»Apenas pronunció estas palabras, cuando se abrieron con estrépito unas puertas de bronce y ofrecieron a nuestra vista los horrores del tártaro. Allí no se oía más que ruido de cadenas y lamentos de los desdichados, y entre estos gritos lúgubres y penetrantes, salían de cuando en cuando estas terribles palabras: “Aprended en este ejemplo a respetar a los dioses, a ser justos y agradecidos”. Vimos también a las furias, armadas de látigos, encarnizarse cruelmente en los criminales.
»Estas pinturas horrorosas, animadas incesantemente por la voz sonora y majestuosa del hierofante, que parecía ejercer el ministerio de la venganza celeste, nos llenaban de espanto, y apenas daban tiempo para respirar cuando nos hicieron pasar a unos bosquecillos deliciosos y a unas praderas amenas, mansión afortunada, imagen de los campos elíseos donde brillaba una claridad pura al mismo tiempo que se oían unas voces melodiosas que suspendían los sentidos. Introducidos luego en el lugar santo, fijamos la vista en la estatua de la diosa, resplandeciente de luz y ricamente adornada. Allí era donde debían acabarse nuestras pruebas, y allí hemos visto y oído cosas que no es permitido revelar. Únicamente diré que, en la embriaguez de una alegría santa, hemos cantado himnos para felicitarnos de nuestra dicha».
Preciso es confesar que la iniciación, a pesar de todo lo que en ella se ve y se oye, no es casi más que una vana ceremonia. Así es que cuantos la han recibido no son más virtuosos que los demás, pues quebrantan todos los días el juramento que hicieron de abstenerse de comer volatería, pesca, granadas, habas y algunas otras especies de frutas y legumbres. Muchos de ellos han contraído esta obligación sagrada por miras poco conformes a su objeto, pues casi en nuestros días se ha visto al gobierno permitir la compra del derecho de participar de los misterios para salir del apuro de las rentas públicas, y hace ya mucho tiempo que se admiten a la iniciación mujeres de mala vida. Día vendrá, pues, en que la corrupción desfigurará una asociación la más santa.
CAPÍTULO LXVII.
Historia del teatro de los griegos.
(Año 343 antes de J. C.) Por este tiempo di yo fin a mis averiguaciones sobre el arte dramático.
En el seno de los placeres tumultuosos, y en los extravíos de la embriaguez causados por las fiestas de Dioniso, se formó un arte el más arreglado y sublime. Trasladémonos tres siglos más atrás del nuestro, y veremos que, entre los poetas que entonces florecían, los unos cantaban las acciones y las aventuras de los dioses y los héroes, y los otros perseguían con malignidad los vicios y las extravagancias de los hombres. Los primeros tomaban a Homero por modelo, los segundos se autorizaban y abusaban de su ejemplo.
Conocíase ya la necesidad y el poder del arte teatral. Susarión y Tespis, ambos naturales de un lugarcillo del Ática, se dejaron ver cada cual al frente de una compañía de actores; el uno en las tablas y el otro en un carro. El primero persiguió los vicios y las extravagancias de su tiempo, y el segundo trató asuntos más nobles tomados de la historia.
La excesiva afición que se propagó repentinamente, en la ciudad y en el campo, a las composiciones dramáticas de estos dos autores, justificó que era inútil la recelosa previsión de Solón. Los poetas, que hasta entonces se habían ejercitado en los ditirambos y en la sátira licenciosa, conociendo las reglas acertadas con que empezaban a caracterizarse estos géneros, consagraron sus talentos a la comedia y la tragedia: muy en breve variaron los asuntos del segundo de estos poemas, empezando a tenerse por extraños al culto de Dioniso.
Frínico, discípulo de Tespis, dejó la tragedia en la infancia. Esquilo la recibió de sus manos envuelta en un tosco vestido, con el rostro cubierto de varios colores, o con una máscara sin carácter, sin gracias, sin dignidad en sus movimientos, explicándose algunas veces con decoro y elegancia, y otras muchas con un estilo débil, rastrero y obsceno. Este padre de la tragedia se había distinguido en las batallas de Maratón, de Salamina y de Platea, y desde su más tierna juventud se entregó a la lectura de aquellos poetas que inmediatos a los tiempos heroicos, concebían unas ideas tan grandes como sus hechos.