Solía divertirse algunas veces hablando de la semejanza que tenían sus facciones con las del dios Sileno. Era de genio festivo y placentero, de carácter firme y consecuente; tenía gracia particular para hacer la verdad palpable e interesante: sus discursos carecían de adornos pero no de elevación, manifestándose siempre en ellos la propiedad en las palabras así como el enlace y la exactitud de las ideas. Decía que Aspasia le había dado lecciones de retórica, dando a entender sin duda que a su lado había aprendido a explicarse con más gracia. Tuvo amistad con esta mujer célebre, con Pericles, Eurípides y los hombres más distinguidos de su siglo, pero sus discípulos fueron siempre sus verdaderos amigos; estos le adoraban, y yo mismo los he visto enternecerse al acordarse de él mucho tiempo después de su muerte.
Mientras conferenciaba con ellos, les hablaba frecuentemente de un genio que lo acompañaba desde su infancia y cuyas inspiraciones jamás le inducían a emprender cosa alguna, antes bien le solían contener cuando iba a ejecutar. Si le consultaban sobre algún proyecto que podía tener algún mal resultado, se hacía oír la voz secreta, y si había de salir bien, guardaba silencio. Entonces tomaba sin duda sus presentimientos por inspiraciones divinas, y atribuía a una causa sobrenatural los efectos de su prudencia o de la casualidad.
Jamás tuvieron los atenienses con este gran filósofo las consideraciones de que era digno. Aristófanes, Eupolis y Amipsias le pusieron en ridículo sacándole al teatro, tratando así de burlarse de su pretendido genio y de sus largas meditaciones. Aristófanes le representó suspendido del suelo, asimilando sus pensamientos al aire sutil y ligero que respiraba, invocando las diosas tutelares de los sofistas, las Nubes, cuya voz creía oír en medio de las nieblas y tinieblas que le rodeaban. Era preciso desconceptuarle con el pueblo, y para ello le acusa el poeta de enseñar a los jóvenes a despreciar a los dioses y engañar a los hombres.
Dicen que Sócrates no se desdeñó de asistir a la primera representación, porque semejantes insultos no alteraban su constancia, ni más ni menos que los otros acontecimientos de su vida. «Yo debo corregirme», decía, «si las reconvenciones de estos autores son fundadas, y si no lo son, despreciarlas».
Veinticuatro años habían pasado ya desde la representación de Las Nubes, pareciendo que había pasado también para él el tiempo de las persecuciones, cuando recibió la inesperada noticia de que un joven llamado Meleto acababa de denunciarle al segundo arconte como a un enemigo de los dioses y un corruptor de la juventud, pidiendo contra él la pena de muerte. Sirviéronse de Meleto, como instrumento de su odio, otros dos acusadores más poderosos llamados Ánito y Licón.
El denunciador, persiguiendo a Sócrates como a un impío, debía prometerse que le perdería porque el pueblo admitía siempre con calor esta clase de acusaciones; por otra parte, persiguiéndole como a un corruptor de la juventud, a favor de una acusación tan vaga, podía recordar por incidencia y sin riesgo alguno las opiniones que el acusado había manifestado contra el gobierno popular, establecido desde la expulsión de los treinta tiranos, entre los cuales se contaba Critias, uno de los discípulos de Sócrates. Mantúvose este quieto durante los primeros trámites de la causa, pero sus discípulos atemorizados se apresuraron a conjurar la tempestad. El célebre Lisias hizo en su favor un discurso persuasivo y capaz de conmover a los jueces, pero Sócrates, aunque reconoció los talentos del orador, no encontró en el discurso el lenguaje vigoroso de la inocencia. Un amigo suyo llamado Hermógenes le rogó un día que trabajase en su defensa, y Sócrates respondió: «Me he ocupado en ella desde que respiro... Examínese mi vida entera y en ella se hallará mi apología. La posteridad se pronunciará entre mis jueces y yo: hará recaer el oprobio sobre su memoria y cuidará de la mía, y me hará la justicia de creer que, lejos de pensar en corromper a mis compatriotas, únicamente me he dedicado a hacerlos mejores».
Estas eran sus disposiciones cuando le citaron para comparecer ante el tribunal de los heliastas, al cual acababa de remitir el proceso el arconte rey, y que en esta ocasión se compuso de quinientos jueces. Meleto y los demás acusadores habían plenamente concertado sus planes, y en sus arengas, sostenidos de todo el prestigio de la elocuencia, habían reunido con mucho estudio todas las circunstancias a propósito para prevenir a los jueces. Voy a referir algunos de sus alegatos.
Primer delito de Sócrates: Que no admite las divinidades de Atenas, aunque según la ley de Dracón, todo ciudadano está obligado a honrarlas.
Segundo delito de Sócrates: Que pervierte la juventud de Atenas.
Muchos amigos de Sócrates tomaron su defensa: otros escribieron en su favor, y Meleto hubiera quedado vencido si no hubiesen acudido en su auxilio Ánito y Licón.