A breve rato entró el carcelero que le llevaba el veneno. «Estoy cierto», dijo a Sócrates, «de que no me atribuís vuestro infortunio, pues harto conocéis a los autores. Quedad con dios, y procurad someteros a la necesidad». Las lágrimas apenas le permitieron acabar, y se fue a un rincón de la cárcel para derramarlas libremente. «Adiós», le respondió Sócrates, «seguiré vuestro consejo», y volviéndose hacia sus amigos les dijo: «¡Qué buen corazón tiene este hombre! Mientras he estado aquí ha venido algunas veces a darme conversación... Mirad cómo llora... Critón, es preciso obedecerle; que traigan el veneno si está preparado, y si no, que lo preparen al momento».

Critón le hizo presente que el sol no se había puesto todavía, y que otros habían tenido la libertad de prolongar su vida algunas horas más. «Tendrían sus razones», contestó Sócrates, «y yo tengo las mías para obrar de otro modo».

Entonces Critón dio sus órdenes, y cuando todo estuvo pronto, un criado le trajo la copa fatal, y Sócrates le preguntó qué era lo que tenía que hacer. «Pasearos después de haber tomado la pócima», respondió el hombre, «y echaros boca arriba cuando sintáis que os flaquean las piernas». Entonces, sin inmutarse y con mano firme tomó la copa, dirigió sus oraciones a los dioses y la llevó a sus labios.

En aquel terrible momento quedaron suspensos y horrorizados los ánimos de todos, y derramaron lágrimas espontáneamente, aumentándose los sollozos al oír los lamentos del joven Apolodoro, que, después de haber llorado todo el día, andaba por la cárcel dando espantosos alaridos. «¿Qué es lo que hacéis, amigos míos?», les dijo Sócrates con la mayor serenidad. «Mandé salir de aquí a las mujeres para no ser testigo de semejantes debilidades: cobrad ánimo; siempre he oído decir que la muerte debía ir acompañada de buenos augurios».

En tanto, no dejaba de pasearse, pero luego que sintió pesadez en sus piernas, se echó en la cama y se tapó con el manto. El criado mostraba a los circunstantes los progresos sucesivos del veneno: heló sus pies y manos un frío mortal, y estaba cerca de insinuarse en el corazón, cuando Sócrates levantó el manto y dijo a Critón: «Debemos un gallo a Esculapio; no olvidéis el cumplimiento de este voto». «Quedaréis satisfecho», respondió Critón, «¿pero no tenéis otra cosa que advertirnos?». No respondió. Un instante después hizo un leve movimiento; el criado le destapó, recibió su última mirada y Critón le cerró los ojos.

Así murió el hombre más religioso, el más virtuoso y feliz, el único quizás que, sin temor de que le desmintieran, pudo decir en alta voz: «Nunca cometí la menor injusticia, ni con mis obras ni con mis palabras».

CAPÍTULO LXVI.

Fiestas y misterios de Eleusis.

De todos los misterios establecidos en honor de las diferentes divinidades, no hay otros más célebres que los de Deméter, cuyas ceremonias arregló ella misma, según dicen. Cuando recorría la tierra en busca de su hija Perséfone, arrebatada por Hades, llegó a la llanura de Eleusis, y, satisfecha del buen recibimiento que la hicieron aquellos habitantes, les hizo dos beneficios singulares, cuales son: el arte de la agricultura y el conocimiento de la doctrina sagrada. Añaden que los misterios menores que sirven de preparación para los mayores, fueron instituidos en favor de Heracles.

Se pretende que ha difundido el espíritu de unión y de humanidad por donde quiera que los atenienses han introducido este sistema religioso, que purifica el alma de su ignorancia y de sus manchas, que proporciona una asistencia particular de los dioses, los medios de llegar a la perfección de la virtud, las delicias de una vida santa, la esperanza de una muerte sosegada y de una felicidad sin límites. Los iniciados ocuparán un lugar distinguido en los campos elíseos, gozarán de una luz pura y vivirán en el seno de la divinidad, mientras que los demás habitarán cuando mueran en unos lugares de horror y tinieblas.