Dispútanse tres ciudades el débil honor de haber dado a luz el soldado que dio a Epaminondas el golpe mortal. Los atenienses nombran a Grillo, hijo de Jenofonte, y han exigido de Eufránor que en uno de sus cuadros se conformase con esta opinión; según los mantineos lo fue Maquerión, uno de sus conciudadanos, y según los lacedemonios el espartano Antícrates.
Tegea solo dista de Mantinea cien estadios (tres leguas y cuarto). Sus habitantes son famosos por su valentía. En la batalla de Platea, que dio fin a la gran querella de la Grecia y de la Persia, los tegeatas, en número de mil quinientos, disputaron a los atenienses el honor de mandar un ala del ejército de los griegos y no lo consiguieron; pero mostraron con las acciones más ilustres que eran dignos de ello.
Cada ciudad de la Grecia se pone bajo la protección especial de una divinidad. Tegea ha escogido a Atenea apellidada Alea, cuyo antiguo templo fue quemado y reedificado de nuevo bajo el plan y dirección de Escopas de Paros, el mismo de quien hay tantas y tan célebres estatuas. Este templo es el más hermoso de cuantos existen en el Peloponeso, y está servido por una doncella que abdica el sacerdocio cuando llega a la edad de la pubertad. Vimos también otro templo en el cual solamente entra el sacerdote una vez al año.
CAPÍTULO LI.
Viaje a la Argólida.
Desde Tegea entramos en la Argólida por en medio de altos montes. Acercándonos al mar vimos el lago de Lerna, mansión en otro tiempo de aquella hidra monstruosa de que triunfó Heracles, y luego tomamos el camino de Argos atravesando una pradera amena.
La Argólida fue la cuna de los griegos, pues ella recibió las primeras colonias extranjeras que fueron a civilizarlos, y fue también el teatro de la mayor parte de los acontecimientos que ocupan los antiguos anales de la Grecia. Aquí es donde se presentó Ínaco, que dio su nombre al río cuyas aguas riegan el territorio de Argos, y aquí vivieron también Dánao, Hipermnestra, Linceo, Alcmeón, Perseo, Anfitrión, Pélope, Atreo, Tiestes, Agamenón y otros muchos personajes famosos.
Argos está situada al pie de una colina sobre la cual han construido la ciudadela. Es una de las ciudades más antiguas de la Grecia. Desde su origen dio tanto lustre y esplendor que algunas veces pusieron su nombre a la provincia, al Peloponeso y a la Grecia entera; pero habiéndose establecido en Micenas la casa de los Pelópidas, esta ciudad eclipsó la gloria de su rival. Agamenón reinaba en la primera y Diomedes y Esténelo en la segunda. Algún tiempo después recobró Argos su esplendor para siempre.
Los argivos son famosos por su valentía, han tenido frecuentes contiendas con las naciones inmediatas, y nunca han temido medir sus armas con los lacedemonios, que han solicitado muchas veces su alianza. Aunque han sido negligentes en las ciencias no por esto han dejado de cultivar las artes, de modo que han sobresalido entre ellos muchos músicos y escultores, siendo célebre entre estos últimos Policleto, que vivía en tiempo de Pericles. Este escultor, excediendo a Fidias, añadió nuevas bellezas a la naturaleza del hombre; pero ofreciéndonos la imagen de los dioses, no se elevó a la sublimidad de su rival. Escogía sus modelos en la juventud o en la infancia, pudiendo decirse que la vejez espantaba sus manos acostumbradas a representar las gracias. Consérvase de él una figura en que las proporciones del cuerpo humano están observadas de tal modo que, por un juicio irrefragable los artistas mismos, la han llamado la regla, y la estudian cuando tienen que representar la misma naturaleza en las mismas circunstancias, porque no se puede imaginar un modelo único para todas las edades, todos los sexos y todos los caracteres. Si hay alguna vez quien censure a Policleto, se le puede contestar que si no llegó a la perfección, a lo menos se acercó bastante. Él mismo parecía que desconfiaba del éxito de sus obras, pues en un tiempo en que los artistas escribían al pie de sus obras fulano la hizo, se contentó con poner en las suyas Policleto la hacía, como si esperase el juicio del público para acabarla. Escuchaba el dictamen de todos y sabía apreciarlos. Hizo dos estatuas sobre un mismo asunto, la una en secreto, sin consultar más que a su genio y las reglas del arte, y la otra en su taller, a vista de todo el mundo, corrigiéndola y reformándola a gusto de aquellos que le daban consejos. Luego que las hubo acabado, las expuso al público. La primera excitó la admiración y la segunda carcajadas de risa. Entonces dijo: «Ved aquí vuestra obra y mirad aquí la mía.»
Telesila, que florecía cerca de ciento cincuenta años hace, ilustró a su patria con sus escritos y la salvó con su valor. La ciudad de Argos iba a caer en poder de los lacedemonios, y acababa de perder seis mil hombres, entre los cuales se encontraba la flor de la juventud. En tan fatal momento, reúne Telesila las mujeres que juzgó más a propósito para ayudar a su intento; entrégales las armas de que ha despojado los templos y las casas de los particulares, corre con ellas a las murallas, y rechaza al enemigo, que temeroso de que le avergüencen con la victoria o la derrota, tomó el partido de retirarse. Hiciéronse los más grandes honores a estas guerreras: las que murieron en el combate fueron enterradas al lado del camino de Argos, y permitiose a las demás que erigiesen una estatua al dios Ares. La de Telesila fue colocada sobre una columna en frente del templo de Afrodita, y en lugar de echar la vista sobre unos libros figurados a sus pies, la fija recreándose en un casco que tiene en la mano y va a poner en su cabeza. En fin, para perpetuar la memoria de un acontecimiento tan extraordinario instituyeron una fiesta anual en que las mujeres van vestidas de hombres y los hombres de mujeres.