Introdujo un segundo actor en sus primeras tragedias, y más adelante, a imitación de Sófocles, que acababa de entrar en la carrera del teatro, añadió un tercero y algunas veces un cuarto: por esta multiplicidad de personajes, uno de los actores venía a ser el héroe de la pieza, y excitaba el principal interés. Sus planes son sumamente sencillos: descuidaba o no conocía bastante el arte de salvar las inverosimilitudes, de enlazar y desenlazar una acción, de ligar íntimamente sus partes, y de acelerarla o suspenderla con conocimientos u otros accidentes imprevistos. Únicamente interesa algunas veces por la relación de los hechos y la viveza del diálogo, y en ocasiones por la fuerza del estilo o por el terror del espectáculo. Parece que miraba como esencial la unidad de acción y de tiempo, y como menos necesaria la de lugar.

El carácter y las costumbres de los personajes son convenientes, y rara vez se desmienten. Escogió continuamente sus modelos en los tiempos heroicos, y los sostiene en la elevación en que Homero puso a los suyos. Se complace en pintar almas vigorosas, francas, superiores al temor, amantes de la patria, insaciables de gloria y de combates, más grandes que son hoy día; tales como quisiera formarlas para la defensa de la Grecia, porque escribía en tiempo de la guerra de los persas.

En tiempo de Esquilo no se conocía para el género heroico más que el tono de la epopeya y el del ditirambo, los cuales se acomodaban tanto a la elevación de sus ideas y de sus sentimientos que los trasladó a la tragedia sin desfigurarlos. Dominado por un entusiasmo de que ya no es dueño, prodiga los epítetos, las metáforas, todas las expresiones figuradas de los sentimientos del alma, todo lo que da peso, fuerza, magnificencia en el lenguaje, todo lo que puede en fin animarle y darle expresión. Bajo su pincel vigoroso, las relaciones, las ideas, las máximas, todo se convierte en imágenes admirables por su belleza o por su singularidad.

La elocuencia de Esquilo era tan fuerte que no permitía sujetarla a los adornos de la elegancia, de la armonía y de la corrección, y su vuelo muy alto y atrevido exponiéndose a extravíos y caídas. Su estilo en general es noble y sublime, en algunas partes grande hasta el exceso, y pomposo hasta la hinchazón, algunas veces desconocido y chocante por comparaciones mezquinas, juegos pueriles de palabras, y otros vicios que son comunes a este autor y a los que tienen más gusto y más genio. A pesar de sus defectos, mereció un lugar muy distinguido entre los poetas más célebres de la Grecia.

Acusado falsamente de haber revelado en una de sus piezas los misterios de Eleusis, le fue difícil escaparse del furor de un pueblo fanático. Habiendo abandonado su patria, pasó a Sicilia, donde el rey Hierón le colmó de beneficios y honores, y allí murió poco tiempo después, de edad de cerca de setenta años. Los atenienses decretaron honores a su memoria, y más de una vez se ha visto a los autores que se dedicaban al teatro ir a hacer libaciones en su sepulcro y declamar sus obras alrededor de este fúnebre monumento.

Los progresos del arte fueron rápidos en extremo. Sófocles, contemporáneo de Esquilo, disputó la gloria a este gran trágico. Nació Sófocles de una familia noble de Atenas en el año cuarto de la olimpiada setenta (hacia el año 497 antes de J. C.), y catorce años antes del nacimiento de Eurípides. Después de la batalla de Salamina, puesto al frente de un coro de jóvenes que alrededor de un trofeo entonaban cánticos de victoria, llamó la atención del concurso por la bizarría y belleza de su persona, y el voto de todos por la melodía de su lira; en diferentes ocasiones le confiaron empleos importantes, ya civiles, ya militares. A la edad de ochenta años, fue acusado por un hijo ingrato de que no se hallaba ya en estado de dirigir los negocios de su casa, y se contentó con leer en la audiencia el Edipo en Colono, cuya obra acababa de hacer; los jueces, indignados por la acusación, le conservaron sus derechos, y todos los circunstantes le condujeron en triunfo a su casa. Murió a la edad de noventa y un años, después de haber gozado de una gloria cuyo brillo se aumenta de día en día. A la muerte de Eurípides, ocurrida poco antes de la suya, se dejó ver vestido de luto, acompañó en su dolor a los atenienses, y en una pieza que daba no permitió que los actores se pusiesen coronas.

Aplicose al principio a la poesía lírica, pero su ingenio le puso muy pronto en un camino más glorioso, y su primer ensayo le fijó en él para siempre. Siendo de edad de veintiocho años, concurría con Esquilo que estaba en posesión del teatro, y después de la representación de las obras se reunió en favor suyo la pluralidad de los votos, de modo que su concurrente, resentido por esta preferencia, se retiró poco tiempo después a Sicilia.

El joven Eurípides fue testigo de este triunfo de Sófocles; a la edad de dieciocho años se le vio entrar en la carrera, y durante muchos años recorrerla a la par de su rival, siendo semejantes a dos soberbios competidores que con igual fogosidad aspiran a la victoria.

Diversas causas le empeñaron al fin de sus días a retirarse a la corte de Arquelao, rey de Macedonia, que reunía en su corte a todos los que se distinguían en las letras y en las artes. Murió pocos años después, de edad de unos setenta y seis años, y los atenienses enviaron diputados a Macedonia para pedir su cuerpo y trasladarle a Atenas, pero Arquelao no escuchó sus súplicas, tuvo por un honor el conservar los restos de un gran hombre, y le erigió un sepulcro magnífico cerca de su capital. Al mismo tiempo le erigieron también los atenienses un cenotafio en el camino que va desde la ciudad al Pireo. En Salamina, su patria nativa, me llevaron, inmediatamente que llegué, a una gruta donde se pretende que compuso la mayor parte de sus piezas dramáticas; también en el lugar de Colono me enseñaron los habitantes más de una vez la casa en que Sófocles pasó una parte de su vida.

Casi a un mismo tiempo perdió Atenas estos dos célebres poetas, y apenas habían cerrado los ojos cuando Aristófanes compuso una pieza que fue representada con aplauso, y en la cual señaló el primer lugar a Esquilo, el segundo a Sófocles y el tercero a Eurípides. Esta decisión era entonces conforme a la opinión de la mayoría de los atenienses. Cualquiera que sea su mérito particular, y a pesar de las diferencias que mediaban entre ellos, se verán siempre al frente de los que han ilustrado la escena.