Para evitar semejante alternativa, van los griegos de todas partes a Eleusis para mendigar la prenda de la dicha que se les anuncia. Los atenienses son admitidos a las ceremonias de la iniciación desde la edad más tierna, y aquellos que nunca han sido iniciados las piden a la hora de la muerte.
Sin embargo, algunas personas ilustradas creen no tener necesidad de tal asociación para ser virtuosas. Así es que Sócrates jamás quiso agregarse a ella, y este rechazo dio motivo a dudar de su religión.
Los grandes misterios se celebran todos los años, y la fiesta de los menores es también anual, y cae seis meses antes.
Salí yo con algunos de mis amigos a fin de hacer algunas indagaciones sobre esta institución. La puerta por donde se sale de Atenas para ir a Eleusis se llama la puerta sagrada, y el camino por donde se va, la vía sacra. El espacio que hay entre estas dos ciudades es de cerca de cien estadios (más de tres leguas y cuarto). Habiendo pasado una colina muy alta y cubierta de adelfas, entramos en el territorio de Eleusis. A corta distancia del mar se prolonga en la llanura una colina, en cuya falda y a la extremidad oriental han erigido el famoso templo de Deméter y Perséfone, y más abajo la pequeña ciudad de Eleusis. En las cercanías y sobre la colina misma hay muchos monumentos sagrados y hermosas casas de campo propias de ricos habitantes de Atenas.
El templo, construido por disposición de Pericles, es de mármol pentélico, mira hacia el oriente y es tan vasto como magnífico. Los más célebres artistas fueron encargados de llevar esta obra a su perfección.
Entre los ministros del templo hay cuatro principales. El primero es el hierofante, cuyo nombre significa el que revela las cosas santas, y su principal función es iniciar en los misterios. Se presenta con una vestidura distinguida, la frente adornada con una diadema y los cabellos sueltos por los hombros. Su sacerdocio es perpetuo, y desde el momento en que entra en él, queda sujeto al celibato.
El segundo ministro está encargado de llevar la antorcha sagrada en las ceremonias, y de purificar a los que se presentan a la iniciación. Los otros dos son el heraldo sagrado y el asistente del altar. Todos cuatro son de las más ilustres familias de Atenas, y tienen a sus órdenes otros ministros subalternos.
Preside las fiestas el segundo arconte, encargado especialmente de conservar en ellas el buen orden, y de impedir que en nada se falte al culto. Estas fiestas duran muchos días.
Para la iniciación en los grandes misterios, estaba señalada la noche siguiente al sexto día. Los novicios iban coronados de flores: los vimos entrar en el recinto sagrado, y a la mañana siguiente uno de los recién iniciados, que era amigo mío, me explicó algunas ceremonias que había presenciado. «Encontramos», me dijo, «a los ministros del templo revestidos de sus ornamentos pontificales, y apenas habíamos tomado puesto cuando gritó un heraldo: “Fuera de aquí los profanos, los impíos y todos aquellos cuya alma esté manchada de crímenes”. Hecha esta advertencia, se impondría pena de muerte a cualquiera que tuviese la temeridad de quedarse en la junta sin tener derecho. El segundo ministro hizo tender bajo nuestros pies las pieles de las víctimas ofrecidas en sacrificio, y nos purificó nuevamente. Leyeron en voz alta los ritos de la iniciación y cantaron himnos en honor de Deméter; oyose al punto un ruido sordo, de modo que parecía que la tierra bramaba debajo de nuestros pies, y el rayo y los relámpagos no dejaban vislumbrar más que fantasmas y espectros que andaban errantes en las tinieblas, haciendo resonar en los lugares santos unos alaridos que nos helaban de espanto, y unos gemidos que despedazaban nuestras almas. El dolor mortal, los cuidados devoradores, la pobreza, las enfermedades, la muerte se presentaban a nuestra vista bajo aspectos odiosos y fúnebres. El hierofante explicaba estos diversos emblemas, y sus pinturas animadas aumentaban nuestra inquietud y nuestro susto.
»En tanto, a la claridad de una luz débil nos íbamos acercando a aquella región de los infiernos donde las almas se purifican hasta que llegan a la mansión de la bienaventuranza. En medio de muchas voces lastimeras oímos las amargas quejas de aquellos que habían atentado contra su vida. “Esos reciben su justo castigo”, dijo el hierofante, “porque han abandonado el puesto que los dioses les habían confiado en este mundo”.