Algunos días después de la conversación referida, nos despedimos de Damonax con mutuo sentimiento, y tomamos el camino de la Arcadia.
Vimos lo primero a Belina, plaza fuerte, y atravesando el valle por donde se va desde esta ciudad a Megalópolis, llegamos a esta capital, distante de Lacedemonia trescientos cuarenta estadios (once leguas y cuarto). Durante nuestro viaje, nos recreamos viendo por ambos lados el curso ya de torrentes impetuosos que sonaban con estrépito, y ya de las aguas del Eurotas, del Tiunte y del Alfeo.
Ocupa la Arcadia el centro del Peloponeso, y elevándose por encima de las regiones que la cercan, está erizada de montes, algunos de ellos de altura prodigiosa, casi todos poblados de bestias monteses y cubiertos de bosques. Las campiñas cortadas por muchas partes de ríos y de arroyos, producen en general trigo y otros granos en abundancia. En ella son los pastos excelentes, en particular para los asnos y los caballos, por cuya razón son muy estimados.
Los arcadios se creen hijos de la tierra porque siempre han habitado el mismo país y jamás han sufrido el yugo extranjero. Son aficionados a la poesía, al canto, la danza y las fiestas; humanos, benéficos, hospitalarios, pacientes en los trabajos y obstinados en sus empresas, con desprecio de los obstáculos y los peligros. Han peleado muchas veces con buen éxito y siempre con gloria.
Sometidos antiguamente a reyes, por último se dividieron en muchas repúblicas. Mantinea y Tegea son cabezas de esta confederación, que sería muy temible si reuniese sus fuerzas, porque el país es muy poblado; pero la envidia del poder mantiene continuamente la división en los estados grandes y pequeños.
Cuando entramos en Megalópolis, hacía cerca de quince años nada más que había sido fundada esta ciudad por Epaminondas, y quedamos admirados tanto de la extensión de su recinto como de la altura de sus murallas, flanqueadas de torres; de modo que causaba ya celos a Lacedemonia, lo cual advertí en una conversación que tuve con el rey Arquidamo, quien algunos años después atacó a esta colonia naciente, y por último ajustó un tratado con ella.
Determinamos dar una vuelta por la Arcadia, cuyo país ofrece una continuación de cuadros amenos y variados en que la naturaleza ha desplegado la grandeza y fecundidad de sus ideas, reuniéndolas negligentemente, sin atender a las diferencias de géneros. La mano potente que fundó sobre bases eternas tantos peñascos áridos y enormes se divirtió en dibujar a su pie o en sus intervalos praderas encantadoras, asilo de la frescura y del reposo: por todas partes se ven sitios pintorescos, contrastes imprevistos y efectos admirables. ¡Oh, cuántas veces, habiendo llegado a la cumbre de un soberbio monte, hemos visto serpentear el rayo por debajo de nosotros! ¡Cuántas también, parados en la región de las nubes, vimos de improviso la luz del día convertirse en una claridad tenebrosa, ofreciendo a nuestra vista un espectáculo tan hermoso como terrible! Aquellos torrentes de vapor que pasaban rápidamente por delante de nuestros ojos y se precipitaban en profundos valles, aquellos torrentes de agua que caían bramando al fondo de los abismos, aquellas grandes masas de montes que, entre las nieblas espesas de que estábamos rodeados, parecían teñidas de negro, los fúnebres cantos de las aves y el susurro lamentable de los vientos y de los árboles; todo, todo ofrecía el aspecto del infierno de Empédocles; y presentaba aquel océano de aire blanquecino, que impele y rechaza las almas delincuentes, ya atravesando las llanuras de los aires, y ya por en medio de los globos sembrados en el espacio.
Salimos de Megalópolis, y habiendo pasado el Alfeo, fuimos a Licosura al pie del monte Liceo, por otro nombre Olimpo. Este país está lleno de bosques y poblado de animales monteses. Por la noche nos hablaron nuestros huéspedes de su ciudad, que es la más antigua del mundo; de su monte, donde fue criado Zeus, del templo y de las fiestas de este dios. El día siguiente subimos a la cumbre del monte Liceo, y presenciamos unos juegos celebrados en honor del dios Pan, cerca de un templo y un bosquecillo que le están dedicados.
Los arcadios son muy adictos al culto de esta divinidad, a la cual representan en sus monedas. Este dios persigue en la caza a los animales dañinos a las mieses, se complace en andar errante por las montañas, cuida desde allí de los numerosos rebaños esparcidos por la llanura y, tocando el instrumento de siete cañas inventado por él, hace resonar sus ecos por los valles cercanos.
Pan gozaba en otro tiempo de más brillante fortuna. Predecía lo futuro en uno de sus templos, donde mantienen una lámpara que arde noche y día. Los arcadios afirman todavía que distribuye a los mortales en vida las penas y recompensas que merecen. Le ponen, como los egipcios, en la jerarquía de las primeras divinidades, y el nombre que le dan parece significar que extiende su imperio sobre toda sustancia material.