Defendiose el acusado para obedecer a la ley, pero lo hizo con la firmeza de la inocencia y la dignidad de la virtud. La mayor parte de los jueces eran gentes ordinarias, sin luces ni principios: unos tuvieron su firmeza por un insulto, otros se ofendieron de los elogios que se dio a sí mismo, y habiendo procedido a la sentencia le declararon reo y convicto. Sus enemigos ganaron por la diferencia de algunos votos, y aun hubiesen tenido menos y hubiera recaído sobre ellos el castigo si Sócrates hubiese hecho el más leve esfuerzo para conmover a sus jueces.

Según la jurisprudencia de Atenas, era menester segunda sentencia para imponer la pena. Meleto en su acusación pedía la de muerte, y Sócrates podía escoger entre una multa, el destierro o el encierro perpetuo; pero tomando otra vez la palabra, dijo que se encontraría culpable si se impusiese a sí mismo el castigo más leve, cuando, en recompensa de los grandes servicios que había hecho a la república, era acreedor a que le mantuviesen en el Pritaneo a expensas del público. Al oír esto, ochenta de los jueces que habían votado a su favor se pusieron de parte del acusador, y se pronunció una sentencia de muerte, expresando que terminase el veneno los días del acusado.

Sócrates la oyó con la serenidad de un hombre que toda su vida había estado aprendiendo a morir. Cuando salió del palacio para ir a la cárcel, no se advirtió alteración alguna en su semblante ni en su andar, y viendo él que sus discípulos le acompañaban vertiendo llanto: «¿Y por qué», les dijo, «no habéis llorado hasta hoy? ¿Ignorabais que cuando la naturaleza me concedió la vida, me condenó a perderla?». Al mismo tiempo vio pasar a Ánito, y dijo a sus amigos: «¡Mirad cuán envanecido y altivo está de su triunfo! Pero ignora que la victoria queda siempre para el hombre virtuoso».

El día siguiente de su sentencia, el sacerdote de Apolo puso una corona en la popa de la galera que lleva todos los años a Delos las ofrendas de los atenienses, y desde que se hace la ceremonia hasta que ha vuelto la nave, la ley prohíbe que se ejecute ninguna sentencia de muerte. Con este motivo pasó Sócrates treinta días en la cárcel rodeado de sus discípulos, los cuales para aliviar su dolor iban todos los días a recibir sus miradas y sus palabras, que a cada instante creían oírlas por la vez postrera.

Un día al despertarse, vio sentado junto a su cama a Critón, que era uno de los que él más quería, y le dijo: «¿Por qué habéis venido hoy más temprano que otros días?». «Por una novedad fatal, no para vos, sino para mí y vuestros amigos: la novedad más cruel y más horrible que puede haber». «¿Ha vuelto la nave?». «Ayer tarde la vieron en Sunio, hoy llegará sin duda, y mañana será el día de vuestra muerte». «Sea en hora buena, pues tal es la voluntad de los dioses».

Entonces Critón le participó que, unido con otros amigos, había tomado la resolución de sacarlo de la cárcel, que todo estaba dispuesto para la noche próxima, y que le proporcionarían en Tesalia un cómodo retiro para vivir tranquilo. «¡Ay, mi querido Critón!», le respondió, «vuestro celo no está conforme con los principios que siempre me he propuesto seguir y que nunca abandonaré a pesar de los tormentos más rigurosos. Habiendo declarado que preferiría la muerte al destierro, ¿crees tú que yo iría, siendo infiel a mi palabra así como a mi deber, a mostrar a las naciones lejanas a Sócrates proscrito, humillado, convertido en infractor de las leyes y enemigo de la autoridad, por conservar algunos días más la vida entre pesares y deshonra? ¿Iría yo a perpetuar la memoria de mi debilidad y de mi crimen, y no atreverme a pronunciar las palabras de virtud y de justicia sin avergonzarme de mí mismo y excitar contra mí las más agudas recriminaciones? No, amigo mío; estaos quietos, y dejadme seguir el camino que me han señalado los dioses».

A los dos días de esta conversación, pasaron a la cárcel los once magistrados encargados de la ejecución de las sentencias de los criminales, le quitaron las cadenas y le notificaron que había llegado la hora de su muerte. Entraron después de esto muchos discípulos suyos, y hallaron a su lado a Jantipa, que tenía en brazos a su hijo menor, y apenas ella los vio, exclamó con voz interrumpida de sollozos. «¡Ay, ved ahí por última vez a vuestros amigos!». Sócrates suplicó a Critón que la llevasen a su casa, y la sacaron de allí, dando gritos dolorosos y arañándose la cara.

Jamás se mostró a sus discípulos con tanta serenidad y espíritu. En su última conversación les dijo que a nadie le es permitido atentar contra su vida, porque estando en la tierra como colocados en un puesto, no debemos dejarle sin permiso de los dioses; que en cuanto a él, conformándose con su voluntad, suspiraba el momento que le pondría en posesión de la dicha que había tratado de merecer por su conducta. Pasando de aquí al dogma de la inmortalidad del alma, lo fundó en una multitud de pruebas que justificaban sus esperanzas.

Luego entró en un cuartito para bañarse, a donde le siguió Critón, y los demás amigos se quedaron hablando de los discursos que acababan de oír y del estado a que iba a reducirles su muerte.

Presentáronle sus tres hijos, dos de los cuales eran de edad muy tierna, y habiendo hecho algunas prevenciones a las mujeres que los habían llevado, las despidió, y volvió a juntarse con sus amigos.