Aunque la comedia tenga el mismo origen que la tragedia, su historia menos conocida indica revoluciones cuyos pormenores ignoramos, y descubrimientos cuyos autores nos oculta. Habiendo nacido en las aldeas del Ática hacia la olimpiada cincuenta (580 años antes de J. C.), acomodada a las costumbres groseras de las gentes del campo, no se atrevía a acercarse a la capital. Solo después de una larga infancia creció de repente en Sicilia. En lugar de un amontonamiento de escenas sin orden ni enlace, el filósofo Epicarmo estableció una acción, ligó todas sus partes, la trató en una justa extensión, y la condujo hasta el fin sin extravíos: sus composiciones, sujetas a las mismas leyes que la tragedia, fueron luego conocidas en Grecia, sirvieron allí de modelo, y la comedia participó en breve con su rival del voto público y del homenaje debido a los talentos. Los atenienses en particular la acogieron con el entusiasmo que pudiera excitar la noticia de una victoria. Muchos de ellos se ejercitaron en este género, y sus nombres adornan la lista numerosa de aquellos que desde Epicarmo hasta nuestros días se han distinguido en él. Tales fueron entre los más antiguos, Magnes, Cratino, Crates, Ferécrates, Eupolis y Aristófanes que murió unos treinta años antes de mi llegada a Grecia. Todos vivieron en el siglo de Pericles. La lectura de sus piezas prueba claramente que no tuvieron más objeto que el de agradar a la multitud; que todos los medios les parecieron indiferentes, y que a su vez emplearon la parodia, la alegoría y la sátira, sostenidas por imágenes las más obscenas y por expresiones las más groseras.
Algunos, tratando un objeto en su generalidad, se abstuvieron de toda injuria personal, pero otros fueron tan pérfidos que confundieron los defectos con los vicios y el mérito con el ridículo. Espías en la sociedad y delatores en el teatro, entregaron las reputaciones a la malignidad de la multitud, y a su envidia los que tenían bienes, mal o bien adquiridos. No había ciudadano, por elevado ni despreciado que fuera, que estuviese a salvo de los tiros de ellos; a veces le señalaban valiéndose de ciertas alusiones de fácil aplicación, y en muchas ocasiones por sus nombres y las facciones del rostro figuradas en la máscara del actor. Los autores de estas sátiras recurrían a la impostura para saciar su encono, y a las injurias indecentes para complacer al populacho. Con el veneno en la mano recorrían todas las clases de ciudadanos y lo interior de las casas para sacar a luz todos los horrores que el tiempo no había descubierto. Otras veces se desencadenaban contra los filósofos, los poetas trágicos y sus propios rivales. Eurípides se vio toda su vida perseguido por Aristófanes, y unos mismos espectadores celebraron las piezas del primero, y la crítica que hacía el segundo.
La parte más sana de la nación murmuraba, y algunas veces con éxito, de los atentados de la comedia, hasta que al fin salió un decreto prohibiendo su representación; después otro que prohibía también el nombrar personas, y en el tercero el insultar a las autoridades; pero estos decretos se olvidaban o revocaban luego.
Hacia el fin de la guerra del Peloponeso, habiéndose apoderado del gobierno un corto número de ciudadanos, se trató al momento de reprimir la licencia de los poetas, permitiendo a la persona agraviada que los demandase en juicio. El terror que inspiraron estos hombres poderosos produjo en la comedia una revolución repentina. Ya no se oyeron sátiras directas contra los particulares, ni invectivas contra los jefes del estado, ni tuvieron retratos en las máscaras. El mismo Aristófanes se sometió a la reforma en sus últimas piezas, y los que le siguieron después, tales como Eubulo, Antífanes y otros muchos, respetaron las reglas de la decencia.
Este es el estado en que se hallaba la comedia durante mi residencia en Grecia. Algunos continuaban tratando y glosando los asuntos históricos y fabulosos, pero los más preferían los fingidos; y el mismo espíritu de análisis y de observación que conducía a recoger en la sociedad aquellos rasgos dispersos cuya reunión caracteriza la grandeza de alma o la pusilanimidad, empeñaba a los poetas a pintar en lo general las singularidades que impactan a la sociedad o las acciones que la deshonran.
La comedia había llegado a ser un arte arreglado, pues los filósofos habían podido definirla diciendo que imita no todos los vicios, sino únicamente aquellos que son susceptibles de ponerse en ridículo, y añadían que, a ejemplo de la tragedia, puede exagerar los caracteres para hacerlos más interesantes.
Después de haber seguido los progresos de la tragedia y de la comedia, me falta hablar de un drama que reúne a la gravedad de la primera, la alegría de la segunda. La sátira tuvo también su origen en las fiestas de Dioniso, donde los coros de sátiros y de silenos hacían alternar con dichos jocosos los himnos que cantaban en honor de este dios.
Esto dio la primera idea de la sátira, poema en que se tratan los asuntos más serios de un modo conmovedor y cómico al mismo tiempo. Se distingue de la tragedia en la especie de personajes que admite, en la catástrofe, que nunca es funesta, en el estilo, los chistes y las bufonadas que constituyen el principal mérito; se distingue de la comedia por la naturaleza del asunto, por el tono de dignidad que reina en algunas de sus escenas y el cuidado que se pone en apartar las personalidades; y se distingue de una y otra por los ritmos que le son propios, por la sencillez de la fábula, por los límites prescritos a la duración de la acción, y porque la sátira es una pieza corta que se da después de la representación de la tragedia para descanso de los espectadores.
La escena presenta a la vista bosques, montes, grutas y perspectivas varias. Los personajes del coro disfrazados del modo extravagante que se atribuye a los sátiros, unas veces ejecutan danzas vivas y saltadoras, otras hacen diálogos o cantan con los dioses o los héroes, y de la diversidad de ideas, sentimientos y expresiones resulta un contraste raro y singular.