico, conciso, y por lo mismo algunas veces oscuro, ofendiendo al oído por intervalos; pero llama incesantemente la atención, y se diría que su misma dureza constituye su majestad. Si este autor estimable usa de expresiones anticuadas o palabras nuevas, es a causa de que un ingenio tal como el suyo rara vez se acomoda a la lengua que habla todo el mundo.