»Tal es el plan de Aristóteles, según yo he podido comprender por sus conversaciones y sus cartas».
«Pudiera yo atribuir a Demócrito», dijo Anaxarco, «el mismo proyecto que decís de Aristóteles. Veo aquí las obras sin número que él ha publicado sobre la naturaleza y las diferentes partes del universo, sobre los animales y las plantas; sobre nuestra alma, nuestros sentidos, deberes y virtudes; sobre la medicina, la anatomía, la agricultura, la lógica, la geometría, la astronomía y la geografía; y añado también sobre la música y la poesía. Y no hablo de ese estilo encantador que difunde las gracias en las materias más abstractas. La opinión pública le ha puesto en primer lugar entre los físicos que han aplicado los efectos a las causas. Admírase en sus escritos una multitud de ideas nuevas, a veces muy atrevidas y comúnmente muy atinadas».
«Empédocles», dijo Metón a su vez, «ilustró a su patria con sus leyes y a la filosofía con sus escritos: su poema sobre la naturaleza y todas sus obras en verso abundan de bellezas que el mismo Homero no hubiera desaprobado. Convengo, no obstante, en que sus metáforas, por felices que sean, perjudican a la precisión de sus ideas y solo sirven algunas veces para echar un velo brillante sobre las operaciones de la naturaleza. En cuanto a los dogmas, sigue a Pitágoras no con la deferencia ciega de un soldado, sino con la noble audacia de un jefe de partido y la independencia de un hombre que hubiera preferido vivir como simple particular en una ciudad libre que reinar sobre esclavos. Aunque se haya ocupado principalmente en estudiar los fenómenos de la naturaleza, no por esto deja de manifestar su opinión sobre las primeras causas».
Luego que hablaron por turno Euclides, Anaxarco y Metón para explicar los sistemas de Aristóteles, de Demócrito y de Empédocles sobre el origen y los primeros principios de las cosas: «Convenid», me dijo Anaxarco riéndose, «en que Demócrito tenía razón de decir que la verdad está arrinconada en un pozo de inmensa profundidad». «Convenid también», le respondí, «en que se quedaría atónita si viniese a la tierra y principalmente a la Grecia». «En tal caso se volvería al instante a su encierro», replicó Euclides, «pues nosotros la tendríamos por el error».
Habiéndose despedido de Euclides Anaxarco y Metón, Euclides volvió otra vez a hablar de Aristóteles, y quiso comunicarme las principales observaciones con que este filósofo trata de enriquecer la historia de los animales.
«Hay algunas de ellas», dijo, «que él me ha comunicado y que voy a referir para instruiros del modo con que ahora se estudia la naturaleza.
»1.º Mirando o los animales con relación al clima, se ha notado que los salvajes son más feroces en Asia, más fuertes en Europa, más variados en sus formas en África; y que aquellos que viven en los montes son más perversos que los que habitan en las llanuras.
»El clima influye poderosamente en las costumbres, y así es que el exceso del frío y del calor los hace agrestes y crueles; los vientos, las aguas, los alimentos bastan a veces para alterarlos. Las naciones del mediodía son tímidas y cobardes; las del norte, valerosas y confiadas; pero las primeras son más ilustradas, porque son quizás más antiguas, acaso también porque son más afeminadas. En efecto, las almas fuertes se ven rara vez movidas del inquieto deseo de instruirse.
»2.º Las aves son muy sensibles a los rigores de las estaciones, y así es que al acercarse el invierno o el verano, unas bajan a las llanuras o se retiran a los montes, y otras dejan su morada y van lejos a respirar un aire más templado.
»No de otro modo el rey de Persia, para evitar el exceso de frío o de calor, traslada sucesivamente su corte al norte y al mediodía de su imperio.