Fuimos a Figalia, que se descubre a lo lejos sobre una roca muy escarpada; vimos el monte Elaio, donde se ve una gruta que sirvió de asilo a Deméter, desconsolada por la pérdida de su hija Perséfone, y el monte Cotilio, en el cual hay un lugar con un templo de los más hermosos del Peloponeso dedicado a Apolo; luego pasamos el Alfeo, a corta distancia de Trapezunte, y fuimos a dormir en Gortina, cuyas campiñas fertiliza un río del mismo nombre.

Los poetas han celebrado las frescuras de las aguas del Cidno en Cilicia, y del Melas en Panfilia, pero aún eran más dignas de tales elogios las del Gortinio; jamás las hielan los fríos más rigurosos, ni nunca alteran su temperatura los calores más ardientes. Ya se bañe uno en ellas o ya las beba, siempre aprovechan y causan sensaciones deliciosas.

Además de aquella frescura que hace singulares las aguas de la Arcadia, las del Ladón, que atravesamos al día siguiente, son tan transparentes y tan puras que no las hay más bellas en la tierra. Junto a sus márgenes, a que hacen sombra los altos y frondosos álamos, vimos a las jóvenes de aquellas cercanías danzando alrededor de un laurel en el cual acababan de colgar guirnaldas de flores. La joven Clitia, acompañándose con su lira, cantaba los amores de Dafne, hija de Ladón y de Leucipa, hija del rey de Pisa.

Subimos por la orilla del Ladón, y volviendo a la izquierda tomamos el camino de Psófide. Esta ciudad una de las más antiguas del Peloponeso, está situada en los confines de la Arcadia y de la Élide. En ella fijaron nuestra atención dos objetos dignos de notarse. Vimos allí el sepulcro de aquel Alcmeón que, obedeciendo las órdenes de su hermano Anfiarao, mató a su madre Erífile, y, habiendo sido perseguido mucho tiempo por las Furias, terminó el desdichado su vida agitado horriblemente. Al lado de su sepulcro, cuyos únicos adornos son unos cipreses de extraordinaria altura, nos enseñaron una reducida posesión y una cabaña donde vivió algunos siglos hace un ciudadano pobre y virtuoso llamado Aglao; sin temores ni deseos, ignorado de los hombres e ignorante de lo que entre ellos pasaba, cultivaba sus tierrecillas, cuyos límites no extendió jamás; había llegado a una extrema vejez cuando ocurrió que unos embajadores del poderoso rey de Lidia, Giges o Creso, fueron encargados de preguntar al oráculo de Delfos si existía en alguna parte de la tierra un mortal más feliz que aquel príncipe, a lo cual respondió la Pitia: «Aglao de Psófide».

Desde esta ciudad fuimos a la de Feneo, la cual, aunque es una de las principales de la Arcadia, nada contiene digno de atención; pero la llanura inmediata ofreció a nuestra vista uno de los monumentos más hermosos de la antigüedad. No se puede fijar la época, pero se ve fácilmente que en los siglos muy remotos, habiéndola sumergido enteramente los torrentes que bajan de los montes, arrasaron la antigua Feneo y, para evitar en lo sucesivo semejante desastre, se adoptó el medio de abrir en el llano un canal de cincuenta estadios de largo (cerca de una legua y tres cuartos), de treinta pies de hondura y de ancho proporcionado. Este canal debía recibir las aguas del río Olbio y las de avenidas de lluvias extraordinarias, llevándolas hasta dos abismos que aún subsisten al pie de dos montes, bajo los cuales se han abierto naturalmente unos conductos subterráneos. Suponen que Heracles fue el autor de estas obras: mas sea lo que quiera, descuidaron insensiblemente la conservación del canal, y con el tiempo un terremoto obstruyó los conductos subterráneos que absorbían las aguas de los campos.

Los habitantes, refugiados en unas alturas, construyeron puentes de madera para comunicarse, y como quiera que la inundación aumentaba de día en día, se vieron por último precisados a levantar otros puentes sobre los primeros.

Algún tiempo después, se abrieron paso las aguas por debajo de tierra por en medio de los hundimientos que las detenían, y saliendo con furor de aquellos oscuros retiros, llevaron la consternación a muchas provincias. El Ladón, este hermoso y pacífico río de que ya he hablado y que cesó de correr desde la obstrucción de los canales subterráneos, convertido en torrentes impetuosos, se precipitó en el Alfeo, que sumergió el territorio de Olimpia.

Desde Feneo fuimos a Cafias, donde nos enseñaron cerca de una fuente un antiguo plátano que tiene el nombre de Menelao, y contaban que este príncipe le plantó antes de ir al sitio de Troya. Saliendo de esta ciudad situada en un monte, tomamos el camino de Orcómeno, que vimos de paso, y en seguida entramos en uno de los dos caminos que van a Mantinea.

Esta ciudad, fundada en otro tiempo por los habitantes de cuatro o cinco aldeas de las inmediaciones, sobresale por su población, sus riquezas y los monumentos que la adornan; tiene fértiles campos, y parten de su recinto muchos caminos que se dirigen a las principales ciudades de la Arcadia. Cuentan que sus habitantes son los primeros que imaginaron pelear cuerpo a cuerpo; los primeros también que vistieron militarmente, y que hicieron uso de una especie de armadura que tiene el nombre de esta ciudad. Siempre se les ha mirado como los más valientes de la Arcadia.

Yendo de Mantinea a Tegea, teníamos a la derecha el monte Ménalo, y a la izquierda una gran selva. En la llanura que hay en medio de estas barreras, se dio hace algunos años aquella célebre batalla en que Epaminondas ganó la victoria y perdió la vida. Allí mismo le erigieron dos monumentos, que son un trofeo y un sepulcro cerca el uno del otro, como si la filosofía les hubiese señalado el puesto.