»Los equinoccios son el tiempo a propósito para marchar y volver las aves. Las más débiles van delante; casi todas viajan juntas como en tribus; y tienen que hacer una larga travesía antes de llegar al término de su viaje. Las grullas vienen de Escitia, y se van hacia las lagunas que hay en los confines del Egipto y donde nace el Nilo.
»La misma causa que obliga a ciertas aves a expatriarse todos los años, obra en el seno de las aguas. En Bizancio se ve en ciertas épocas muchas especies de peces ya subir hacia el Ponto-Euxino, ya bajar al mar Egeo, los cuales van en cuerpo de nación como las aves, y su camino, así como nuestra vida, está indicado por las celadas que los esperan a su tránsito.
»3.º Se han hecho investigaciones sobre la duración de la vida de los animales, y se cree que en muchas especies las hembras viven más que los machos; pero, sin detenernos en esta diferencia, podemos decir que los perros llegan comúnmente hasta catorce o quince años, y algunas veces hasta veinte; los bueyes con corta diferencia a la misma edad; los caballos a dieciocho o veinte, algunas veces a treinta y aun a cincuenta; los asnos a más de treinta; los camellos pasan de cincuenta, y algunos llegan a cien; los elefantes según unos llegan a doscientos años, y según otros a trescientos. Antiguamente se decía que el ciervo vivía cuatro veces tanto como la corneja, y esta última nueve veces la edad del hombre. Lo que en el día se sabe de cierto en cuanto al ciervo es que el tiempo del preñado y la rapidez con que crece no permite atribuirles tan larga vida.
»La naturaleza hace algunas veces excepciones a las leyes generales. Los atenienses os citarán el ejemplo de un mulo que murió de edad de ochenta años, al cual, cuando se construyó el templo de Atenea, se le dio libertad porque era viejísimo, pero él continuó yendo delante de los demás, animándolos con su ejemplo y procurando participar de sus fatigas. Por un decreto del pueblo se prohibió a los mercaderes espantarle cuando se acercase a los granos o frutos que estuviesen de venta en el mercado.
»4.º Se ha observado que la naturaleza pasa de un género y de una especie a otra por graduaciones imperceptibles, y que desde el hombre hasta los seres más insensibles todas sus producciones parece que están unidas con un enlace continuo.
»Tomemos los minerales que forman el primer anillo de la cadena, en los cuales no veo más que una materia pasiva estéril, sin órgano, y por consecuencia sin necesidades y sin funciones. Al punto me parece distinguir en algunas plantas una especie de movimiento, sensaciones oscuras, una chispa de vida, y en todas una reproducción constante pero exenta de cuidados maternales que la favorezcan. Voy a las orillas del mar, y casi dudo si las conchas que veo pertenecen al género de los animales o al de los vegetales. Vuelvo atrás, y se multiplican a mi vista las señales de vida al ver seres que se mueven, que respiran, y que tienen apetitos y deberes. Si hay algunos de ellos que, como las plantas de que acabo de hablar, fueron abandonados al acaso desde su infancia, también hay otros cuya educación fue más o menos cuidada. Estos viven en sociedad con el fruto de sus amores; aquellos se han extrañado de su familia.
»Muchos ofrecen a mi vista el bosquejo de nuestras costumbres; entre ellos encuentro caracteres dóciles como también indomables, al mismo tiempo que veo rasgos de dulzura, de audacia, de barbarie, de temor, de cobardía, y a veces hasta la imagen de la prudencia y de la razón. Nosotros tenemos la inteligencia, la sabiduría y las artes, y ellos tienen facultades que suplen a estas ventajas.
»Esta serie de analogías nos conduce en fin al extremo de la cadena, donde está el hombre colocado. Entre las cualidades que le asignan el lugar supremo, observo dos esenciales. La primera es aquella inteligencia que durante su vida le eleva a la contemplación de las cosas celestes, y la segunda es su acertada organización, y en particular ese tacto, el primero, el más necesario y el más exquisito de nuestros sentidos, la fuente de la industria y el instrumento más apropiado para ayudar a las operaciones del entendimiento. “A la mano”, decía el filósofo Anaxágoras, “debe el hombre una parte de su superioridad”».
»¿Y por qué», dije yo, «ponéis al hombre en la extremidad de la cadena? ¿Acaso no será un vasto desierto el espacio inmenso que le separa de la divinidad? Los egipcios, los magos de Caldea, los frigios, los tracios, lo llenan de habitantes tan superiores a nosotros como nosotros lo somos a los brutos».
«Solo hablaba yo», respondió Euclides, «de los seres visibles. Es de presumir que haya una infinidad de otros seres superiores a nosotros, los cuales no podemos ver. Desde el ser más tosco nos hemos remontado por grados imperceptibles hasta nuestra especie, y para llegar desde este término hasta la divinidad es menester sin duda pasar por diversos órdenes de inteligencias, tanto más excelsas y más puras cuanto más se acercan al trono del eterno.